jueves, 10 de mayo de 2012

Las elecciones en Francia

Alejandro Teitelbaum (especial para ARGENPRESS.info)

I. En primer lugar, los números

En números redondos sobre 46.000.000 de inscriptos, se abstuvieron 9.000.000, es decir un poco menos del 20%.

Votaron 37.000.000. En blanco lo hicieron 2.146.000, por Hollande votaron 18.000.000 y por Sarkozy 16.865.000. La diferencia entre ambos fue de 1.140.000 votos.

Si para establecer los porcentajes se toman en cuenta los votos en blanco, es decir a los ciudadanos que concurrieron a votar para expresar su rechazo a ambas candidaturas, los porcentajes son los siguientes: Hollande 48,63%, Sarkozy 45,56% y en blanco 5,8%. Y si se toman en cuenta el total de inscriptos, es decir si se incluyen los abstencionistas, el porcentaje de Hollande es 39 y el de Sarkozy 36,6.

En la primera vuelta hubo 700.000 votos en blanco y en la segunda 2.146.000, es decir 1.446.000 más que en la primera.

Entre las dos vueltas, Marina Le Pen, candidata de la extrema derecha (6.000.000 de votos en la primera vuelta) anunció que votaría en blanco, mensaje implícito a sus seguidores para que hicieran otro tanto, como parte de su estrategia proclamada de hacer perder a Sarkozy, desintegrar al UMP, el partido del Presidente, para erigirse ella en líder de la derecha.

De modo que el aumento de casi un millón y medio de votos en blanco en la segunda vuelta puede atribuirse a la consigna implícita de Marina Le Pen entre los dos turnos. Son los electores de derecha que le faltaron a Sarkozy para imponerse sobre Hollande.

Otro dato. En la primera vuelta los votos positivos se repartieron así: del centro izquierda a la extrema derecha (PS, UMP, MODEM y Frente Nacional) 82,84%; izquierda (Frente de Izquierda, NPA y Lucha Obrera: 12,82%). El 4,44% restante corresponde a los votos ecologistas (2,3%) y de otros pequeños partidos.

II. La política

Durante los cinco años de la presidencia de Sarkozy, en lo interno al servicio del gran capital e internacionalmente subordinado al poder económico transnacional y a la política neocolonialista y guerrerista de los Estados Unidos, el Partido Socialista francés no fue capaz de construir una propuesta alternativa. Se limitó ya sea a criticar las decisiones del Gobierno o a mantener un silencio aprobatorio.

En las elecciones primarias del PS se impuso Hollande contra Martine Aubry, como reflejo de la tendencia mayoritariamente centrista de los militantes socialistas (el PS ha perdido casi totalmente inserción en los medios populares) y quizás con la “ayuda” de alguna gente de derecha que votó en las primarias socialistas abiertas.

El PS elaboró su programa electoral con la participación de todas las tendencias internas, que se hicieron concesiones mutuas. El resultado fue un programa con unos cuantos aspectos positivos y algunas concesiones a sus aliados exteriores, los ecologistas.

La campaña de Hollande estuvo caracterizada por su ambigüedad, por evitar pronunciarse claramente sobre cuestiones importantes y por tomar distancia con algunos puntos del programa electoral del PS.

De la campaña electoral previa a la primera vuelta hubieran quedado prácticamente excluidos los temas que más preocupan a las clases populares: desocupación, caída del nivel de vida, austeridad impuesta por la Unión Europea, degradación del medio ambiente, etc., si esos temas no hubieran sido el eje de las respectivas campañas del Frente de Izquierda y su candidato Melenchon, los ecologistas y los pequeños partidos de extrema izquierda.

Y fue particularmente Melenchon quien puso el acento en el peligro representado por la extrema derecha y su campaña demagógica y populista contra la inmigración, por el reforzamiento de la seguridad, etc.

