viernes, 10 de agosto de 2012

Un viaje hacia las utopías revolucionarias (XLIV): El imperio contraataca

Manuel Justo Gaggero (especial para ARGENPRESS.info)

El año 1964, en el que se desarrollaban los acontecimientos que hemos relatado en nuestras notas anteriores, tuvo sus luces y sus sombras, en las luchas de los pueblos de nuestro Continente y del Tercer Mundo.

Por un lado y, sometida a un bloqueo brutal por parte de los Estados Unidos, Cuba iba consolidando el proceso revolucionario logrando importantes avances en la construcción del socialismo, que se manifestaban a través de una profunda reforma agraria y en el campo de la educación y de la salud.

Al mismo tiempo surgían movimientos revolucionarios en varios países del Continente.

- Venezuela, Guatemala, Perú y Bolivia eran algunos de los escenarios elegidos por organizaciones guerrilleras, que se reconocían como “guevaristas”, llevando a la práctica la propuesta de nuestro compatriota de extender la lucha revolucionaria para evitar el aislamiento de la Revolución Cubana y, al mismo tiempo, lograr la independencia.

La respuesta de Washington, hacia finales de la década del 50, y ante el temor de que la experiencia del pueblo cubano se propagara, fue la de adiestrar a las fuerzas armadas profesionales de nuestros países en las técnicas de contrainsurgencia, para convertir a las mismas en las garantes de la dependencia.

En nuestro nación esta “experiencia” se inició con la Gendarmería, que fue la que intervino en la represión de la guerrilla del EGP de la que hemos hablado en algunas de nuestras notas anteriores, que intentó instalarse en Salta liderada por Jorge Ricardo Masetti; uno de los fundadores de la Agencia Prensa Latina, amigo del Che y de Fidel.

El contraataque imperial comenzó en Brasil. El 1º de abril de 1964, con el argumento de que el presidente Joao Goulart estaba conduciendo a este país -vecino nuestro- al “caos”, los militares se hacen con el poder.

En realidad, el líder del Partido Trabalhista -Laborista- heredero político de Getulio Vargas, que asumiera la presidencia ante la renuncia de Janio Quadros, intentó llevar adelante algunas “reformas de base”, que incluían una profunda transformación agraria que terminara con los latifundios y con la explotación de los campesinos y, al mismo tiempo, envió al Parlamento un proyecto de reglamentación de la transferencia de dividendos de las empresas extranjeras al exterior; lo que era inaceptable para la Casa Blanca.

El nuevo gobierno castrense abolió la Constitución Liberal de 1946, suspendió los derechos políticos, intervino las organizaciones sindicales y procedió a encarcelar al depuesto presidente, a Leonel Brizola, a Miguel Arraes y a Juscelino Kubischek, entre otros.

Los dirigentes comunistas Luis Carlos Prestes y Carlos Marighela pasaron a la clandestinidad, para organizar la resistencia.

En este contexto se planteó el regreso del General Perón al país. Alicia y John eran escépticos de que se pudiera dar esa posibilidad ya que entendían que Estados Unidos no podía permitir la unidad del movimiento, cuya columna vertebral era una poderosa clase trabajadora, que había demostrado su poderío en el reciente plan de lucha de la CGT en el que se habían ocupado 11.000 establecimientos industriales, participando 4 millones de trabajadores.

Los servicios de inteligencia estadounidenses habían detectado que esa joven Revolución, que había derrotado a un ejército profesional en la “isla del Lagarto Verde”, generaba admiración y simpatía en las bases de nuestro Movimiento, que habían vivido el golpe contrarrevolucionario del 16 de setiembre de 1955 y el asesinato de los patriotas que se alzaran en junio de 1956.

Nosotros, al regresar del encuentro de la Federación Universitaria Argentina que se había desarrollado en Buenos Aires, comenzamos a profundizar el desarrollo de nuestra organización en el seno del movimiento estudiantil, al mismo tiempo que extendíamos la influencia de la corriente “cookista”, al interior del peronismo.

En la Universidad debatíamos, amistosamente, con la izquierda tradicional que denostaba nuestra postura a favor de la lucha armada.

Al mismo tiempo fortalecíamos la alianza con Palabra Obrera y confrontábamos con una pequeña agrupación que se autodefinía como peronista y de “izquierda nacional”, que nos acusaba de pactar con los “gorilas”, por nuestra reivindicación de la Reforma Universitaria de 1918, y la crítica que hacíamos a la política cultural del “primer peronismo” (1946-1955).

Esta organización, liderada por un estudiante de derecho oriundo de Misiones de apellido Ayala, había incorporado a los ex compañeros de la Gremial de Estudiantes de Derecho que, a mi regreso de Cuba, me habían acusado de “comunista” infiltrado.

Tenía, como “referentes”, a los popes del llamado “pensamiento postmarxista nacional”, Juan José Hernández Arregui, Ernesto Laclau y Abelardo Ramos, entre otros.

Estos, polemizaban con Alicia y John, ya que entendían que en el seno de las Fuerzas Armadas existían corrientes “nacionalistas”, que eran los que podrían liderar el regreso del peronismo al gobierno.

Sumamente críticos de la Revolución Cubana, se oponían a la propuesta del Che, que nosotros, con Alicia y John acompañábamos, de generar movimientos revolucionarios armados en el Continente.

Al margen de estos debates, en los que participábamos intensamente, comenzamos a organizar la movilización que debía acompañar al regreso del Líder, al mismo tiempo que preparábamos el primer congreso nacional de la Juventud Universitaria Peronista, que llevaríamos a cabo en la ciudad de Córdoba.

Frente a los rumores de que Perón abandonaría su exilio en Madrid y regresaría al país el gobierno radical, que encabezaba Arturo Umberto Illia, a través de algunos de sus voceros, hizo público que no opondría obstáculo alguno a esta decisión, ya que entendía que el General no estaba proscrito, diferenciándose, de esta forma, de la cúpula militar.

Como siguieron los acontecimientos y que pasó en la madrugada de aquel 2 de diciembre cuando el General se embarcó en Madrid en el aeropuerto de Barajas, acompañado por una pequeña comitiva integrada, entre otros, por Augusto Timoteo Vandor, Andrés Framini, Delia Parodi y Alberto Iturbe, será uno de los temas que abordaremos en nuestra próxima nota.

Manuel Justo Gaggero es abogado, ex director del Diario “El Mundo” y de las revistas “Nuevo Hombre” y “Diciembre 20”.

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