Aurelio Suárez Montoya (MOIR)
Pasaba sobre las realidades del comercio actual, un comercio administrado, lejos de ser libre. Omitía el papel que juegan los subsidios estatales de las potencias a sus industrias y agriculturas para exportar mercancías a precios por debajo del costo de producirlas; tampoco reparaba en las barreras no arancelarias, como normas sanitarias, cuotas y trabas aduaneras diversas; ni mencionaba la tasa de cambio, arma clave en las guerras comerciales, tal como Estados Unidos la utiliza actualmente, obviando que dichos instrumentos están al orden del día cuando la crisis global llama al proteccionismo.
Sin embargo, resultó inadmisible que olvidara el arma comercial básica del siglo XXI: el factor trabajo. La globalización neoliberal se fundamentó en la competencia entre los mercados laborales del mundo y, aunque existe opinión generalizada de que su abaratamiento sólo es propio de países pobres, lo determinante para competir es la relación entre el salario y la productividad de la fuerza ocupada en cada país.
Cuando se mira la evolución de estos términos en Estados Unidos y Corea del Sur, nuestros próximos “socios comerciales”, las cifras son amenazantes. De 19 países analizados, entre 2002 y 2010, Estados Unidos rebajó su índice de costo laboral de 100 puntos a 89,2 mientras la productividad la aumentó de 100 a 149. En cuanto a Corea, el costo, en el mismo lapso, subió de 100 a 117 y la productividad pasó de 100 a 170. Cuando se comparan, son, junto con República Checa y Taiwán, los de mayor eficiencia del trabajo.
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