jueves, 27 de septiembre de 2012

Argentina. Obra póstuma de un desaparecido: El libro aparecido

Santiago Garat (REDACCION ROSARIO)

Los escritos que Eduardo alcanzó a tipear antes de ser secuestrado en abril de 1978, víctima del Terrorismo de Estado, se transformaron en Texto constitucional, proyecto hegemónico y realidad histórica, libro que analiza profundamente la Constitución del 49 y que fue presentado en un colmado salón de actos de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario.

Elsa Martín, esposa y madre de los tres hijos de Eduardo, atesoró durante más de 30 años esos papeles que ahora pasaron a ser públicos y cuenta cómo era este abogado y militante peronista que hasta el día de hoy permanece desaparecido.

Una emoción apretando por dentro

A fines de los revoltosos años sesenta, la joven tucumana que había llegado a Rosario luego de que trasladaran por enésima vez a su padre –un jefe administrativo de la, por entonces nacional, empresa de Agua y Energía– cursaba la carrera de Profesorado en un instituto “privado y religioso”, según ella misma se encarga de remarcar, y empezaba a sentir curiosidad por los acontecimientos que sacudían al país. “Con varias compañeras estábamos como inquietas y, aunque ya íbamos a marchas y participábamos por nuestra cuenta, queríamos entender un poco mejor qué era lo que estaba ocurriendo”, rememora Elsa, y acota: “Justo cuando decidimos acercarnos a algún grupo ya formado, en el que pudiéramos aprender más sobre teoría política y esas cuestiones, nos invitaron a una charla y allá fuimos”.

El petiso que dictaba la charla atrajo a esta morocha de ojos negros “por todo lo que sabía y por la atención que le prestaban todos los que lo escuchaban hablar”, pero recién lo volvería a ver a principios de 1971. “Cuando empecé la Facultad de Psicología fue el último año que hubo pre-universitario, entonces había asambleas permanentemente y venían estudiantes de otras carreras. Y un día me lo crucé, hablamos, me pidió el teléfono… y después me llamó para tomar un café”.

A los pocos meses, de minifalda y con Florencia en el vientre, Elsa se casaba con ese hombre al que hoy describe como “un tipo de cierto buen carácter, con un optimismo y un entusiasmo que hacían muy difícil que bajara los brazos ante nada, y al que durante los muchos años que vivimos juntos jamás vi deprimido. Sí lo he visto triste, ante cosas que pasaban y que no soportaba, pero no deprimido en el sentido de estar desesperanzado. Él siempre se mantuvo esperanzado”.

Porque no todos somos iguales

Esta psicóloga y docente universitaria que se derrite por sus nietos, cuenta que por aquel entonces su compañero “militaba en la agrupación estudiantil Franja Morada Partido Reformista, que a diferencia de la actual no era una agrupación radical”, pero “al tiempo, y a raíz de los acontecimientos sociales de esos años, se produce una ruptura interna y Eduardo junto a muchos otros deciden volcarse definitivamente a las filas del peronismo a través de la JP”, y acota: “Después entró en Montoneros y, aunque no conversaba acerca de detalles de esa organización, ni siquiera conmigo, yo sabía del momento de su ingreso y de los pasos que iba dando”.

Ya recibido de abogado, este hombre que “tocaba muy bien el piano” y que llegó a componer algunas piezas, “pese a que era muy desafinado para cantar”, según aclara entre risas su esposa, “defendía a presos políticos sin fijarse demasiado de qué partido provenían”. Tras agregar que “desde la JP Universitaria, al ser docente, Eduardo trabajaba en el terreno académico”, Elsa destaca: “Su honestidad de pensamientos y su franqueza, además de lo mucho que sabía sobre los más variados temas, permitían que pudiera discutir posiciones totalmente distintas con alguien y lograr ser respetado igual”.

En la madrugada del 13 de abril de 1978, Eduardo salió de su casa y no volvió más. “Iba a acompañar a dos compañeras hasta Buenos Aires ya que una de ellas, junto a su pequeño bebé, debía partir al exilio”, rememora Elsa, y acota: “Decidieron pararse en distintas esquinas para tratar de conseguir un taxi que los llevara hasta Rosario Norte, porque no había radio llamados y eran las 6 de la mañana, y él se quedó en la de España y Santa Fe. En ese momento una de las chicas siente un portazo y un auto que arranca, y cuando se dan vuelta, esperando ver a Eduardo subir a un taxi, no ven nada. Tras un largo rato de incertidumbre terminan tomando otro y parten, y al llegar a la estación de trenes llaman al hermano de Eduardo que es quien vino a avisarme que algo había pasado”.

Busca en el agua y en los matorrales

“Desde el momento en que nos enteramos de su secuestro fuimos con mi suegra a todos los lugares en los que pudiera estar detenido y presentamos varios habeas corpus. Pero la respuesta, tanto en la policía provincial, como en la Federal y en el Ejército, fue siempre que ahí no lo tenían”, recuerda con una mezcla de dolor y bronca Elsa, y agrega: “Hasta que un baja graduación del Batallón 121 nos dice que él le podía hacer llegar mensajes a Eduardo, que estaba «en un lugar secreto», y que «cuando pase el mundial lo van a soltar», y nos da un teléfono. Entonces le mandamos a decir que había nacido Julieta. A la comunicación siguiente, nos dijo que ya le había dado el mensaje y que Eduardo se encontraba bien, pero que no lo llamemos nunca más”.

