martes, 15 de mayo de 2012

En Cuba ahora (Parte I): La prensa

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

La Revolución Cubana que cuenta con un vasto sector periodístico profesionalmente competente y políticamente comprometido y que en los momentos de peligros y definiciones no ha vacilado ni escatimado su apoyo, ha creado una prensa de la cual no se siente satisfecha.

Ninguna otra institución cubana recibe tantas críticas, no sólo del público, sino de la dirección del Partido y del Estado aunque, debido a otra rareza, ninguna entidad o sector las asume con mayor indiferencia. Nunca un director se ha dado por aludido, la organización de los periodistas no reacciona, los encargados de dirigirla no responden a los cuestionamientos y los periodistas nada pueden hacer. Todos esperan de otros, cambios que solo ellos pueden promover.

Interioridades aparte, la actividad de la prensa cubana transcurre como si viviera en el mejor de los mundos: se celebran regularmente congresos, asambleas, concursos y festivales, se otorgan premios individuales y colectivos y se conceden homenajes y, en cada caso, se releen informes que todos han conocido antes y se pronuncian discursos escuchados otras veces donde se alude a la prensa “que se quiere y se necesita” y raras veces a la que se tiene.

Esta circunstancia es tanto más lamentable porque se trata de una mutación recesiva que desmiente el desarrollo de este sector, no sólo en la Cuba pre revolucionaria sino en los 15 primeros años del proceso revolucionario. Desde 1959 hasta mediados de los años setenta la prensa cubana reflejó eficazmente los acontecimientos, acompañó y apoyó el proceso, concedió los espacios requeridos a los pronunciamientos de los líderes, espacialmente Fidel Castro, que la utilizaba en su labor de esclarecimiento diaria y sistemáticamente.

Para escribir la historia de aquellos años, nada hay que desclasificar. Si algo no apareció en la prensa de entonces es porque no era importante.

Cualquiera diría que en aquellos años cuando los periódicos no eran privados, aunque tampoco “órganos oficiales” y los directores no tenían encima de ellos un “aparato” que los orientara ni nadie con atribuciones para regañarlos o sancionarlos administrativamente, las cosas si bien no eran perfectas, marchaban mejor. Todo cambió con la importación de la experiencia soviética.

En las presentes circunstancias cuando la sociedad cubana se interna en un prometedor proceso de reformas, en la prensa se percibe el inmovilismo de siempre, a veces cubierto con fórmulas tan pedestres como las “cartas de los lectores”, un ejercicio, mediante el cual se traspasa a los lectores tareas y atribuciones que corresponden a los periodistas. Da la impresión de que las reformas no llegan a la prensa, no porque no se quiera cambiar para avanzar sino porque nadie sabe cómo hacerlo.

Tal vez si se probara a crear un periódico y una agencia de noticias manejado de modo autónomo por juntas directivas o cooperativas de profesionales revolucionarios, que hagan revolución por cuenta propia y al interior de las cuales la organización política y no el aparato desempeñaran su papel de orientación, se aportaría una solución o, al menos, se exploraría una opción. El Partido y el Estado pueden apoyarlos sin cortarles las alas. Allá nos vemos.

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