viernes, 29 de junio de 2012

La crisis sin nombre y el sistema prohibido

Juan Francisco Coloane (especial para ARGENPRESS.info)

Es la del estado liberal. El, o la que la nombra, se hace el harakiri político en el nivel que sea. Popular comunitario, académico y más aún en las elites del comando político, si se habla de crisis del estado liberal es como decir un lugar común inapropiado frente a lo cual hay demasiadas interpretaciones. El que lo introduce pareciera perder credibilidad.

Es así que para una mayoría de participantes en política, incluyendo a sectores de la izquierda en un sentido amplio y sin especificar qué tipo de izquierda, el estado liberal está absolutamente legitimado y lo que existe de insatisfacción social o popular es un tema referido a un modelo económico o a una de las tantas crisis cíclicas del capitalismo.

Otros comentaristas y ensayistas plantean que se trata de una crisis del progreso debido al incremento del rol de las comunicaciones y la tecnología. Otros le asignan importancia a que la gente sabe más y aspira a más. Inclusive hay quienes ven que el mal que aqueja a la gente en el mundo es porque ha crecido el nivel de expectativas por el progreso.

También se hacen muchas referencias a la democracia, en el sentido de que lo que está fallando es el sistema democrático por la corrupción en la política y los bajos niveles de participación de la gente y la preponderancia de los grupos de poder. En suma, lo que sí se nombra preferencialmente es el desgaste o fin del mal llamado modelo neoliberal que se ha destacado las últimas tres décadas, siendo que estrictamente fue un ajuste estructural indispensable en el ciclo económico desvirtuado por la caída de las bolsas, el crecimiento económico negativo, la crisis del petróleo de la década de los años 1970, entre otras catástrofes donde se encuentra la ralentización de las tasas de ganancia del capital y el proceso de acumulación capitalista.

Entonces por qué no se habla directamente de crisis del estado liberal. Desde mi punto de vista es relativamente simple.

La crisis (del estado liberal) que no se nombra es la que le da respaldo a la posibilidad de replantear abiertamente el proyecto socialista. Es el tema que está pendiente y que muy pocos quieren nombrar o implementar y que cuando se lo proponen son amenazados o finalmente destituidos.
Los casos de Rafael Correa, Hugo Chávez, Evo Morales y ahora Andrés López Obrador son emblemáticos. A los tres primeros se les ha tratado de destituir permanentemente y a éste último se le ha derrotado con fraude electoral. El caso de Fernando Lugo es diferente porque cuando apenas había un pequeño salto cualitativo hacia algunas reformas sistémicas, - la propiedad de la tierra por ejemplo- se le aplica la técnica del golpe de estado “legal”.

En definitiva, en muchas naciones de la región y especialmente en Chile, para la mayoría de sus políticos, académicos y comentaristas que se divulgan profusamente en los medios, la crisis es la de un modelo, no es del estado liberal.
No es la crisis de la concepción de estado, de república, o de nación en última instancia. La mayoría de éstos convienen que se está frente a la crisis de un sistema o forma de organizar el país para una convivencia mejor y más productiva. Esa es la creencia que se divulga y todos los que la divulgan con mayor o menor ímpetu parecieran omitir la crisis de verdad por ausencia de argumentos de que lo que se vendría después. De qué es lo que reemplazaría al artefacto de estado o sistema de desarrollo existente.

Es curioso que un instrumento interesante como el Índice de Desarrollo Humano manufacturado por la ONU bajo la batuta de insignes académicos no hayan hecho una síntesis de sus indicadores de más de una década con el IDH y concluido que el estado liberal atraviesa una profunda crisis y de que no se trata de una intentar una reforma institucional sino de cambiar al sistema capitalista por otra forma de articular Economía y Sociedad. Algo atisban esos informes, aunque se quedan cortos y los invade la timidez de no querer posicionar el sistema socialista como alternativa viable y más humana, seguramente por carencia de modelos visibles en práctica que satisfaga a un amplio arco ideológico. Una mayoría de expertos que habitan los corredores de “las academias de lo correcto”, se quedaron pegados en la creencia de que el socialismo no genera democracia y de que los resultados operacionales de los socialismos reales vistos han sido anti democráticos.

Pues bien, ese es precisamente el desafío. Intentar el socialismo democrático. Los informes del Índice de Desarrollo Humano no se atreven a plantear ni siquiera la posibilidad de debatir el tema.

El temor y digámoslo claro, es a colocar en el debate la posibilidad de formar una sociedad socialista en función de resolver la inmensa pobreza e injusticia que produce el capitalismo y que invade todos los rincones del planeta y todos los poros de las personas. La crisis verdadera es la que no tiene nombre y es la crisis del estado liberal. Y no se nombra por el pánico que causa en los sectores del gran capital corporativo y de la social democracia acomodaticia y oportunista de que el socialismo vuelva a convertirse en una alternativa para abordar el presente caos al que ha sometido al planeta el actual sistema capitalista. No se trata de preferencias ideológicas o de filosofía política en abstracto. Se trata de un problema de convivencia práctica y salud mental ciudadana.

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