lunes, 27 de agosto de 2012

Construyendo memoria en Colombia… Hace un cuarto de siglo, un 25 de agosto, Medellín sufrió la peor andanada paramilitar contra la inteligencia

Roberto Romero Ospina (CENTRO DE MEMORIA, PAZ Y RECONCILIACIÓN)

Hace 25 años, fueron asesinados el maestro Luis Felipe Vélez, presidente de la Asociación de Institutores de Antioquia, y los profesores de medicina y luchadores por los Derechos Humanos, Héctor Abad Gómez y Leonardo Betancur. La protesta se extendió por todo el país con paros de educadores y movilizaciones. En Bogotá, durante la jornada de lucha, fue asesinado a balazos el estudiante de la Universidad Nacional, Luis Alberto Parada Pedraza. Las confesiones de Don Berna cinco lustros después.

Los criminales andaban sueltos. Y no temían nada ante el manto de impunidad que los cubría en todo Antioquia. Por eso actuaron a la luz del día y en una racha sin precedentes, con alevosía de espanto, fueron capaces de asesinar a tres personalidades paisas y luchadores sociales con intervalo de horas aquel aciago 25 agosto de 1987. Hoy hace exactos veinticinco años, un cuarto de siglo.

Primero fue el maestro

Primero fue el maestro Luis Felipe Vélez, de 33 años, presidente de la Asociación de Institutores de Antioquia, ADIDA y dirigente de la CUT. Acribillado a las 7:30 de la mañana cuando entraba a las oficinas del sindicato.

Y después el eminente médico liberal, Héctor Abad Gómez, 62 años, presidente dela seccional del Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos, quien cayera junto a su ex alumno y amigo, Leonardo Betancur, 38 años, vicepresidente de la Asociación Médica de Antioquia AMDA y dirigente de la Asociación de Profesores de la Universidad de Antioquia ASOPRUDEA.

Gómez y Betancur fueron atacados a las cinco de la tarde cuando iban a ingresar a la sede de ADIDA a presentar su pésame a los trabajadores del magisterio por el asesinato de Luis Felipe.

Héctor Abad no alcanzó a entrar a la sede sindical, una ráfaga de tiros lo mató en el acto. Leonardo logró huir un trecho refugiándose en la cocina de la directiva sindical, pero allí llegaron los sicarios ultimándolo sin contemplación alguna y en medio del concurrido velorio.

Ese año de 1987 iba a marcar profundamente a Colombia. Con apenas dos años de haber nacido como una nueva opción política, la Unión Patriótica, en solo seis meses de campaña, había obtenido 370 mil votos por su candidato presidencial Jaime Pardo Leal, la más alta votación de la izquierda en toda su historia.

Los enemigos de los cambios, bien afincados en el establecimiento, no iban a aceptar de buenas a primeras semejante recomposición electoral. Y ese 1987 fue señalado como el comienzo del exterminio que culminaría con la propia ejecución de Pardo Leal el 11 de octubre.

La protesta ante el extermino de la UP y la cuenta de cobro

En Antioquia, donde la UP se convirtió en la primera fuerza en varias regiones, en especial en Urabá, y con gran crecimiento en Medellín, decenas de líderes y simpatizantes comenzaron a caer asesinados, otros eran desaparecidos a manos de grupos de sicarios, la mayor de las veces con la complicidad oficial mientras la modalidad de la masacres sembraba el terror en campos y veredas.

La protesta no tardó en organizarse y se convocaban marchas contra el crimen. Una de ellas en favor de la vida, tuvo lugar el jueves 13 de agosto de 1987. Salió de la Universidad de Antioquia respaldada por millares de estudiantes, profesores y activistas de Derechos Humanos.

Al frente iban los dirigentes del Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos, los profesores universitarios Leonardo Betancur Taborda, Héctor Abad Gómez, Pedro Luis Valencia Giraldo, y los líderes del magisterio sindicalizado, entre ellos Luis Felipe Vélez.

Un día después vendría el castigo: en la mañana del viernes 14 de agosto, en su residencia,vecina de las propias instalaciones de la IV Brigada del Ejército, y tras estrellar un vehículo contra la puerta del garaje, los asesinos ingresaron a la casa de Pedro Luis Valencia Giraldo para darle muerte.

Valencia, médico y profesor de la Universidad de Antioquia, reconocido defensor de los Derechos Humanos, militante del Partido Comunista y Senador de la República por la Unión Patriótica, había dedicado toda su vida a la militancia y al trabajo social.

Y once días después, el 25 de agosto, los otros tres líderes de la marcha serían inmolados: Luis Felipe Vélez, Héctor Abad Gómez y Leonardo Betancur.El mismo 25, como queriendo amedrentar para siempre a todo el magisterio, fueron heridos gravemente por sicarios los educadores Aura Gutiérrez Taborda, Israel Gómez Delgado y Abel Gómez de la Universidad de Antioquia.

Los crímenes enardecen a todos

ADIDA, que agrupa a todos los maestros y con el respaldo de la CUT, decretó un paro de 72 horas, iniciativa que ganó rápidamente el apoyo nacional. Decenas de manifestaciones y cese de actividades se dieron en todo el país.

La consigna por el derecho a la vida, las libertades democráticas y por el levantamiento del Estado de Sitio,movilizaron a millares de colombianos.

En Bogotá, la protesta por los crímenes de Medellín se reflejó en una marcha del silencio que copó gran parte de la Plaza de Bolívar. Miles de estudiantes ocuparon las calles y parte de la muestra que salió de la Universidad Nacional fue atacada a bala por patrullas de la Policía muriendo el estudiantes de tercer año de Derecho, Luis Alberto Parada Pedraza, por un tiro en el cráneo cuando transitaba por la carrera 26 con calle 25.

