miércoles, 1 de agosto de 2012

Rusia no concederá asilo político a Bashar Asad y tampoco influirá para que dimita

Armando Pérez (RIA NOVOSTI, especial para ARGENPRESS.info)

El ministro ruso de Asuntos Exteriores, Serguei Lavrov declaró recientemente que Moscú no concederá asilo político al presidente sirio, Bashar Asad, en el caso de que decida renunciar al poder, al comentar la campaña informativa alentada por gobiernos occidentales sobre la presunta responsabilidad de Rusia y China en la crisis en Siria.

“Todos aquellos que intentan inculcar esta idea (el asilo político) en la conciencia de la opinión pública mundial tienen muy bajas intenciones. Nosotros no fuimos ni somos amigos cercanos al régimen sirio. Sus amigos íntimos están en Europa, y si alguien quiere resolver este problema de esta forma, pues que piensen en sus posibilidades”, dijo Lavrov.

La suposición de que Rusia o Bielorrusia pueden conceder asilo político al presidente sirio ha aparecido varias veces en la prensa occidental e incluso, fue una de las preguntas frecuentes hechas al presidente de Rusia, Vladímir Putin durante su reciente gira por Oriente Medio.

Gobiernos occidentales influyentes, principalmente Estados Unidos tratan de convencer a Moscú conceder asilo político a Asad, una de las variantes que podría aceptar el líder sirio para poner fin a más de 17 meses de confrontación con una oposición irreconciliable y peligrosa por el apoyo incondicional que le brindan las monarquías del golfo Pérsico, Turquía, y Europa.

Según Lavrov, en Occidente predomina la opinión de que Rusia y China bloquean todos los esfuerzos para poner fin a la violencia en Siria, que ha ocasionado más de 16.000 muertos, según datos citados por funcionarios de la ONU.

Al explicar la postura del Kremlin, Lavrov subrayó que Moscú y Pekín bloquearon y bloquearán todos los intentos para apoyar con ayuda del Consejo de Seguridad de la ONU a una de las partes implicadas en el conflicto sirio, más exactamente, a la oposición armada, que actúa a nombre de una oposición amorfa y dividida, solidaria únicamente ante el objetivo de que Bashar debe ser derrocado.

Para Rusia y China el precedente de derrocar gobiernos apoyando levantamientos opositores intransigentes es peligroso e inadmisible porque desestabiliza la integridad política y territorial de los países, y altera premisas claves de derecho internacional como la no ingerencia en los asuntos políticos internos.

La actual situación en Libia, donde continúa la violencia y la guerra civil a pesar de la intervención de la OTAN y el derrocamiento y linchamiento de Muamar Gadafi, demostró que las revoluciones inducidas pueden tener resultados contrarios a los previstos por sus promotores, sobre todo cuando el poder puede ser tomado por fuerzas políticas extremistas como Al Qaeda u otras agrupaciones.

Esa posibilidad es la que preocupa a Rusia y China porque el Cáucaso ruso y la provincia autónoma uigur china, ambas pobladas en su mayoría por musulmanes, pueden convertirse en focos de tensión separatistas si caen bajo la influencia de movimientos islamistas radicales.

Mientras que las monarquías árabes y Turquía están interesadas en poner fin al régimen laico de Bashar Asad en Siria, y neutralizar la influencia de Irán en el país árabe, Rusia y China intentan impedir que la rebelión permita a que fuerzas islámicas ocupen el poder en Damasco, porque en perspectiva, esto puede conllevar a una expansión del Islam en parte de sus territorios.

A su vez, Estados Unidos y sus aliados europeos apoyan los planes de las monarquías árabes para derrocar a Bashar y aupar en el poder fuerzas políticas islamistas dóciles y leales a Arabia Saudita y Qatar, que aspiran a que el poder en Siria quede en manos de representantes sunitas.

Semejante perspectiva debilitaría considerablemente las relaciones con Irán y conduciría a un muy probable distanciamiento entre Damasco y Teherán, mientras que se fortalecería la influencia de las monarquías del gofo pérsico tras el fin del dominio alauita en Siria.

