miércoles, 22 de agosto de 2012

Mediatización, femicidios y espasmos sociales

Claudia Rafael (APE)

“Cuando un maestro llamó a las nenas para decirles que su mamá había tenido un accidente, la de 9 años le dijo ´Fue Weber, ¿no? ¿Ya la mató?´”. Javier Weber es su papá. Y hace apenas unos días fue condenado a 21 años de prisión por intentar matar a su mamá. Ese hombre que alguna vez le derramó ternuras fue hasta la puerta de su escuela y baleó a Corina Fernández, su madre y la dejó gravemente herida. Ese hombre que -si no hay salidas anticipadas- dejará los muros de una cárcel cuando ella tenga 30 años.

Las grandes explosiones mediáticas se acordaron por estos días de historias femicidas. Grandes titulares reemplazaron entonces a las pujas por el subte porteño que a su vez ocupó el sitial del vatayón militante y Eduardo Vázquez en ese no debate sobre resocializaciones carcelarias. Y que, por su lado, reemplazó otros: el hambre que es y que no es según el medio periodístico de pertenencia; los niños violentados y asesinados; la tortura en comisarías hecha video casero.

Discusiones efímeras que mueren a poco de nacer. Titulares que luego ingieren la píldora de la desmemoria y quedan repentinamente ocultos en arcones de olvido hasta que sea necesario desenterrarlos nuevamente. Después de todo, el hambre, las torturas en manos de fuerzas de seguridad, los niños que seguirán siendo asesinados y violentados; la cárcel como magnífica institución represora y socializadora de miserias o las crónicas rojas de femicidios persistirán por siempre en una sociedad que las naturaliza y las amasa patológica y cruelmente.

Entonces, tras el esporádico horror mediatizado en un video casero en el que un hombre golpeaba a su ex mujer, sigue habiendo uno más que la picaneó, otro que la mató; Weber, que la baleó sin suerte; la adolescente Dayana Capaccio que fue apuñalada, baleada y quemada por su ex novio en Rosario; Carina Baginay que fue asesinada por su pareja en San Juan; la chaqueña Lucía Gallo que pelea por sobrevivir una vida que le dejará marcas en todo su cuerpo para siempre, si es que sobrevive. Y su pequeño bebé de 10 meses que crecerá sin madre o con los guiñapos de esa muchacha de apenas 22 años, que soñaba con ser docente y a la que un papá de tan solo 23 y policía la prendió fuego.

Los números –esos que no desnudan rostros, ni dolores, ni historias- plasmaban que en 2011 fueron 282 las mujeres víctimas de femicidio. Y que dejaron 346 niños sin mamá y, en gran parte de los casos, sin el papá, que terminó encarcelado, que les asestó el estigma de hijos de asesino y que a la vez les hirió el alma para siempre de crueldades.

Hoy las estadísticas de la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema de Justicia plantean un incremento del 57 por ciento de los casos entre 2010 y 2012. Si esa tendencia continúa, a fin de año las víctimas deberían rondar entre 400 y 440 mujeres. Que implicará más de 540 niños y adolescentes hijos del femicidio.

En Patas arriba, Galeano refleja:

-Estamos dormidas- dice una obrera del barrio Casavalle de Montevideo. -Algún príncipe te besa y te duerme. Cuando te despertás, el príncipe te aporrea.

Y otra:

-Yo tengo el miedo de mi madre, y mi madre tuvo el miedo de mi abuela.

Y luego concluye: Confirmaciones del derecho de propiedad: el macho propietario comprueba a golpes su derecho de propiedad sobre la hembra, como el macho y la hembra comprueban a golpes su derecho de propiedad sobre los hijos. Y hay que agregar, como tantas veces hizo el mismo Galeano, que la mujer, los indios, los negros además de ser vistos como inferiores han sido vistos como amenaza. En definitiva, el prójimo es siempre una amenaza y el mundo al revés nos enseña a padecer la realidad en lugar de cambiarla.

La mecánica del horror social es siempre la misma. La tortura consabida puertas adentro de una comisaría, muros más allá de la libertad, patios más allá de una seccional son portadores de espanto cuando llegan a los ojos a través de una pantalla de tv. Es sólo la visibilización lo que generará rechazo. No su silenciosa concreción. Cuando se conoció un video casero grabado con un teléfono celular de policías torturando dos jóvenes en el patio de un calabozo se expuso algo que –acuerdo tácito de la sociedad- es permitido siempre y cuando se mantenga a oscuras. La notoria exposición obliga a tomar postura ante algo que todos sabemos que estamos sabiendo. Aquello que no podemos eludir. Bastará un gesto de horror, bastará un mero rechazo gestual u onopatopéyico y se estará habilitado para olvidar.

Lo mismo pasa por estos días con el video casero grabado por familiares de una mujer víctima de violencias por parte de su ex marido en Bahía Blanca. La sociedad se ve obligada a reconocer la violencia de género. La justicia se ve obligada a actuar a pesar de no haberlo hecho cada una de las 15 veces que esa misma mujer denunció. Porque la imagen fílmica des-naturaliza y mueve a reaccionar aunque más no sea por un módico rato.

Luego cada cosa tornará lentamente a la natural ubicación dentro del ranking cotidiano de crueldades y sometimientos. Así funciona en este tipo de sociedades tan ajenas a una sociabilidad de ternuras y solidaridades.

El sistema, con el asentimiento perverso de la enorme mayoría de los comunes mortales, promueve equilibrios falsos donde los poderosos siguen riendo estruendosamente merced al padecimiento de los despreciados. Por instantes limitados muestra un gesto de espanto y luego, con rostro compungido, cierra los ojos, mira hacia otro lado y permite la continuidad perversa del pacto de la inequidad.

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