jueves, 2 de agosto de 2012

Paco: Veneno para el exterminio

Claudia Rafael (APE)

“Al principio no entendíamos. Desaparecía la virulana, las esponjitas de acero, las bombillas de la cocina. Nos preguntábamos por qué. Recién después fuimos entendiendo. Y empezamos a descubrir que a cuatro cuadras del comedor había un kiosco de paco”, relató Isabel Vázquez a APe. Enteros ríos de dolor y de muerte atravesaron su historia. Mujer plantada a la vida para arrebatar a los pibes que como ejércitos inasibles van siendo seducidos por la muerte. Sabe que no hay casualidades. Que detrás hay una historia de millones de pesos que abona la seducción y quiere más y más, que se impone como veneno pertinaz para el exterminio.

Bajo la fachada feroz de “droga de los pobres” se esconde un negociado que conjuga año tras año demasiados millones. Las últimas facturaciones reveladas se ubican tres años atrás y reconocían ganancias por 1300 millones anuales en tiempo en que la dosis de paco costaba 6 pesos. Hoy, según el diario Perfil, oscila entre 10 y 20 pesos. Un adicto extremo puede llegar a consumir -según Isabel Vázquez- hasta 300 dosis diarias.

Sirve comparar. Un negociado como el de los barrabravas de Boca, que implica empresas con lógica del apriete, respaldo policial, sistema de estacionamiento, merchandising, se estima en los 750.000 pesos al mes. Es decir, unos 9.000.000 pesos anuales.

Aquellas extrañas desapariciones de las cocinas fueron desnudando que esponjitas, virulana o bombillas eran sinónimo de paco. La virulana o la esponjita eran agregados a la pasta a la hora del consumo. Las bombillas, el pasaporte necesario para fumarlo.

“Ningún pibe nació así. Tenemos mucho que ver los adultos y este mundo que fuimos generando. Y el paco ni siquiera es una droga. Es un veneno perfecto para la eliminación de nuestros chicos. Y no es sólo el paco. Detrás de cada pibe que consume paco hay historias de abandono, de la familia, del Estado. No se bañan. No se alimentan. No siempre tienen la valentía de quitarse la vida entonces el paco es la salida para hacerlo”, desnudó Isabel, que sigue viendo a su Emanuel, el más chico de sus hijos y al que le mataron el 24 de febrero de 2009, en cada chico al que le extiende la mano. Ema tenía 27 años. Y se estaba poniendo en pie después de sus propias experiencias como consumidor. Batallaba junto a Isabel y las Madres contra el Paco, en Lomas de Zamora, cuando se lo mataron de cuatro balazos. “Intentó ponerse en pie y lo remataron con otro tiro en la sien”.

Cada día cae -a través de los múltiples efectos del veneno paquero- un chico en los barrios. “Vamos a ser un país de viejos. Porque además, por cada pibe caído nadie se preocupa. Hemos elegido perder la libertad para cobijarnos entre las rejas del encierro. No nos queremos. No acariciamos al otro. No cuidamos a los chicos como si fueran nuestros propios hijos. Tenemos que hacernos cargo de cada chico que consume paco. Y, además, faltan políticas claras. Hay pibes muertos. Policías, fiscales y jueces corruptos. Y eso lo fuimos entendiendo cuando veíamos que si una mamá denunciaba, la policía no iba a la casa del dealer que todos sabemos dónde está. Iban a la casa de quien denunciaba”, describió con la certeza del largo camino transitado. Ese camino que un día las encontró a ella y a Alicia Romero -fundadoras de Madres contra el Paco- en Plaza de Mayo escuchando una charla de las Madres. “Una Madre habló de la sociabilización de la maternidad. Con Alicia nos miramos. Eran los primeros tiempos. Y al mirarnos entendimos que ahí estaba la clave. En que si yo tengo a mi hijo preso con una adicción tengo que luchar por todos. Por los chicos que consumen y por los que no consumen”.

