Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)
En la zaga de la crisis en la Zona Euro se juntan advertencias y esperanzas, también reacciones contradictorias, entre ellas aquellas que creen estar en presencia de un fracaso del capitalismo y los que estiman que se trata de un trauma que el proceso civilizatorio resolverá. Un retroceso en Europa abriría peligrosas alternativas políticas para el continente, será una catástrofe para la economía global, golpeará duramente a los países emergentes, especialmente a China y reforzará las posiciones de Estados Unidos ¡Vade Retro!
En tono festinado algunos analistas de izquierda recuerdan que España Grecia y otros países europeos han sacrificado su “soberanía monetaria” cosa que, no sólo ocurre en ese terreno sino en todos aquellos en los que avanzan las políticas comunes. Obviamente, la “cesión de soberanía” afectará a los países que en cualquier parte se sumen a esquemas integracionistas. No hay manera de cultivar a la vez el nacionalismo y el internacionalismo.
Es pertinente recordar que la integración no es una suma de intereses diversos, sino una sucesión de eventos históricos de enorme complejidad y trascendencia, que forman parte de los procesos civilizatorios que sobrepasan el marco de los intereses nacionales. En ningún caso la decisión de integrarse borra automáticamente el nacionalismo y los prejuicios gestados a lo largo de siglos y a veces de milenios.
Integrarse es estar preparado para admitir que, llegado a determinados niveles, como comienza a ocurrir en Europa, decisiones fundamentales en la economía, la política exterior, las finanzas, la defensa y otras que antes correspondían a los estados nacionales, se adoptaran no en los parlamentos locales sino en entidades supranacionales, que también administraran la justicia y decidirán las legislaciones laborales y sociales y ejercerán notable influencia en los asuntos nacionales.
El asunto es especialmente notable en aquellas sociedades en las cuales, por razones históricas, la identidad nacional tuvo un significado trascendente o se gestó un nacionalismo acentuado y en ocasiones exagerado. En sus empeños integracionistas, América Latina deberá recorrer caminos en los cuales cada país no podrá elegir sus batallas y no faltaran ocasiones en que sea preciso deponer aspiraciones o criterios locales.
Estas circunstancias pondrán a prueba la capacidad de los mecanismos de unificación e integración económica y política y de las instituciones supranacionales creadas como parte de esos procesos para prevalecer sobre los intereses nacionales y locales y a lo que deberán habituarse quienes defienden la integración.
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