miércoles, 1 de agosto de 2012

Lanata, Víctor Hugo y la muerte de la verdad

Julio Villalonga (MDZOL)

La guerra entre el kirchnerismo y el Grupo Clarín ya no tiene madre. La mayoría de los argentinos, sin prensa. El fin de la racionalidad y el comienzo del no futuro.

La ofensiva mediática y política de Jorge Lanata contra Víctor Hugo Morales tiene un origen preciso: la presión del Gobierno al Grupo Clarín para que avance en el proceso de desinversión en medios, según establece la ley del ramo.

La escalada de los últimos días, de uno y otro lado, advierte que se ha desatado definitivamente una guerra sin cuartel que tiene como principales contendientes a Cristina Kirchner y a Héctor Magnetto, la primera al frente del aparato del Estado y el segundo, de la mayor corporación multimediática del país.

La diferencia entre Lanata y Morales es el cretinismo del primero. El conductor ahora contratado por Clarín no tiene patria periodística, si hay alguna. El relator de fútbol, con todos sus defectos (¿quién no los tiene?) tiene una virtud poco común: su coherencia.

Con esa coherencia se ensañó Lanata, que puede mostrar virtudes profesionales pero no aquel detalle de personalidad. ¿Qué Víctor Hugo se ha contradicho muchas veces? Muy probablemente, pero no en cuestiones de fondo, y esas contradicciones, que hoy son visibles también en su relación con el kirchnerismo, lo convierten en un hombre del común, algo que jamás querría para sí el presentador de “Periodismo para Todos”.

Pero, en fin, dicho todo esto, habiendo tomado posición con claridad, corresponde avanzar en el análisis del contexto político en el que se da esta disputa, que -siempre del lado de Clarín- cuenta con el seguidismo de la editorial Perfil y de la sociedad editora del diario La Nación.

Por cierto, el Gobierno no se ha privado de mucho en esta contienda. El mencionado reclamo a Clarín, en el centro de la explosión de la fase actual de la confrontación, es una pata de una estrategia a veces mejor y a veces peor estructurada pero que se ha dirigido a golpear al “multimedios destituyente” y a sus acólitos allí donde más le duele.

Hemos escrito más de una vez en esta columna, y anticipado, sobre las movidas judiciales de los abogados de Magnetto. Su mayor triunfo ha sido el derrumbe de la causa por la apropiación ilegal de los hijos de Ernestina Herrera de Noble. Ese expediente, sin embargo, provocó un irreparable daño a la imagen de la principal accionista del conglomerado de medios. No pudo probarse que Marcela y Felipe Noble fueran hijos de desaparecidos pero sí que fueron inscriptos de manera irregular.

La batalla por Papel Prensa pone cada tanto en la palestra la versión de la familia Papaleo frente a la de los letrados de Magnetto. Sea cual sea el resultado, y no parece que vaya a llegarse a condena alguna, la verdad histórica afloró y quedaron en evidencia los enjüagues entre la conducción del Grupo Clarín y de la empresa que edita La Nación con la cúpula de la más sangrienta dictadura militar que nuestro país haya padecido.

La Ley de Medios, el otro instrumento legal que el Gobierno creó para equilibrar el escenario en este mercado, muestra a esta altura el mayor déficit de todos los intentos contra Clarín. La norma, ya lo hemos revelado, exhibe unos defectos que sólo pueden haberse debido a dos cosas: a la torpeza de sus redactores, o a una intención aviesa. La ley, en su espíritu (al menos eso fue lo que argumentaron sus exégetas, incluida la Presidente), busca “democratizar” el acceso a la producción y consumo de bienes culturales, en particular los audiovisuales.

