lunes, 27 de agosto de 2012

Los ausentes en el banquillo del juicio a los envenenadores

Silvana Melo (APE)

José Rivero, Nicolás Arévalo, Ezequiel Ferreyra, los primos Portillo, el 70% de los niños nacidos alrededor de las tabacaleras de Misiones, con malformaciones y piel de cristal, los pibes que juegan y comen tierra cerca de las tomateras de Lavalle, los muertos de cáncer y los 114 niños contaminados en Barrio Ituzaingó. Y cientos más y miles más que se acuestan a dormir a la vecindad de la soja y se levantan con el cuerpo y los pulmones embadurnados de glifosato.

Y se mueren lentamente cada día. Todos, en cada rincón, en cada plantío, en casitas perdidas o debajo de la tierra vieron cómo la Justicia apretaba el picaporte el martes de noche. Y daba dos noticias raras: fumigar con agrotóxicos encima de la gente es delito. Envenena y mata. Pero ese delito no se condena con cárcel. Un chacarero y un fumigador aéreo son culpables para la Justicia que abrió despacito la puerta. El que sembró corriendo las fronteras de su plantío sobre la mesa de la gente. El que fumigó, lloviéndole veneno a la piel y al agua de la gente. A ninguno de los dos le importó la vida. Pero son el último eslabón. Los perejiles del sistema. ¿Cuándo se sentará al Estado ante los estrados del Tribunal? ¿Cuándo al modelo impuesto por los poderes económicos y avalado servilmente por la política? ¿Cuándo a Monsanto, a la Barrick, a Cargill, a Alumbrera, a las legislaciones ad hoc, a los gobernadores cómplices, a los medios mudos o secuaces, al cianuro, al endosulfán, al glifosato? ¿Cuándo ante la Justicia el modelo extractivo que vacía el vientre de la tierra, desaloja, envenena y desertifica? ¿Cuándo el juicio al modelo que viola los derechos humanos de la gente indefensa y desguarnecida?

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Cuatro años atrás Medardo Avila Vázquez vio la lluvia tóxica que caía sobre las casitas de Ituzaingó. Era el subsecretario de Salud de la Municipalidad de Córdoba. Su denuncia por “envenenamiento” y la presencia de endosulfán y glifosato en los patios se sumó a la de las Madres de Ituzaingó en 2004 que es la que logró sentencia el martes. Un milagro en el reino de la in-justicia. Una mínima caricia en el alma para los silenciados. Pero caricia al fin. Aunque el poder sonría ante el destino de su infantería y sostenga la impunidad para multiplicar la apuesta. Y el veneno. Cincuenta millones de toneladas de soja cosechadas por año en diecinueve millones de hectáreas que en 2003 eran apenas doce, necesitan de 190 millones de litros de agrotóxicos que le maten la mala hierba. Es el veneno una de las patas que hace viable el perfil agropecuario feroz, sostenido en el imperio de la soja transgénica que ocupa el 56% de la superficie cultivada. Pero no sólo mata la mala hierba. Mata también a esa maleza excedente que
suelen ser los niños.

Fue en diciembre de 2008 cuando, a partir de la presentación de la municipalidad cordobesa la Justicia prohibió la fumigación a menos de 500 metros del barrio Ituzaingó. Sólo podían lanzar lluvias de agrotóxicos desde el aire a 1500 metros de distancia. La disposición se basó en la Ley Provincial de Agroquímicos que prevé penas de hasta diez años de prisión. La denuncia de las Madres se basaba en la Ley Nacional de Residuos Peligrosos que prevé penas similares.

El 80 por ciento de los niños del Ituzaingó tienen agroquímicos en sangre. Algunos tienen media docena de insecticidas y herbicidas en el cuerpo. Hasta fuera del barrio hubo chicos con análisis positivos de envenenamiento.

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Un productor condenado –uno absuelto- y un aerofumigador condenado, los dos a tres años, en libertad, son símbolos. Señales de que hay sacudones bajo la tierra. Señales de que hay pelea por dar. Lucha por venir.

Es un desprecio a la vida que se llevó, entre tantos, a José Rivero (cuatro años), a Nicolás Arévalo (cuatro años) en Lavalle, Corrientes; a los tres primitos Portillo en El Tala, Entre Ríos; a Ezequiel, en el establecimiento Nuestra Huella, Pilar. Y a centenares que murieron por cánceres y leucemias que todos se negaron a explicar, que nacieron sin dedos, que no lograrán entender bien lo que leen, que tienen los pulmones con catarro eterno. Ahora ese desprecio a la vida tiene dos caras. Aunque sea evidente que son lo peones de este juego de mano intocable que mueve las piezas.

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Lucas nació cerca de las plantaciones de tabaco misioneras. A los ocho meses tenía ictiosis severa, una enfermedad de la piel común en las tabacaleras. La exposición a agrotóxicos deja a los niños escamosos. Como peces. Andrea, a los 14, tiene piel de cristal. Se hiere y se ampolla apenas del aire. El aire se vuelve cuchillos cuando la toca. Cinco de cada mil chicos misioneros nacen con malformaciones. Y se multiplican alrededor de las pasteras y tabacaleras, donde los agrotóxicos están en el aire y en el agua. El investigador y abogado Raúl Godoy aseguró que hay en Misiones unos 3 mil niños afectados por agrotóxicos. Y que en la provincia se utilizan varios venenos prohibidos en otras partes del mundo. El 70 por ciento de los niños que nacen en estas zonas tiene malformaciones. Y el cáncer está a la vuelta de la esquina. El endosulfán es mortífero y barato. Por eso su uso masivo en el país, a pesar de que el Convenio de Estocolmo sobre Compuestos Orgánicos Persistentes –del que la Argentina es suscriptora- lo prohibió por su “extrema peligrosidad”. La Red de Acción sobre Plaguicidas –600 organizaciones de 90 países– describe sus efectos: “deformidades congénitas, desórdenes hormonales, parálisis cerebral, epilepsia, cáncer y problemas de la piel, vista, oído y vías respiratorias”. El glifosato es el agrotóxico estrella del planeta sojero. El célebre Roundup de Monsanto, que se esparce de a diez litros por hectárea. Donde pasa el Roundup nada queda. Salvo la soja transgénica, preparada para sobrevivir a todo.

A Mercedes Méndez, enfermera del Garrahan e integrante de Pueblos Fumigados, la mamá de Nicolás Arévalo le contó que vivían frente a una tomatera en Lavalle donde “tiraban venenos”. “Que en esos días habían tirado y que las zapatillas de los chicos tenían incluso pegado el barro que se había hecho al mezclarse con el agua que venía de la tomatera”. Su hermanita Celeste se salvó, apenas, del transplante hepático. Cuando Mercedes supo de la muerte de José, en el mismo pueblito de Corrientes, se imaginó “que en lugar de haber sido por agrotóxicos, hubieran sido dos muertes en un año, en una ciudad de 5000 habitantes como Lavalle por inseguridad por ejemplo ¿cuál habría sido nuestra reacción como sociedad? ¿Y la reacción de los medios, corporativos o no?”.

Clarín se enteró de la muerte de José casi dos meses después. Y la informó como si hubiera sido casi dos horas antes.

Los tomates de la tomatera fatal que mató a José y Nicolás, ¿dónde se habrán vendido? ¿En qué mesas se habrán consumido?

Son los tomates más rojos del mundo. Los tomates más muertes.

Nicolás y José tenían cuatro años.

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