miércoles, 22 de agosto de 2012

Sudáfrica: Tentación a la represión

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Tal parece como si la policía sudafricana utilizara armas nucleares para reprimir: 40 muertos, 100 heridos y 250 detenidos son demasiadas bajas en la represión de una manifestación de obreros de las minas de platino de Marikana. La brutalidad ha dejado perplejo al mundo y sin argumentos al gobierno cuyo presidente, Jacob Zuma, olímpicamente se ha declarado: “Conmocionado y perplejo”.

Perplejos están quienes descubren que detrás de la Sudáfrica idílica que liquidó el apartheid y cuyo emblema es Nelson Mandela una de las figuras más limpias y queridas de la política mundial en el siglo XXI, se ocultan élites corruptas, injusticias sociales y prácticas neoliberales asociadas a la voracidad del capital extranjero, fenómenos que en conjunto forman el caldo de cultivo de circunstancias que hacen de África el más violento de los continentes.

La única economía africana emergente que combina fabulosos recursos naturales con políticas sociales y económicas originalmente atinadas que orientadas por Mandela evitaron que los blancos que aportaban la mano de obra calificada y los gerentes emigraran llevándose sus capitales y conocimientos (como ocurrió en Zimbadwe) ha sostenido sus ritmos de crecimiento entre otras cosas porque el fin del apartheid significó el fin del bloqueo internacional cosa que permitió el asalto del capital extranjero.

A diferencia de Europa y los Estados Unidos donde la explotación minera, por su impacto sobre el medio ambiente, la seguridad de los trabajadores y la salud de las comunidades está fuertemente regulada, en África, incluyendo Sudáfrica el capital extranjero encuentra una especie de paraíso que le permite apropiarse de recursos estratégicos con los costos más bajos del mundo.

Los bajos costos de producción de: oro, diamantes, uranio, platino, bauxita, carbón, coltán y otros minerales, incluidas las tierras raras, se debe no tanto a la introducción de procedimientos avanzados para minar como a: salarios miserables, débiles medidas de seguridad, legislaciones medioambientales permisivas y prestaciones sociales ridículas o inexistentes.

En los países africanos las ventajas otorgadas al capital extranjero se relacionan con medidas de desregulación incluidas en los planes de ajuste de FMI que incluye reducción o exención de impuestos, rebaja de los royalties, incluso a la aplicación de la primitiva fórmula de pagar las deudas con mineral que es como pagar en especie. La aceptación de tales reglas se explica, entre otras cosas por la asfixiante corrupción de los gobiernos y la burocracia local.

De modo silente aunque no indoloro, en Sudáfrica como también en casi todos los países africanos, con la complicidad de las organizaciones financieras multilaterales y los gobiernos, las empresas mineras han suplantado a los estados que a raíz de la independencia quedaron en posesión de los territorios donde luego de asentaron las corporaciones mineas.

Sudáfrica el único país industrializado del continente que gracias a su poderosa economía aporta el 25 del PIB de África y que cuenta con el liderazgo político más fogueado y prestigioso de la región y es la única economía emergente del área, no sólo resbala por el plano inclinado del neoliberalismo sino que cae en la tentación de la represión como opción frente a la protesta y la movilización social.

Tal vez no se tarde para rectificar, de lo contrario el final es conocido: no basta con ser un país rico y codearse con los poderosos del G20, sino que se necesita también ser un país de justicia social, de lo contrario poco importa el color de quienes gobiernan. Allá nos vemos.

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