martes, 8 de mayo de 2012

La Betty y los borrachos

Silvana Melo (APE)

Beatriz Rojkés de Alperovich es rubia. Rubia, muy rubia. Y poderosa. Muy poderosa.

Mercedes Figueroa era chiquita. Muy chiquita. Tenía seis años cuando jugaba esa tardecita en la vereda de Villa Muñecas. La muerte, que la había marcado, pasó y se la llevó. Tenía, la muerte, la apariencia de tres hombres y un cuchillo. Ella gritó. Resistió con un coraje intenso. Hasta que no pudo más.

Beatriz es importante y puede serlo más. Es la segunda en la sucesión presidencial y dicen que quiere ser gobernadora como su marido.

Mercedes era muy chiquita. Y vivía en un pasaje sin nombre y con calle de tierra. Algunas noches se dormía tratando de no escucharse la pancita.

Beatriz mira el mundo desde su pedestal rubio y poderoso.

Mercedes está muerta.

Beatriz abrió la boca y dijo (cuando todavía no se había ido del todo Mercedes, el angelito andaba despidiéndose de los perros y los tucu tucu que le ponían velitas intermitentes al aire), dijo que el Estado no podía responsabilizarse de una familia borracha que dejaba a la nena jugar sola afuera.

Mercedes era tan chiquita y tan pobre como Tucumán.

Beatriz, no.

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Casi la mitad de los niños es pobre en Tucumán. Mercedes formaba parte de un número sin caras ni historias. Cuando se la llevó, la muerte tenía tres caras. Dos de ellas eran de chicos de 17 y 13 años. La tercera cara era de un hombre mayor. Dicen que tío suyo.

José Alperovich, el marido de Beatriz, es gobernador desde hace nueve años. Ella no había nacido en esos días. Las dos caras niñas que dicen tenía la muerte apenas habían vivido ocho y cuatro años cuando José Luis asumía por primera vez. El Estado del que habla Beatriz (la Betty para muchos) los pasó de largo en su cruzada pavimentadora. Los tres que se la llevaron a una casucha mísera, a cinco cuadras de la suya, habían tomado alcohol toda la tarde. Los niños también. Forman parte (todos, las caras de la muerte, Mercedes, Rosa, la madre de Mercedes) de la oscura masa de despreciados por el poder clientelar que los asume números documentarios a la hora de la elección. Los adquiere, como a bolsas de azúcar, y los paga con alimentos, subsidios perecederos, changas en la administración pública. Sin Beatriz y José Luis los pobres no son. Dejan de existir incluso como pobres.

Con ellos, se convierten en la masa protagónica. La que re-erigió a Alperovich en la gobernación con un 80,1% de los votos. Sin embargo, los pobres no son aparatos que se desactivan el día después. Siguen existiendo y tantos, de José Luis y Beatriz para abajo, desearían repetir la hazaña monstruosa de Antonio Domingo Bussi en 1977. Cargarlos en un camión -o en miles de camiones porque los pobres se reproducen-, y descargarlos en otra provincia hasta que sean necesarios otra vez.

El Estado no los ve jamás. No los abrigó nunca como niños. No los abrazó ni les enseñó a sumar ni a escribir sus nombres. No los hizo libres. Los encadenó en su pobreza y en su precariedad. Y luego los negó, con números oficiales: dice el Indec que la pobreza bajó en Tucumán del 60 por ciento al 14 entre 2003 y 2011. Y en un año se redujo a la mitad. Ni Mercedes ni su madre se enteraron.

*****

Mercedes vivía en Villa Muñecas. Con nombre de cuento de hadas, el barrio hacina a los olvidados. Su mamá sale todos los días a cortar el pasto para la comida de sus niños. Su papá se fue hacía un año y medio y ella apenas recordaba sus ojos y su nariz. Cuando no estaba en la escuela, Mercedes barría la cocina y lavaba las cucharas para ayudar a su mamá.

Beatriz de Alperovich es presidenta provisional del Senado de la Nación y del PJ tucumano. Es primera dama de la Provincia y aspira a gobernarla. Es rubia, veranea en Punta del Este, se aprendió la marcha de apuro y se hizo peronista frunciendo la nariz: sabía que el poder costaba ese camino.

Cuando supo que la muerte se llevó a Mercedes con cinco puntazos de cuchillo dijo: "Tenemos que hacernos cargo de las responsabilidades que tenemos los padres en lo que hace a seguridad y la obligación que tiene el Estado con respecto al control de la seguridad. Pero sabemos que el Estado solo, sería imposible, porque no podemos tener al señor Estado a la par de una familia que está borracha, y permite que una criatura de seis años esté sola".

Cuesta caro el poder. Para llegar a él hay que disfrazarse de justicia social, calzarse la estola de la sensibilidad y hundir los tacos en el barro de las villas. Aunque a veces la verdad salta entre los dientes y aparece la Beatriz real. La Betty – Estado abandónico y feudal. La que ejerce la sinonimia de pobres y borrachos y no se hace cargo de la pobreza ni de la borrachera. Ni de su esposo ministro de Economía de Julio Miranda en 1999 y gobernador desde 2003 ni de su voracidad de conquista cimentada en los débiles pies de sus borrachos pobres. O viceversa.

Ni el olvido ni la marginalidad ni el alcoholismo ni el hambre son asuntos de Estado para Beatriz que mira mucho más arriba que el resto.

Para Mercedes es tarde. La muerte fue horrible cuando llegó. Habrá sufrido tanto. Tanto. Para Rosa y los cinco niños restantes tampoco hay tiempo. Fueron arrollados por la tragedia y el estigma. La resultante inexorable de un destino ya marcado por el Estado que pasa en su carroza dejando caer las migas del banquete.

Pero cuidado.

La sangre de un niño es un grito de dolor que fertiliza la tierra. A pesar de las beatrices y del poder ciego y sordo nacerá una brizna en Villa Muñecas. Y será, tal vez, el tucu tucu de la esperanza en medio de tanta noche.

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