jueves, 16 de agosto de 2012

Islámico pero… no tanto

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

La visión eurocentrista de la historia asume que en Asia y Medio Oriente el progreso político está ligado a la occidentalización sosteniendo de ese modo un anacrónico paradigma.

Por razones conocidas los pueblos del occidente de Europa alcanzaron antes que otros determinadas cotas en el desarrollo económico, urbano, tecnológico y concomitantemente con ello también jurídico y político. Algunos de aquellos preceptos se incorporaron a la cultura universal. Entre ellos figura la secularización de la política y del Derecho. No se trata de superioridad blanca, ni de que Europa lo hiciera mejor, sino de que transitó primero un camino válido para la humanidad.

La historia se torció cuando la precedencia económica, tecnológica y científica fue convertida en paradigma de superioridad y utilizada por las élites gobernantes europeas para subyugar al resto del mundo. Los elementos culturales que pudieron ser transferencias civilizatorias se convirtieron en medios de opresión, fenómeno que aun persiste. Un mayor desarrollo no hace mejor a un pueblo pero lo hace más fuerte y la fuerza ligada a la codicia condujo a la opresión.

Asumido como uno de los metarelatos históricos, como doctrina de fe o manifestación cultural, el Islam tiene derecho a disfrutar de las mismas consideraciones que el cristianismo, el budismo, el sintoísmo, las religiones africanas o cualesquiera otras formas de vivir la fe; en cambio, como expresión política o doctrina jurídica, carece de la eficacia necesaria.

Los regímenes teocráticos basados en la letra de escrituras consideradas sagradas por quienes creen en ellas; así como la imposición de la convivencia social, los estilos de vida y la administración de justicia regida por preceptos religiosos, son parte del pasado remoto de la humanidad y en ninguna parte del porvenir.

En el mundo moderno, ninguna jerarquía religiosa, en ninguna civilización, en nombre de ningún dios o profeta, tiene derecho a erigirse en jerarquía política y a gobernar a creyentes o no creyentes en función de criterios místicos y bajo los mismos raseros. Tampoco es aceptable imponer preceptos religiosos como estilos de vida.

Obligar a las mujeres y a las niñas a vestir de una manera determinada y única, mutilar su cuerpo, impedirles disfrutar de alimentos y placeres legítimos y excluirlas de la vida laboral y social e impartir justicia a partir de preceptos arcaicos es opresivo y no puede ser justificado en nombre de patrones culturales específicos. Tanto en el Islam como en el judaísmo y el cristianismo existen corrientes moderadas que han adoptado el laicismo como principio rector para el Estado, la convivencia social y la administración de justicia.

La llegada al poder en Egipto de la Hermandad Musulmana plantea la pertinencia de lograr la convivencia de la fe y los ritos con el laicismo, la democracia y las nociones universales de los derechos humanos.

Las disposiciones del recién electo presidente egipcio Mohamed Mursi que ordenó al ejército operar contra los extremistas, probablemente islámicos sospechosos de la autoría del ataque donde fueron ultimados 16 militares egipcios en un puesto fronterizo del desierto del Sinaí, alimenta un debate que puede ser esencial acerca de las diferencias entre compartir una confesión religiosa y ser solidario con prácticas políticas condenables. Habrá que seguir los hechos y ahondar en el asunto. Allá nos vemos.

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