En la segunda vuelta, con la mirada puesta en conquistar los seis millones de votos de la extrema derecha, tanto Sarkozy como Hollande derechizaron su discurso. Sarkozy hasta adoptar claramente el contenido y las formas de la extrema derecha, lo que alarmó incluso a algunos miembros prominentes de su partido y Hollande declarando que en Francia hay muchos inmigrantes dada la difícil coyuntura económica que se vive. Y matizando con algunas propuestas económicas y financieras destinadas a su audiencia de izquierda, entre ellas la renegociación del pacto presupuestario europeo de austeridad, que no tiene prácticamente ninguna posibilidad de prosperar, salvo quizás algunos retoques mínimos aceptados por Merkel, Rajoy y compañía para consumo de la opinión pública.

Hollande anunció algunas medidas inmediatas como congelar el precio de la nafta durante tres meses (y después ¿qué?) y aumentar la ayuda financiera a las familias más modestas para el comienzo del año escolar. Nada, por el momento, sobre el aumento del salario mínimo. Más adelante, ha dicho Hollande, será indexado sobre el crecimiento económico y no sobre la inflación. Una manera de mantener y aun aumentar la tasa de plusvalía y no redistribuir los ingresos a favor de los trabajadores.

El tema del exceso de inmigrantes, favorito de la extrema derecha y adoptado por Hollande, es un argumento demagógico e irracional, que tergiversa totalmente la realidad de los parámetros de una economía dada.

En efecto, la estructura económico-social de un país está compuesta por trabajadores, empleados, profesionales, comerciantes, industriales, etc. El hecho de que en la composición de esos estratos entren “dosis” de personas que son residentes extranjeros, no influye para nada sobre el estado de la economía, como tampoco influye el color de los cabellos o de los ojos de las personas.

Salvo que se pretenda que si hay 3 millones de desocupados, el problema se resuelve expulsando a tres millones de extranjeros. De ahí a sostener las teorías maltusianas sobre el exceso de población como raíz de los problemas económicos hay un corto paso.

De modo que se puede concluir que la mayoría de los electores no votaron por el Partido Socialista y mucho menos por un programa de transformaciones de fondo. Y que si Sarkozy no fue reelegido no fue “gracias” a Hollande, quien desde el punto de vista de la izquierda hizo una campaña lamentable, sino merced a la vigorosa campaña de Melenchon pero sobre todo “gracias” a Marine Le Pen, que privó a Sarkozy de los votos de derecha que necesitaba para ganar.

III. Las próximas elecciones legislativas. Es posible que en las elecciones legislativas de junio, con el sistema uninominal de dos turnos vigente, el PS obtenga la mayoría absoluta de diputados con una mayoría relativa de electores (suele ocurrir que un partido con el 40% de los votos obtiene el 60% de los diputados). De modo que es muy probable que, para legislar, el PS no necesite negociar con los diputados de izquierda, que serán pocos a causa del sistema electoral actual que no da representación, o muy poca, a las minorías

Nada permite prever que Hollande en el Gobierno, aun con una mayoría PS en el Parlamento, emprenderá verdaderas reformas de fondo para superar la crisis.

Y prácticamente nadie se hace ilusiones en Francia al respecto.

La elección de su primer ministro y del resto del Gabinete cuando asuma el 15 de mayo, dará otro indicio de las tendencias del nuevo Gobierno.

El fracaso de los socialistas en la resolución de los problemas de fondo que inquietan a la población de Francia, puede llevar a una parte todavía mayor de ésta a adherir a las posiciones de la extrema derecha. Contra las cuales, en las recientes elecciones, los dos partidos mayoritarios (la UMP en particular y el PS) no han librado la batalla ideológica sino más bien todo lo contrario.

En Francia, como en todos lados, el derrumbe político-ideológico y el conservadurismo de la socialdemocracia y el crecimiento de la extrema derecha plantea una enorme responsabilidad a la izquierda que, con sus vacilaciones, ambigüedades, sectarismos y divisiones, tarda en asumir.

Como en Grecia, donde, pese al estruendoso fracaso electoral de los partidos de la austeridad (socialista y derecha) acaba de fracasar la tentativa de formar una coalición de izquierda para gobernar el país.

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