Betancur, quien había dejado el gobierno un año antes, a nombre del partido conservador se limitó a decir que el país “vive un momento de gran confusión que obliga a actuar con serenidad y templanza”. Sobran los comentarios.

Por su parte, Luis Carlos Galán, jefe del Nuevo Liberalismo y quien se perfilaba con el candidato presidencial sin rival a la vista, señaló que el país padece “una guerra sucia con atentados, desapariciones y amenazas que buscan la desestabilización”.

Y El tiempo editorializó lamentando los hechos de violencia de Medellín al tiempo que condenabalas movilizaciones populares y los paros del magisterio pues “promovían los desórdenes de quienes buscan el caos de la nación”.

Las confesiones de Don Berna, veinticinco años después

Por los crímenes de estos defensores de Derechos Humanos jamás hubo un detenido. A comienzos de febrero de 2012, un cuarto de siglo después, durante su tercer día de versión libre en el proceso de Justicia y Paz, el jefe paramilitar Diego Fernando Murillo, alias Don Berna, aseguró que Carlos Castaño, fue el determinador del asesinato de Héctor Abad Gómez.

La operación se ordenó, según Don Berna, porque el médico “hacía denuncias que afectaban a las Fuerzas Armadas, haciéndole el juego al EPL. Por eso, Carlos tomó la decisión de ejecutarlo”.

Sobre el crimen del senador por la Unión Patriótica, Pedro Luis Valencia, ocurrido el 14 de agosto de 1987, recordó que “Carlos fue personalmente a ese operativo con miembros de la IV Brigada”, y agregó que Castaño también estuvo detrás del homicidio del líder de los educadores de Antioquia, Luis Felipe Vélez.

Don Berna indicó que todos estos crímenes hicieron parte de una estrategia de los paramilitares para apoderarse de la capital antioqueña. “Para finales de los ochenta, quien tenía el control de la guerra urbana en Medellín era Carlos, que lideraba un grupo de cinco o seis hombres, ayudados por militares, para ejecutar acciones contra la guerrilla”.

Sin embargo, cuando la Fiscalía le preguntó qué miembros de la fuerza pública ayudaron a Castaño en su plan para apoderarse de la ciudad, Don Berna guardó silencio y dijo que por problemas de seguridad preferiría no mencionar a nadie.

Al único al que se refirió fue al general FaroukYanine Díaz, ya fallecido, que en vida fue señalado, además, como responsable de la masacre de La Rochela, ocurrida el 18 de enero de 1989.

Respecto a él, Don Berna, que se encuentra recluido en los Estados Unidos pagando una pena por narcotráfico, dijo, como cita El Espectador en su edición de febrero 15 de 2012: “Este general era clave en la lucha antisubversiva y en el apoyo a las autodefensas en asuntos logísticos, de relaciones con otros oficiales y con información”.

Los discípulos del general Millán Astray

En ese mismo año de 1987, entre los meses de julio y diciembre fueron asesinados: Darío Garrido Ruiz, profesor de la Facultad de Odontología; Edison Castaño Ortega, estudiante de la Facultad de Odontología; José Abad Sánchez, estudiante de la Facultad de Medicina Veterinaria; Yowaldin Cardeño Cardona, estudiante del Liceo Autónomo; José Ignacio Londoño, estudiante de la Facultad de Comunicación Social y Periodismo.

Así mismo John Jairo Villa Peláez, estudiante de la Facultad de Derecho; Carlos López Bedoya, profesor del Departamento de Antropología; José Ignacio Uribe Londoño, estudiante; Gustavo Franco Marín, estudiante de la Facultad de Ingeniería; Rodrigo Guzmán, médico internista del Hospital San Vicente de Paúl.

Y también Orlando Castañeda Sánchez, estudiante de la Facultad de Medicina; Marina Ramírez, estudiante de la Facultad de Química Farmacéutica; Francisco Gaviria, estudiante de la Facultad de Ciencias de la Comunicación, y el humanista, abogado, antropólogo, teólogo y filósofo Luis Fernando Vélez Vélez, profesor e investigador, todos de la Universidad de Antioquia. Catorce integrantes del alma mater asesinados, uno cada quince días.

Una verdadera razzia contra la intelectualidad progresista. Los perpetradores cumplian al pie de la letra el lema del general fascista español Millán-Astray de “Viva la muerte, abajo la inteligencia”, que respondiera sabiamente Unamumo en la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936, ¨podrán tener la fuerza, jamás la razón¨.

Héctor Abad Faciolince, hijo de Abad Gómez, escribió uno de los más hermosos textos sobre el padre. Que retrata todo lo bueno de los progenitores con un título tomado de un poema de Borges: El olvido que seremos.

Abad Faciolince dice que "Nunca entendimos que lo hubieran matado ni que el traje con sangre que me entregaron en el anfiteatro pudiera ser su traje con su sangre”.

“¡Nunca sangre tan roja entre mis dedos! Había en los bolsillos un poemade Borges, «Epitafio», una lista de muerte con su nombre,y una bala incrustadaen el forro del cuello. La bala fue una de las seis que lo mataron y no la conservamos;los nombres de la lista fueron siendo borrados, en los meses siguientes, por los asesinos”.

“El poema decía:Ya somos el olvido que seremos.Y es verdad. A veces lo olvidamos.Yo voy a recordarlo el día en que me muera".

Sin embargo, la memoria se resiste al olvido. No seremos el olvido como señalaba Borges. Por el contrario, el movimiento social por el rescate de la memoria histórica adquiere nuevas dimensiones para que nadie, víctima de la violencia, permanezca relegado en el recuerdo.

Foto: De izquierda a derecha, Héctor Abad Gómez, Leonardo Betancur y Luis Felipe Vélez.

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