lunes, 23 de julio de 2012

La elección del nuevo presidente de India augura cambios en breve

Dmitri Kósirev (RIA NOVOSTI, especial para ARGENPRESS.info)

El domingo 22 de julio, Pranab Mukherjee, de 77 años, exministro de Finanzas y candidato del gobernante Partido del Congreso, fue elegido por los parlamentarios como el décimotercer presidente de India.

Su predecesora fue Pratibha Patil. Aunque el cargo del presidente en la democracia más numerosa del mundo es sobre todo protocolar, mucho menos relevante que el del primer ministro, al igual que en Italia y Alemania, esta vez la elección tiene una mayor trascendencia política, ya que el proceso vino acompañado por cierta “turbulencia”. Y en India, con una población se acerca a la de China con 1,22 miles de millones de habitantes y que en el futuro pretende ocupar una de las posiciones clave en el mundo, cualquier turbulencia política merece una atención especial.

Una figura representativa

En India, a diferencia de muchos estados europeos, el jefe de Estado -con un mandato de cinco años- no es elegido directamente por el voto de los ciudadanos, sino por un colegio electoral compuesto por los miembros del Parlamento y los legisladores de los Estados, que ascienden a cerca de 5.000 representantes.

Pero en todo caso la figura de presidente es más bien protocolar. Formalmente tiene mucho poder: es comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, tiene amplias competencias en el ámbito de la política regional y además cumple la función de una especie de mecanismo de seguridad. Si fracasaran a la vez el primer ministro y el gobierno, el presidente asumiría la plenitud de funciones, aunque hasta ahora algo así sucedió en contadas ocasiones.

Existe una tradición de elegir para este cargo a los representantes de algún grupo social, muchas veces minoritario y oprimido. Por ejemplo, Kocheril Raman Narayanan (1997-2002) fue el primer intocable que llegó a presidente de India; varios musulmanes, como el doctor Abdul Kamal, científico e ingeniero destacado; la actual jefa de Estado, Pratibha Patil, ex gobernadora del estado de Rayastán y la primera mujer que accedió a la presidencia de este país asiático.

Es decir, la figura del presidente debe recordar al mundo y los propios hindúes que India es muy grande y diversa, con una sociedad muy heterogénea.

El verdadero blanco

Esta vez la compejidad de la realidad del país se tradujo en varios escándalos en torno a la candidatura de Pranab Mukherjee durante el proceso de elección del futuro mandatario del país. Aunque, sin duda, el verdadero blanco de los ataques fue el primer ministro hindú Manmohan Singh.

La cuestión es que durante el proceso electoral se barajaron dos versiones, ambas muy molestas para las autoridades, de cómo Pranab Mukherjee, extitular de Finanzas en el gabinete actual, fue “empujado” hacia la presidencia. La primera dice que fue a raíz del amiguismo: el primer ministro, que representa el Partido del Congreso, en su momento representado por Jawaharlal Nehru y su hija Indira Gandhi, decidió promover la candidatura de su amigo y partidario previendo tiempos difíciles. La segunda cuenta que, al contrario, la relación entre Manmohan Singh y su ministro se estropeó de repente, por lo cual este último fue relegado a un cargo honorífrico pero meramente simbólico a la vez que se procedió a anular sus decisiones menos populares.

En realidad, la razón de estos ataques es muy distinta. El problema está en que durante el último año la situación de India ha empeorado, aunque el país conserva relativamente altos indicadores económicos. La tasa del crecimiento del PIB, que en el último trimestre de 2011 ascendió al 6,1%, disminuyó hasta un 5,3% en el primer trimestre del año en curso, una cifra envidiable para muchos europeos. Sin embargo, se diagnostica cierta debilidad de la economía nacional: las finanzas, las inversiones, la industria... todo anda peor de lo que se esperaba.

Tanto, que uno de los líderes del grupo Tata, un conglomerado industrial y uno de los grupos económicos más respetados y antiguos en el país, cuyos activos rondan los 100.000 millones de dólares, se vio obligado a pronunciarse al respecto.

El día de la votación al candidato a la presidencia Ratan Tata, uno de los miembros de la dirección del grupo, hizo una declaración en la que pidió al primer ministro devolver al país al camino del crecimiento y restablecer la confianza hacia el gobierno mermada por el “frenazo” económico durante los últimos doce meses. Además, el empresario añadió que no le parecían justos los ataques contra Manmohan Singh, el gran reformador de la década de los noventa, un líder honesto y capaz, y que todos estos escándalos perjudicaban enormemente a la India.

Enfermedad sin nombre

¿Qué es lo que está ocurriendo? Sería demasiado fácil vincular la tasa del crecimiento al nivel de satisfacción de la población con su gobierno. De esta manera se podría cambiar el gabinete siempre que las cosas empeoren

La realidad es más compleja. No importa que el nuevo presidente tenga 77 años y el primer ministro actual haya cumplido los 79. En este país asiático la avanzada edad nunca se ha considerado un obstáculo para desempeñar altos cargos. Los líderes del partido opositor también rondan los 80. A pesar de ello, los hindúes esperan cambios, y muchos de ellos están descontentos. Y es muy probable que el descontento de millones de personas haga que la economía se ralentice, y no al revés.

Los síntomas de que en la sociedad se desarrollan unos procesos incontrolados se hicieron sentir desde hace algún tiempo. Basta recordar el fracaso de Bharatiya Janata (Partido Popular Indio) en las elecciones de 2004, cuando perdió el poder: en aquella ocasión los ciudadanos más pobres acudieron a las urnas para recordar al gobierno de su existencia. Y eso que los ocho años del gobierno de este partido parecían, desde fuera, muy eficaces y prósperos, ya que fue entonces cuando la India se convirtió en una reconocida potencia mundial.

También se puede recordar lo ocurrido el año pasado, cuando los luchadores contra la corrupción por poco provocan una seria crisis en la India con sus huelgas de hambre. Esto, por cierto, es un fenómeno bastante generalizado: cuando la lucha política se centra en torno del problema de corrupción no significa que haya más corrupción que antes. Simplemente es una forma, muy primitiva pero eficaz, de movilizar a las capas de población menos cultas, que de otra manera permanecerían indiferentes a la vida política.

Resumiendo se puede decir que en la India se está madurando “algo”. Pero no solo ocurre en la India. Por ejemplo, lo que sucede en los países árabes es la prueba más radical de lo que puede ocurrir cuando en la mente de las personas hay un cambio. En el caso árabe son guerras y revoluciones, cuyas consecuencias se sentirán por lo menos durante los diez próximos años. Luego, quizás, todo vuelva a la normalidad. Pero quizás no.

Pero ¿no está sucediendo lo mismo, aunque en otras formas y con otras apariencias, en Rusia, Kazajstán, China, algunos estados de Europa y Estados Unidos? En todos estos países una gran parte de la sociedad tiene la sensación de que “todo va mal” y “hace falta cambiarlo”. Aunque se produce con diferente intensidad.

¿Por qué pasa esto? ¿Se debe a la revolución informática, que coincidió con la decadencia del pensamiento humanitario? ¿Es un conflicto generacional parecido al de los años 60 del siglo pasado? ¿Es una influencia planetaria? No hay un único diagnostico, pero cuando lo haya se podrá dar por terminada la crisis global que está viviendo el mundo.

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