martes, 10 de julio de 2012

Costa Rica. ¿Reforma o revolución?: Para encontrar el Buen Camino (VII)

Alvaro Montero Mejía (especial para ARGENPRESS.info)

Historiadores y analistas perspicaces, tendrán que esclarecernos a todos, las condiciones tan particulares que hicieron posibles esos cambios sociales trascendentales en un pequeño y atrasado país de la cintura americana.

Esas conquistas, que pueden sintetizarse de manera abusiva en unas pocas instituciones, enseñanza universal, gratuita y obligatoria para los niños desde 1890, libertad de opinión, codificación de las leyes, promulgación del Código Electoral gracias al acuerdo entre el joven Ministro de Gobernación de Teodoro Picado, el Lic. Fernando Soto Harrison y el entonces diputado comunista Manuel Mora Valverde, Caja del Seguro Social, Garantías Sociales, Código de Trabajo, Universidad de Costa Rica, INVU, nacionalización bancaria, Instituto Costarricense de Electricidad, y la abolición del ejército, control del comercio internacional de hidrocarburos, precios de sustentación para pequeños y medianos agricultores en el Consejo Nacional de Producción, le dieron a Costa Rica la connotación de un país más democrático y progresista que otros del Tercer Mundo.

En el proceso, amplias mayorías ciudadanas adquieren prerrogativas pocas veces vistas en Nuestra América; crece la organización de las comunidades y de las clases medias y sobre todo, en la dirección institucional del país; se fortalece el campesinado pequeño y medio como empresariado agrícola, que recibe el apoyo sustantivo del CNP y la Banca Estatal, la que además se encarga de promover el cooperativismo y de apoyar los inicios de un incipiente sector industrial.

Mientras pueblos hermanos de Centroamérica y el Caribe padecían atroces dictaduras, el sistema político costarricense resolvía sus contradicciones sin el empleo de una fuerza desmedida, la represión brutal o la liquidación de las libertades públicas. Estábamos muy lejos de ser un paraíso y enormes desigualdades, injusticias y agresiones policiales acompañaron por años nuestra vida social y política. Sin embargo, arraigadas tradiciones sobre los derechos ciudadanos y las libertades públicas, crearon el clima político que le permitía al pueblo avanzar y hacer progresar el sistema institucional.

Hubo sin embargo factores ideológicos junto a la presencia afortunada de hombres y mujeres de gran dimensión humana y política, que pesaron enormemente en la edificación de esta estructura democrática que construimos con gran esfuerzo.

Algunos necios aún insisten en que las ideologías no cuentan. Pero sería oportuno plantear algunas preguntas:

¿Qué hecho social trascendental o avance profundo en la vida democrática del país, qué conquista democrática auténtica ha sido posible en Costa Rica sin una definida dimensión ideológica, sea liberal, socialdemócrata, socialcristiana o socialista? Incluso esa división que hacemos, puede resultar abusiva si no tomamos en cuenta el profundo entrelazamiento entre esas corrientes, de tal modo que a justo título podemos hablar de una síntesis que llamamos Pensamiento Social Costarricense.

Costa Rica tiene sus particularidades. En nuestro país, los cambios profundos no irrumpieron como una explosión revolucionaria en sentido clásico, es decir, como un giro o una modificación radical de la estructura de las clases sociales, enfrentada a un pasado retardatario, oscurantista o colonial, como es el caso de muchas de las grandes revoluciones de la historia moderna, desde la Revolución Americana, iniciada por los combates realizados entre 1775 y 1783 pero cuya filosofía está simbolizada en la Constitución aprobada por la Convención de Filadelfia en 1787; la Revolución Francesa de 1789; la Revolución Mexicana iniciada por Francisco Madero en 1910; la Revolución Rusa de 1917; la Revolución China precedida por la instauración de la República en 1910 y el triunfo del Ejercito Popular dirigido por Mao Tse Tung, el 1° de Octubre de 1949, o la Revolución Cubana, que asume el poder en diciembre de 1959 y continúa hasta hoy.

Es cierto que en Costa Rica, los cambios se produjeron en medio de intensas luchas sociales e ideológicas y de agudas confrontaciones cívicas; el que afirme que todo transcurrió en una paz apostólica, ignora profundamente la historia Patria. Es cierto también que en su inmensa mayoría, esos cambios no fueron el resultado de cruentas guerras civiles.

La guerra civil de 1948, no fue un proceso revolucionario, como usualmente se le llama, aunque sí lo fueron las notables transformaciones en la naturaleza del Estado y sus funciones, introducidas por José Figueres Ferrer, que solo pueden verse como una clara continuación de las profundas reformas iniciadas por la alianza entre el Presidente Calderón Guardia, el Jefe de la Iglesia Católica Monseñor Sanabria y el líder comunista Manuel Mora.

El impacto transformador provocado por José Figueres Ferrer, no fue, repito, el movimiento armado del 48, apoyado por la oligarquía y por la Embajada Americana sumergida para ese entonces en la Guerra Fría, con el propósito de liquidar las Garantías Sociales y la presencia política de la izquierda, sino los sustanciales cambios institucionales introducidos en la sociedad costarricense.

