miércoles, 11 de julio de 2012

Autopista, al sur

Claudia Rafael (APE)

“Déle, doña. Déle... Una moneda, dos, diez. Las que sean. Vamos, doña. Le limpio el vidrio en sólo un segundito… mire”. Un acto de mimo fue improvisado en apenas un instante. Sin agua. Sin trapos. Sin balde. Apenas un diminuto secador emergió de un bolsillo y se fue apoyando, sin humedades, sobre el limpiaparabrisas. Un paso danzante y una reverencia teatral. “¿Vio? Apenas unos segunditos…”. Joven pero viejo. Desdentado y muerto de frío. Con una sonrisa seductora que alguna vez podría haber enamorado a alguien si no mediara tanta vida hachada entre medio. Si su cuerpo no hubiera sido roído por ejércitos de paco y alcohol arrullados por la muerte.

Con su gestualidad de exageraciones da la bienvenida a la gran capital. Ahí donde la autopista 9 de Julio Sur choca abruptamente con la majestuosa procacidad soñada por Cacciatore. Ahí donde el sol de Tinelli y Suar promete regalar otra vida tan distinta de ésta de cemento y barro.

Las noches suelen ser cómplices de la indignidad del poder. Tres o cuatro camionetas municipales, una decena de hombres que se reparten velozmente por el lugar, un par de horas apenas, la vida entera hecha casita caracol… sin techo, sin abrigo, sin siquiera un hatito de sueños desperdigados porque todo se escurre, todo se va. Ya no es allí la ropita de bebés colgada del alambrado abajo del Canal 13. Ya nunca más el hombre sentado entre cajones improvisando un mate lavado. Ahora sólo hay unos montículos de tierra que sirvieron para el desalojo.

Tinelli sigue atisbando y ríe mientras Lanata denuncia hambres desde el show mediático que siempre, siempre, debe continuar. Un par de BMW sirven de testigos vanos desde el estacionamiento del canal y la obscenidad se traviste de filosofía barata mientras el escepticismo o el fanatismo se dibujan de creencia.

Hace frío. Demasiado frío. Del otro lado de los montículos de tierra, más allá del asfalto gris y pétreo, una nueva familia se asentó. Son las seis de atardeceres apenas y la oscuridad empieza a bajar del puente. Las frazadas raídas le cubren la humanidad. No hay ya formas femeninas por debajo. Es el frío extremo que la dibuja bulto. Camina con el enorme cartón y tras él se esconde e improvisa en cuclillas su intimidad que no es. Su niña de dos o tres años apenas escudriña por detrás mientras ella, madre como puede, intenta vanamente alejarla.

La silueta de luz otea desde el edificio del ministerio. Vigía de la 9 de Julio, hecha escultura se aleja. Hunde en el olvido sus palabras y su grito acusador. “Donde hay una necesidad, hay un derecho”. Por debajo hay demasiadas necesidades. Infinitos derechos que no son. “Ellos no ven jamás, por ejemplo, qué ocurre allí cuando llega la noche. Allí donde cuando hay cama no suele haber colchones, o viceversa (…) ¡Cómo se ve que nunca han visto de cerca a la pobreza! El mundo tiene riqueza disponible como para que todos los hombres sean ricos. Cuando se haga justicia no habrá ningún pobre...”

La niña que escudriña detrás del cartón no sabe de evas ni revoluciones. Ve pasar desde su nidito bajo el puente de Cacciatore a los moyanos de verde que golpean bombos y redoblantes contra el impuesto a las ganancias. Y escucha retumbar cacerolas que claman por dólares desde su cetro en Puerto Madero. No hay inocentes. No hay mundo que la contenga. No podría haberlo. No sabe de sueños. Le truncaron de ternura las mañanas. Su horizonte más lejano está del otro lado de la autopista si es que alguna vez vuelven a irse los montículos de tierra.

Urge una huelga de aplausos. De escalinatas. De palacios. Hace falta un alarido de mariposas. Un murmullo de canciones. Un despliegue de colibríes. Hace falta una huelga de opresiones. Un desplante de crueldades. Un par de ojos que la miren. A ella. Y que suenen por ella todas las ollas y los tambores del mundo.

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