Contra ese hombre la familia de Eduardo inició una causa que derivó en un careo, llevado adelante en 1986, pero “fue palabra contra palabra y quedó todo en vía muerta”, según relata Elsa, ya que “no teníamos pruebas y por supuesto él negó absolutamente todo”. Igualmente la investigación podría llegar a reflotarse: “Los abogados de Derechos Humanos nos dijeron que habría un antecedente, que sentaría jurisprudencia, en el que se tomó a la autoridad de la Fuerza a la que pertenecían los sospechosos, por lo que se podría volver a citar a este hombre a que declare aunque se desconociese el lugar en el que pudiera haber estado detenido Eduardo, que es lo que nos impedía iniciar cualquier proceso judicial”.

Más allá de ese acontecimiento, y a diferencia de otros casos en los que se pudo recabar información a través de testimonios, “no teníamos ningún dato concreto sobre lo que había ocurrido con Eduardo después del secuestro y no había nadie que dijera que lo había visto en algún lugar de detención. Ni siquiera después de conformada la Conadep (Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas)”, indica Elsa, y agrega: “Hasta que hace unos años apareció una persona –que al realizar un trabajo en la casa de un familiar vio el apellido y preguntó si tenían algo que ver con Eduardo– diciendo que había estado detenido con él, aparentemente en Quinta de Funes, junto a otra persona más y que, aunque los tenían colgados de los brazos y encapuchados, como en ciertos momentos los sacaban de a uno, los otros podían conversar y se habían dicho los nombres. Y también me dice que después de una de las tantas veces en que lo llevaron a otro sector, Eduardo no volvió más”.

El otro de los tres detenidos se había aparecido en la vida de Elsa mucho tiempo atrás. “Seis meses después de que secuestraran a Eduardo, dos personas –que 30 años después me entero que habían estado detenidas con él– son blanqueadas. Entonces la mujer de uno de ellos decide buscarme y me da un mensaje que, más allá de las sospechas, el desanimo y la falta de esperanza que yo sentía a medida que pasaba el tiempo, me confirma que Eduardo difícilmente iba a volver algún día”, relata Elsa, haciendo un gran esfuerzo para no quebrarse, y concluye: “Esta mujer me dice que a su marido, al momento de torturarlo, le habrían dicho: Firmá la confesión, no hagas como Garat que se negó a hacerlo y lo tuvimos que hacer boleta”.

Cada vez que lo trae el pensamiento

Las hojas lograron escapar de una cárcel disfrazadas de cartas de amor. Después se escondieron en una bolsa para sobrevivir a pesquisas, descartes y mudanzas. Y un día se hicieron libro y fueron libres.

“En realidad a Eduardo le interesaba mucho la Constitución del 49 pero empezó a trabajar pensando en brindar conferencias sobre el tema, e incluso llegó a brindar algunas en distintas facultades de Derecho”, rememora Elsa al referirse a las primeras anotaciones que realizó el autor de lo que hoy es Texto constitucional…, y añade: “Después, entre setiembre del 74 y marzo del 75, mientras estuvo preso en la vieja Jefatura –por pegar afiches del Partido Autentico, que proponía a Cámpora como posible candidato a la presidencia en la época del gobierno de Isabel– lo continuó engorrosamente, porque lo hacía escribiendo frases sueltas que disimulaba (de una manera bastante compleja) en medio de párrafos de las cartas que me iba dando durante las visitas semanales. Y cuando salió se puso a descifrarlo y a rearmarlo porque nadie más que él podía entender ese rompecabezas”.

“Al principio, en la época más complicada, ese material estuvo mezclado entre papeles de estudio, de cosas que parecían poco importantes, para poder sobrevivir a una etapa en la que se quemaban libros para no quedar involucrado con cuestiones que podían costar la vida, y muchos perdimos cosas que nunca se podrán recuperar”, relata Elsa respecto del derrotero que debieron sortear los textos de Eduardo hasta transformarse en el libro que acaba de ser presentado, y aclara: “Después, pese a la vuelta de la democracia, no nos parecía oportuno siquiera pensar en publicarlo, por lo que la hojas quedaron guardadas dentro de una bolsa, que era lo primero que embalaba ante cada una de las innumerables mudanzas que, por esas cuestiones de la vida, tuvo que afrontar la familia”.

A la hora de hablar de la ansiada publicación de la obra póstuma de su marido, que es prologada por Norberto Galasso y que fue declarada de interés legislativo por la Cámara de Diputados de Santa Fe, Elsa se encarga de subrayar al “momento histórico que atraviesa el país desde 2003 a esta parte”, como el hecho fundamental “que nos hizo sentir que era oportuno recuperar y hacer público algo que fue escrito hace tanto tiempo”, y argumenta: “Me refiero a todo lo que tiene que ver con las políticas de derechos humanos que se vienen llevando a cabo, con que se pueda juzgar a los responsables probados y, aunque falte mucho por saber –sobre todo en cuanto al destino de los desaparecidos y de muchos de los bebes apropiados–, con que se haya instalado pública y socialmente la búsqueda de la verdad a partir de los juicios”.

Elsa siente que “Eduardo hoy seguiría militando, como lo hizo durante todos los días de su vida”, y está segura “que lo haría en el mismo terreno en que estamos muchos de nosotros y que estaría contento, más allá de que era bastante crítico, con este presente en el que después de tantos años –no sólo en los que duró la dictadura sino también en los que vinieron después, con la vuelta de la democracia– muchos pudimos volver a encontrar lugares donde militar”, y finaliza: “Igualmente estoy convencida de que él sí los hubiese encontrado, o los hubiese armado con otros compañeros, porque era un militante de la vida. Y porque no podía estar sin pelear contra las injusticias y sin luchar por construir un país y un mundo mejor”.

Elsa me dio a luz el 29 de abril de 1974, dos años después que a Florencia y cuatro antes de que naciera Julieta y de que se llevaran a Eduardo, que ES mi viejo y me sigue dando luz.

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