miércoles, 1 de agosto de 2012

La escuela y la herencia del desasosiego

Silvana Melo (APE)

Encontrar la llave para desactivar la herencia del desgano y el desasosiego. Encender el motor de transformación y entender, en la concepción de la pedagoga Violeta Núñez, a la educación como un antidestino, como la clave de la redistribución social de las transferencias culturales. Distante como nunca de semejante desafío parece ubicarse la escuela argentina, fragmentada y replicante -tantas veces- de los vicios y los cimientos sistémicos más perversos. A partir de pensar el conocimiento como la fuente más democrática de poder (Toffler), la escuela replica la desigualdad y distribuye conocimiento y poder consolidando la inequidad. La ley que determinó la obligatoriedad de la escuela media es una letra vacía, nacida sin contemplar ni la infraestructura ni el contenido que impliquen a los adolescentes y pongan en marcha las llaves del sentido, del acceso al mundo simbólico, de la posibilidad de transformación, de la conciencia de poder destrabar la fatalidad.

Un informe de una asociación civil (Proyecto Educar 2050) basado en un estudio de la Unesco de 2010 puso en estos días en debate efímero -unas horas en los medios para apagarse luego e invisibilizarse otra vez- la grieta medular de la educación media, con un dato que no sorprende y que, más allá de la confiabilidad o no de los números, responde a la percepción cotidiana: la tasa de graduación en la Argentina es una de las más bajas de la región. Concretamente, sólo la mitad de los alumnos llega a finalizar sus estudios con el título en mano.

Los niveles cercanos a la universalidad que exhibe la escuela básica se quiebran en los primeros años del secundario, en una tierra que segmenta a los jóvenes y destierra a porciones enormes a los confines del desamparo y la percepción del futuro como apenas el despertar en la mañana siguiente. No hay estrategias ni herramientas contra la heredad de la resignación a un espacio preconcedido que no exhibe posibilidad de cambio, contra el desinterés y el desenamoramiento de la vida como construcción colectiva. La escuela suele asestar los estigmas que debería desactivar. Y abona, tantas veces, la visibilización del otro -en cuanto niño o adolescente- como un peligro potencial o manifiesto.

La educación media, a la que se intentó entronizar como pública e inclusiva a partir de una letra legal, es una estructura expulsiva y poderosamente patentizadora de la desigualdad. Mientras en algunas escuelas los exámenes internacionales (ONE - PISA) se acercan a la excelencia, en otras queda al desnudo ese 52% que -según el informe Unesco- no alcanza a la comprensión de la lectura. La planificación sistémica ha sido exitosa: la escuela se adapta a unos y otros. Les transfiere lo necesario para el éxito o para la consolidación de la permanencia en un territorio del que no se saldrá. Y, además, suele transmitir el mandato de que de allí no se emerge.

La clave, indudablemente, no es la inversión en educación, que llegó a superar la meta fijada por la Ley de Financiamiento Educativo (el 6% del PBI). Y que se volcó, mayoritariamente, a los salarios docentes. La cantidad de recursos no es un dato excluyente si no existe una justa distribución de esos recursos. Mientras la formación de los chicos más pobres mantenga una deficiencia sostenida, el 6% del PBI no será otra cosa que los oropeles del discurso.

La evaluación PISA para el 2009 entre adolescentes de 15 años determinó que uno de cada tres muestra atrasos y repitencia y ese porcentaje está íntimamente relacionado con estructuras familiares que no han concluido la educación básica. Es decir, la escuela no pudo desbaratar la fatalidad. No pudo transformar. No tuvo la capacidad de compensación de la desigualdad heredada.

Según el informe, “el 46% de las personas entre 18 y 65 años de edad no llegó a concluir la educación secundaria”. Es decir que “enfrentan grandes dificultades para apoyar a sus hijos y evitar la reproducción intergeneracional del atraso y la deserción educativa”.

La escuela, definitivamente, falla en su rol transformador. En el papel revolucionario que le debería ser impuesto. Y triunfa en la consecución de las más oscuras intenciones, como herramienta sistémica de distribución del éxito y el fracaso. Y no del conocimiento liberador e igualitario.

En palabras de la pedagoga social Violeta Núñez, “hacer de la educación un antidestino, práctica que juega contra la asignación cierta de un futuro que se supone ya previsto”.

En medio de la herencia del desgano y el desasosiego, “hacer de la educación un acto que restituya el enigma de la humanidad tantas veces negada, conculcada, violentada, transformada en mera vida biológica de aquel que así, entonces, casi expulsado de lo humano, puede ser muerto impunemente”. Tan cerca Núñez del concepto de Agamben del “niño sacer”, que puede ser sacrificado o disciplinado sin que a nadie pueda condenarse por eso.

El acto antidestino es el enigma de la vida como un territorio a descubrir, a conquistar, a apropiarse. Sin cruz ni fatalidad. Sin la adversidad inexorable. Será un acto de libertad imparable, cuando sea.

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