El gran salto de las condiciones de vida de nuestro pueblo, lo produjeron, la Seguridad Social, el desarrollo de nuestro sistema educativo, el impulso a la educación secundaria, la obra imperecedera de Rodrigo Facio en la educación universitaria, que nutrió de inteligencias jóvenes y profesionales de altísimo nivel a todas las instituciones del Estado. Nuestro salto adelante resultó del explosivo crecimiento de la salud pública, del sistema hospitalario, de la generación de energía hidroeléctrica, junto a la extraordinaria capacidad productiva de nuestros pequeños y medianos agricultores, que produjeron alimentos baratos mientras las clases ricas hacían su agosto con el Mercado Común Centroamericano o la llamada “promoción de las exportaciones”. Grandes ventajas para los inversionistas y beneficios deprimidos para los agricultores. El modelo aun persiste.

Ni siquiera los elementos claramente retardatarios que acompañaban a Figueres, se atrevieron, inicialmente, a meterles mano a las Reformas Sociales.

Es legítimo preguntarse si esos cambios estructurales que se produjeron en Costa Rica en la segunda mitad del siglo pasado y que hemos mencionado repetidamente, fueron o no transformaciones que merecen el calificativo de revolucionarias. De acuerdo con una visión doctrinaria, no fueron transformaciones radicales en la ubicación de las clases sociales en el poder político, o en la naturaleza del Estado, aunque es necesario señalar que, quizás por primera vez en América Latina irrumpieron, como un factor real de poder en la política y el Estado, las clases medias ¿Otra herejía?

Pero no importa; no discutimos sobre palabras, sino sobre realidades sociales. Otros pueblos hermanos realizan ahora transformaciones legítimas y las llaman revolucionarias. Con ellas, el pueblo de Costa Rica se preparaba para nuevos avances sociales y sobre todo, para asumir el poder del Estado, conquista que aun no llega.

Liberación Nacional, en su primera etapa, limitó el poder irrestricto y el mandato inapelable de la oligarquía en la conducción de la economía y del gobierno aunque gobernó con ella; fue iniciada la construcción de un Estado con amplia capacidad para intervenir en la vida económica y social del país y finalmente, aspecto medular, se creó un estado de conciencia generalizado sobre la importancia de las libertades públicas y el derecho de ascenso social, principalmente a través de la educación, para amplios sectores del pueblo.

Avances como los señalados, eran nuestra sólida base de lanzamiento de un proyecto social y democrático, mucho más avanzado y profundo. Por ejemplo, la incipiente Corporación de Desarrollo, CODESA, a comienzos de los años 70, obra de Daniel Oduber, había financiado y pagado integralmente empresas públicas de perspectiva estratégica tales como la Fabrica Nacional de Cemento, con canteras inagotables de calizas y una capacidad de producción inicial de 500.000 toneladas anuales, que hubieran permitido la acelerada construcción de escuelas, carreteras, hospitales y miles de sólidas viviendas populares. De igual modo éramos dueños de una pequeña pero potente flota pesquera dotada de magnífica tecnología, con dos buques atuneros con capacidad de 1200 toneladas de captura, en ese inmenso territorio marítimo nacional que hoy asaltan pesqueros internacionales. Poseíamos también una moderna fábrica de fertilizantes, al servicio de la agricultura local. Un procónsul, Director de la AID en Costa Rica, decidió la venta de todas estas empresas, durante el primer mandato de Arias. Pero claro, hubo inmensos negocios y corrupción desatada primero en la compra y luego en la venta de esos activos. Algunos de esos “negociantes” todavía andan por allí.

De todo esto nada se habla y poco se sabe. Porque así se encubre el mejor negocio de la politiquería nacional: el negocio de la ignorancia.

Recuperar ese impulso inicial, ese extraordinario espíritu de reforma e impregnar a nuestro pueblo del sentido de dignidad, autoestima, sabiduría y conocimiento necesarios para impedir que la politiquería, la corrupción y los grandes intereses de adentro y de afuera, hagan fiesta con lo que nos pertenece, es la tarea cardinal de nuestro tiempo.

Sobre estos elementos, debemos construir el Programa Mínimo que enarbole la unidad de fuerzas sociales transformadoras que debe encargarse de conducir la Patria. Continuaremos.

Alvaro Montero Mejía, Economista y Abogado, fue fundador del Partido Socialista Costarricense e impulsó la única coalición histórica de la izquierda en Cosa Rica, “Pueblo Unido”, Diputado, Premio Nacional “Joaquín García Monge”, Profesor de Economía de la Universidad de Costa Rica, Investigador, Escritor, Productor y Director de Televisión del Programa “Diagnóstico”, clausurado arbitrariamente por el Presidente Oscar Arias, es actualmente Presidente de la Fundación Independencia y miembro del Movimiento Dignidad Nacional.

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