miércoles, 22 de agosto de 2012

Trelew

Carlos del Frade (APE)

El 15 de agosto de 1972, “la guerrilla realiza la operación militar más importante efectuada hasta ese momento: el copamiento y la fuga de presos del penal de Rawson. En el mismo se hallaban alojados más de doscientos detenidos, entre los que se encontraban los máximos dirigentes de las organizaciones guerrilleras. El Ejército Revolucionario del Pueblo, las Fuerzas Armadas Revolucionarias y Montoneros deciden realizar la acción en forma conjunta con el fin de rescatar a 110 de sus militantes y propinar un duro golpe al gobierno militar”, cuenta Oscar Anzorena en su imprescindible libro “Tiempo de violencia y utopía (1966 – 1976)”.

Pero los que llegaron al aeropuerto de Trelew fueron solamente veinticinco, seis de los cuales logran arribar a Chile. Una semana después, a pesar de las promesas oficiales de proteger la vida de los diecinueve que no lograron cruzar la cordillera, en la base aeronaval “Almirante Zar” también de Trelew, los fusilan.

-Con el objeto de realizar el control dispuesto, el jefe de turno recorrió el pasillo hasta el fondo y a su regreso cuando llegaba al extremo de salida del mismo fue tomado por el cuello por Pujadas, quien le quitó su arma automática. Es de hacer notar que estando Pujadas en ese extremo del pasillo, era el primero, al tomar contra su cuerpo al jefe de turno prácticamente y con gran destreza, Pujadas –que era experto en karate- dispara contra uno de los guardias…la acción de las armas no se hace esperar contra los reclusos agrupados y en intento de fugas – sostuvo el entonces almirante Hermes Quijada para ocultar la masacre.

A las tres y media de la madrugada del 22 de agosto de 1972, los guardiacárceles ordenaron levantarlos y formarlos fuera de sus celdas. Allí estaban Carlos Alberto Astudillo (FAR); Rubén Pedro Bonet (ERP); Eduardo Adolfo Capello (ERP); Mario Emilio Delfino (ERP); Alberto Carlos Del Rey (ERP); Alfredo Elías Kohon (FAR); Clarisa Rosa Lea Place (ERP); Susana Graciela Lesgart (Montoneros); José Ricardo Mena (ERP); Miguel Angel Polti (ERP); Mariano Pujadas (Montoneros); María Angélica Sabelli (FAR); Ana María Villarreal de Santucho (ERP); Humberto Segundo Suárez (ERP); Humberto Adrián Toschi (ERP); Jorge Alejandro Ulla (ERP); María Antonia Berger (FAR); Ricardo René Haidar (Montoneros) y Alberto Miguel Camps (FAR); estos últimos tres resultaron sobrevivientes en aquella ocasión a pesar de las tremendas heridas recibidas. Años después resultarían desaparecidos por la dictadura que nacionalizó y multiplicó la metodología utilizada en la base almirante Zar.

-Inmediatamente empiezan las ráfagas. Indudablemente nos agarraron totalmente de sorpresa, no esperábamos una cosa así. Siguen las ráfagas y, a partir de un momento, paran. Cuando paran, se escuchan quejidos, estertores de compañeros, incluso puteadas. Y empiezan a sonar disparos aislados. Me doy cuenta que están rematando, incluso alguien dice “este todavía vive”, e inmediatamente se escucha un tiro – contó Alberto Camps.

“Horas se podría estar contando esta historia
y otras parejamente tristes
sin calentar un solo gramo del país
sin calentarle ningún pie
¿Acaso no está corriendo la sangre
de los 16 fusilados de Trelew?
por las calles de Trelew y demás calles del país
¿No está corriendo la sangre?
¿Hay algún sitio del país donde esa sangre
no está corriendo ahora?”, se preguntó el poeta Juan Gelman

Cuarenta años después de la masacre, recién ahora comienzan a ser juzgados los matadores de dieciséis muchachas y muchachos muy jóvenes que se habían enamorado de la palabra revolución. La sangre derramada es siempre la consecuencia del sistema que necesita el mantenimiento de los privilegios de las minorías. Sangre y dinero. Matar para robar. Detrás de los matadores de Trelew están los titiriteros de siempre, los que se beneficiaron con los genocidios de los gauchos federales, los negros, los pueblos originarios, los obreros rebeldes de la Patagonia y La Forestal, los de la resistencia peronista, los que celebraron la desaparición de 30 mil revolucionarios que querían que la felicidad sea el patrimonio de todos y no la propiedad privada de unos pocos.

Pero esa sangre sigue circulando en las necesidades abiertas del presente, en las urgencias de las pibas y pibes que no tienen un libro para leer, a los que no les festejan el cumpleaños, los que no saben por qué la palabra futuro tiene sabor amargo.

Cuatro décadas después, Trelew sigue siendo sinónimo de impunidades invictas y sueños colectivos inconclusos.

Fuentes de datos:
“Tiempo de violencia y utopía (1966 – 1976)”, de Oscar Anzorena, Editorial Contrapunto, 1988; “La esperanza rota”, Alberto Lapolla, Ediciones de la Campana, Buenos Aires, 2005.

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