jueves, 26 de julio de 2012

Argentina: Declaraciones que destapan la complicidad

LA ARENA

Las recientes declaraciones del ex dictador Jorge Rafael Videla sobre el conocimiento y la connivencia que la cúpula de la Iglesia católica tuvo con las peores prácticas del último régimen militar, han sacudido esa institución hasta sus mismos cimientos políticos. Que autoridades de esa religión alentaron, justificaron y confortaron a los represores, era desde hace años un secreto a voces, con plena identificación de actos y nombres. El caso se dio especialmente entre las más altas jerarquías, si bien con unas pocas excepciones que pagaron muy caro su actitud en defensa de un cristianismo auténtico y solidario.

Pero ese conocimiento tenía dos rasgos fundamentales: el primero era que nunca había habido una admisión de aquella circunstancia por parte de alguien indubitable, el segundo que desde el retorno de la democracia la institución había guardado un silencio cómplice y vergonzoso. Nunca hubo un arrepentimiento público ni, mucho menos, un pedido de perdón, y reivindicación de sus propios sacerdotes torturados, desaparecidos o masacrados, por cumplir con su misión pastoral. Esa circunstancia todavía se mantiene, potenciada por el hecho de que religiosos incursos en delitos de lesa humanidad y condenados por ello, tampoco han sido relevados de su labor sacramental, permitiéndoseles reivindicar una falsa condición de mártires.

Las declaraciones de Videla realizadas a un periodista y difundidas por un diario porteño dejaron muy mal parada la imagen de la Iglesia, por más que estén referidas a integrantes que en su mayoría ya han fallecido. Claramente afirmó el ex dictador que altos dignatarios católicos "nos asesoraron sobre la forma de manejar el tema de la desaparición de personas". Entre los "asesores" de tan siniestro proceder mencionó nada menos que a algunos obispos como Raúl Primatesta, también purpurado, e incluso al nuncio apostólico de entonces, Pío Laghi.

El asombro -y el horror- se acentúan cuando, siempre según los dichos de Videla, entre 1980 y 1981 se llegó a evaluar la posibilidad de blanquear las desapariciones de personas publicando la lista, pero que no se quiso correr el riesgo por temor a los interrogantes que plantearían los familiares sobre aquellos sucesos. Ese derecho a preguntar por sus seres queridos implicaba un riesgo político. Videla subraya que "eso lo comprendió bien la Iglesia y también asumió los riesgos" y "ofreció sus buenos oficios" al respecto, evidentemente haciendo causa común con los asesinos. Uno de sus interlocutores fue el propio delegado papal de entonces.

Pero el suceso merece ser analizado desde otro punto de vista: ¿Qué pudo haber llevado al ex dictador a efectuar semejantes declaraciones, que tan duramente golpean a una de las instituciones que lo sostuvieron? Parece difícil que, tras su actuación sufra de arrepentimiento, sabiéndose que está ya al término de su ciclo vital, y ya condenado en varias causas. Alguien que explica las torturas, robos de bebés y saqueos diciendo que "cuando se da tanto poder y libertad de acción a una fuerza como el Ejército, es inevitable que muchos utilicen estas libertades en beneficio propio", no parece torturado por los remordimientos de haber ordenado esos actos infames. Y de paso desmerece duramente a la fuerza armada a la que perteneció.

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