Descartes

Son muertos vivientes. Esos a los que el veneno se les introduce en el cuerpo y se expande como metástasis por cada resquicio, por cada vena, por cada gota de sangre hasta invisibilizarlos, transparentarlos, dejarlos sin respiro hasta la aniquilación total. Una fotografía del espanto quedó congelada para siempre el 4 de abril cuando en la villa 21-24, a metros del Riachuelo, murieron de dos a tres chicos (nunca hay certezas para los anónimos) adictos al paco. Descartados. Abandonados. Muertos en vida hasta que los atrapó el tornado feroz en sus propias redes de complicidad y los dejó para siempre sin nombre dentro de una morgue.

Como tantos zombies que el sistema va regando por el continente y que se asienta en las barriadas más marginales y despojadas. En 2011 -publicó Perfil- la dosis de paco se pagaba unos cinco pesos y actualmente entre 10 y 20. ¿Las razones? “Las reglas del mercado: aumentó el consumo y disminuyó la oferta. Ignacio O´Donnell, subsecretario de Sedronar indicó a PERFIL que `se detectó un aumento en el consumo, y el fuerte control de la venta que se implementó hace que el precio se eleve`”.

Diego Fleitas, director de la Asociación para Políticas Públicas, dijo al mismo diario que el aumento del precio “puede ser indicador de cierto éxito en las políticas de control de la oferta”. Pero aclara: “En cuanto a la incidencia en el consumo, depende de los niveles de adicción, en algunos casos desistirán, en otros buscarán sustitutos más baratos, y en otros se pondrán más violentos para conseguir paco. Por ello es importante que estas políticas sobre la oferta estén acompañadas por políticas de contención de la demanda”.

Cuando se habla de “fuerte control de la venta” que derivó en el incremento del precio hay detalles cruciales que se terminan obviando. Detalles claros y contundentes que quedaron al desnudo cuando en abril APe publicó la nota El estado de la violencia es la violencia del Estado en la que Jorge, un transa de la zona relata su propia historia. “Cuando empezamos traficando en Las Violetas (un barrio pobre cercano), tuvimos un arreglo con la policía. Todos los fines de semana vendrían 'a buscar el sobre' (recibir su parte). Los policías sabían que vendíamos drogas pero no nos molestaban. Lo que hacían era liberarnos la zona. Si no les pagábamos cada fin de semana, estábamos en problemas y terminábamos en la cárcel. Cierta vez nos movimos a otro barrio a vender cocaína. Sin darnos cuenta, molestamos a la policía que ya tenía un arreglo con alguien más que vendía allí. Un día, cuando el malestar se hizo evidente, unos gendarmes quisieron saber cuál era el problema. Nosotros tratamos de negar que algo malo ocurría.

Gendarmería siempre tuvo mejor reputación que la Bonarense y teníamos miedo de confesar que vendíamos droga hasta que ellos amenazaron con matarnos. Estábamos arrodillados de espaldas, con las pistolas detrás de nuestra nuca. De repente, en el momento en que supuestamente nos dispararían, nos ofrecieron protección a cambio de un pago superior al que recibía la policía. Lo sabían todo sin que les digamos. Y como los gendarmes tienen más peso que la policía y nosotros estábamos con ellos, empezamos a dominar el barrio”.

Eugenesia

Esa telaraña perfecta, ese combo de partes aceitadas a la perfección, confluyen para un negociado que -hay que repetirlo hasta el hartazgo- genera facturaciones de millones y millones y deja en el camino un reguero de exterminios cotidianos.

Son los últimos eslabones de la exclusión. Las víctimas seleccionadas por estructuras de violencias y disciplinamiento. Los elegidos para el impiadoso final del veneno o la bala. Neutralizados o muertos. Olvidados. Sobrantes. Descartados. Son ellos mismos el paco como símbolo de la resaca de un sistema. Los destinatarios de prácticas eugenésicas planificadas para perfeccionar las semillas y purificar el ambiente social.

Y sólo dejarán de serlo el día de los amaneceres en que vuelvan a ser los hijos de todos. En que la muerte no sea esa presencia dolorosa a la vuelta de cada esquina. Y cuando el gozo de la vida sea un fruto que nos envuelva a todos por igual en una fiesta de amor y de abrazo colectivo.

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