Según expertos rusos, con la rebelión promovida en Siria, las monarquías árabes comienzan un arriesgado proceso para alterar el actual equilibrio geopolítico y debilitar a Irán que todavía cuenta con mecanismos reales de influencia en países del mundo árabe, como Siria, Líbano y Palestina.

Consolidados con el objetivo común de derrocar a Bashar, y con aspiraciones de dominar esa zona de Oriente Medio, Turquía también participa en esta aventura apoyando tanto o más que las monarquías árabes a todas las agrupaciones opositoras posibles, indistintamente sean ramificaciones en Siria de la organización Hermanos Musulmanes o de Al Qaeda.

En condiciones aparentemente desfavorables para la oposición armada tras perder hace semanas su ofensiva contra Damasco y la actual campaña que se libra por el control de Alepo, Turquía, Arabia Saudí y Qatar barajan pretextos para empujar a occidente a apoyar una intervención armada.

Inicialmente, se presentó la urgencia de preparar la intervención militar para impedir que las tropas sirias utilizaran los arsenales de armas químicas que supuestamente se utilizarían para aplastar la rebelión, y después, se propuso que la invasión era indispensable para evitar que esas mismas armas químicas cayeran en manos de terroristas.

Turquía también puso en juego la “carta kurda”, al denunciar una supuesta alianza entre las tropas sirias y la guerrilla del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) que presuntamente ya controla poblados y puestos de control a lo largo de la frontera sirio-turca.

Según, expertos militares rusos citados por el diario Krasnaya zvezda (Estrella Roja), portavoz del ministerio de Defensa de Rusia, a partir de las armas químicas o la guerrilla del PKK y mediante una campaña de desinformación a cuenta de la prensa internacional, es posible preparar y convencer a muchos gobiernos y a la opinión pública mundial para que apoyen una intervención militar en Siria destinada a derrocar a Bashar y supuestamente, salvar la vida a decenas de miles de inocentes.

Campañas de este tipo funcionaron de forma impecable antes como en Irak con las armas de destrucción masiva de Sadam Hussein y también en Libia donde la OTAN tuvo que impedir que Gadafi perpetrara un genocidio contra su población.

Y no obstante, la inconsietencia de los pretextos mencionados, la invasión de Siria puede estar a la vuelta de la esquina, a juzgar por la reciente conversación telefónica que sostuvo el presidente estadounidense Barack Obama con el primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, sobre las variantes para eliminar a Bashar.

"El presidente Obama discutió por teléfono con el primer ministro Erdogan, la coordinación de sus esfuerzos para acelerar la transferencia del poder político en Siria, que incluye la eliminación del poder de Assad y la atención a las demandas legítimas del pueblo sirio”, informó el servicio de prensa de la Casa Blanca.

Para reforzar esa retórica belicista, el ministro de Asuntos Exteriores de Turquía, Ahmet Davutoglu, amenazó que su país usará el derecho a “legítima defensa” ante la amenaza terrorista proveniente de Siria.

“No toleraremos la presencia de elementos terroristas a lo largo de nuestras fronteras. Este tipo de amenaza es motivo para ejercer el derecho a la legítima defensa, así que podemos tomar toda clase de medidas”, dijo Davutoglu a la prensa.

El diplomático explicó que para Ankara esa “amenaza” son los separatistas del Partido de los Trabajadores de Kurdistán y de su ala siria, así como a los terroristas de Al Qaeda y otras organizaciones extremistas.

Retomando planes anunciados en otras ocasiones, el ministro turco habló sobre la posibilidad de crear una zona de interposición si el número de refugiados sirios hacia Turquía asciende a las 100.000 personas.

Esta vez, el ministro se manifestó a favor de crear esa zona en territorio sirio, en alusión a otras amargas experiencias como la que vivida por las tropas de paz holandesa de la ONU en la antigua Yugoslavia, que desafortunadamente no pudieron impedir el baño de sangre que perpetraron las tropas serbias contra la población musulmana de Srebrenica, en Bosnia, en julio de 1995.

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