jueves, 26 de abril de 2012

Vietnam: Lecciones de una leyenda

Luis Jesús González (SEMANARIO TRABAJADORES)

Dos imágenes perduran en la memoria de la humanidad desde el 30 de abril de 1975: el tanque T-54, marcado con el número 843, sobre la verja derribada del mal llamado Palacio de la Independencia y los funcionarios militares y civiles de la embajada norteamericana saliendo -literalmente por el techo- de los edificios públicos, incluida su propia sede diplomática en Saigón.

Para el pueblo de Vietnam concluía una cruenta historia de dolor y resistencia. Tras más de un siglo de espera, la unidad de la nación, avizorada por Ho Chi Minh, era una certeza.

Sobre el suelo de un país agrícola del sudeste asiático, la aviación de Estados Unidos lanzó durante una década más de 14 millones de toneladas de bombas, cantidad que multiplica por 10 las lanzadas en toda la Segunda Guerra Mundial; millones de litros de productos químicos, entre ellos el tenebroso Agente Naranja, cuyas consecuencias aún padece la sociedad vietnamita, y destinó un creciente número de efectivos y medios de guerra.

Entonces, como hoy, desde su posición del agresor y con semejante arsenal, Washington intentaba amedrentar al mundo por la fuerza de sus armas.

El alargado territorio vietnamita había sido partido en dos el 21 de julio de 1954, cuando Francia se vio obligada a firmar el fin de la dominación colonial, pero con el compromiso de realizar elecciones en 1956, las cuales nunca fueron convocadas.

La fobia anticomunista desatada en Estados Unidos se extendía más allá de sus fronteras y el presidente norteamericano, Dwight Einsenhower, obsesionado por una 'victoria sobre el comunismo', apostaba por el establecimiento de un régimen títere al sur del paralelo 17, que dividía artificialmente el país, con el fin de emplearlo como punta de lanza contra la República Democrática de Vietnam, ubicada en la parte norte.

Pero en sus cálculos no contaba la larga tradición de rebeldía del pueblo vietnamita, que el 20 de diciembre de 1960 fundó el Frente de Liberación Nacional de Vietnam del Sur, cuyas primeras acciones armadas generaron una mayor entrega de recursos de todo tipo al régimen de Saigón, al extremo de que en 1962 Washington sufragaba el 80% de su presupuesto.

Al principio, los grandes medios norteamericanos exaltaban las 'gloriosas' acciones de los soldados estadounidense, pero en la medida en que fueron conociendo sus derrotas y muertos, la opinión fue girando en sentido contrario hasta provocar la decidida oposición de los estadounidenses a una guerra absurda.

El 27 de enero de 1973 el gobierno de los Estados Unidos puso fin a su participación directa en la guerra, con la firma de los Acuerdos de París, violados a los pocos meses por los sueños revanchistas de Washington y punto de partida de la contraofensiva vietnamita, culminada con la estampida de Saigón.

Los últimos representantes norteamericanos y sus lacayos, lanzados en oleadas sobre los más de 80 helicópteros enviados por el presidente Gerald Ford, ocuparon la portada de la revista Newsweek, pero bajo un emblemático título: 'La pena y la lástima', dos sentimientos que jamás sintieron los pilotos estadounidenses mientras bombardeaban arrozales, puentes u hospitales de una pacífica nación.

Más de una década de guerra dejó en Vietnam una huella superior a los cuatro millones de muertos y de otras tantas víctimas de las secuelas dejadas por el genocidio que todavía se niegan a reconocer los veleidosos tribunales de Estados Unidos.

Para los agresores, Vietnam es un muro de granito negro con más de 56 mil nombres inscriptos y origen de un trauma que todavía gravita sobre la sociedad norteamericana. En tanto, el mundo, nombra a Vietnam como un lugar mítico, donde la confianza en la victoria, la capacidad de resistencia del pueblo, y su unidad junto al Partido hicieron posible perdurar la vida sobre las sombras de la muerte.

Nota de la Redacción: Esta nota fue publicada por ARGENPRESS en el año 2005.

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