Con un multimedios como el de Clarín, que factura entre seis y ocho veces más que el segundo grupo de medios, el que controlan Vila y Manzano, el monopolio en la Argentina ha hecho casi de fantasía el cacareado ejercicio de la libertad de prensa, que no sólo se ve afectado cuando un Gobierno no da respuesta a lo que le preguntan los periodistas. Que sólo dos empresas editoras de diarios controlen la producción y distribución de papel para ese fin, que tengan de socio “bobo” al Estado durante casi tres décadas y que sus responsables editoriales no sólo defiendan esta anomalía sino que la justifiquen, pone entre paréntesis cualquier cosa que puedan decir acerca de la libertad, en general, y de la de prensa, en particular.

La ley confunde -por error o con intención- licencias con accionistas de medios, lo que genera incertidumbre de cara al futuro, en particular a aquellos inversores que deberían acceder a los medios que Clarín y otros grupos deberán vender si algún día comienza a tener vigencia la norma de medios audiovisuales.

La perversidad intrínseca de la existencia de un grupo de poder -basado en sus medios- como es el consorcio que conduce Magnetto, naturalmente se debe a una patología muy extendida en la dirigencia política argentina. Se trata de una enfermedad marcada por la falta de carácter, por la pusilanimidad de los referentes de una casta que han constituido muchos de aquellos que condujeron el país en los últimos cuarenta años.

Que Lanata la haya emprendido contra Víctor Hugo de la manera en que lo hizo deja en evidencia que Clarín ha entendido que el conductor oriental es un objetivo de guerra. Lo mismo ha ocurrido con el Gobierno, que puso todos sus cañones mediáticos a disparar al unísono contra el ex director de Página/12.

El deterioro del ejercicio del periodismo en la Argentina es palpable. Los cruces son hoy entre Lanata y Víctor Hugo, pero la polarización comenzó hace tiempo. Se acusa al kirchnerismo por este enfrentamiento destemplado, pero el aparato “clarinista” no le ha ido en saga.

Los dos bandos han dejado a la mayoría de los argentinos sin prensa, aunque no sin opinión.

Clarín creció como un carcinoma en el cuerpo social de la Argentina, en particular desde la dictadura a esta parte, y el remedio kirchnerista no parece estar destinado a acabar con el mal sino a controlar su derrumbe. Muchos afirman que Cristina Kirchner necesita el “fantasma” de Clarín hasta el 2015 porque su futuro político depende en buena medida de la existencia de un enemigo; lo mismo advierten de la ofensiva contra Hugo Moyano.

Otra pata de la contraofensiva de Clarín contra el Gobierno, ahora en la persona de Morales, es el vínculo histórico que el gobernador bonaerense, Daniel Scioli, ha mantenido con el multimedios. En la Casa Rosada muchos medran con este esperpento: permite cerrar muchos círculos, justificar muchas operaciones. En las últimas semanas, versiones febriles atravesaron las redacciones de todo el país. Siguen circulando y ubican a Scioli como un “Droopy” que aparecería casi simultáneamente en reuniones con el gobernador cordobés José Manuel de la Sota, el ex mandatario chubutense Mario Das Neves, el actual gobernador mendocino ”Paco” Pérez o su colega entrerriano, Sergio Uribarri (Ni Pérez ni Uribarri se cruzaron con el ex motonauta y De la Sota guarda absoluto silencio al respecto). Detrás de esta versión hay intereses, sin duda. Algunos quisieron ver que surgía desde el Gobierno, que buscaría continuar con el castigo a Scioli, en este caso por una presunta actividad “conspirativa”.

Sin embargo, todo indica que se trata de una elucubración que intenta meter miedo en el Ejecutivo por las presuntas defecciones de algunos incondicionales, lo que -si fuera real- estaría demostrando un deterioro político inminente del Gobierno al calor del parate económico. ¿Qué les sumaría a Pérez o a Uribarri una reunión con Scioli? ¿Cuál sería el fin?

¿Tienen ambos una situación sin retorno con la Rosada? De ningún modo parece que sea el caso, más allá de los problemas financieros que enfrentan, como los de casi la mitad de las provincias argentinas.

Pero, no es racional buscar racionalidad en lo que se publica cuando ya se ha declarado la guerra, cuya primera víctima, como todo el mundo sabe, es la verdad.

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