
Rolando Astarita (especial para ARGENPRESS.info)
Lógica capitalista, en los 90 y en el 2000 también
El crecimiento fue vehiculizado por empresas capitalistas, que decidieron sus inversiones bajo la lógica de la ganancia. Los actores relevantes fueron grandes empresas y grupos, transnacionales y nacionales, que se instalaron, o tomaron fuerza, en los 90. Es el caso de la minería. Entre 1990 y hasta 1998 se hicieron inversiones por 1858 millones de dólares (Kulfas y Hecker), y fueron vehiculizadas por grandes empresas transnacionales. En esa década también se establecieron los marcos regulatorios de la minería a cielo abierto. Algo similar ocurrió con el agro. En los años menemistas entraron grandes capitales extranjeros (como Cresud y Benetton), y se fortalecieron los principales grupos nacionales que operan hoy. Además, en los 90 la producción agrícola aumentó más de un 50% (la de soja en primer lugar), se multiplicó el uso de agroquímicos, se extendió la siembra directa, aumentó el número de tractores, se modernizó la maquinaria, y se fortalecieron empresas como Monsanto, Cargill o Novartis. En cuanto a la rama automotriz, que hoy es clave en la industria, entre 1990 y 1998 hubo inversiones por casi 4000 millones de dólares, también a cargo de las grandes transnacionales. Asimismo, hubo fuertes inversiones (por adquisición o establecimiento de plantas) de Coca Cola, Nestlé, Nabisco-Terrabusi, Phillip Morris-Kraft, Danone-Bagley, Parmalat, Danone, Brahma,en la rama de alimentos y bebidas. En el comercio minorista se expandieron Carrefour, Disco, Norte, Easy, Walmart, Coto y Auchan, entre otros. Entre los bancos, cobraron fuerza HSBC, Citybank, BBV-Banco Francés, Banco Río y Grupo Galicia. La medicina privada también tomó impulso en la década menemista, con intervención de grandes grupos en salud (Swiss Medical Group, AMSA, Qualitas, Doctos). Sumemos la educación privada que, naturalmente, siguió creciendo hasta el día de hoy.
En la década de 2000 estas empresas y grupos se adecuaron a la nueva realidad del tipo de cambio alto (de los primeros años) y del boom de las materias primas. El tipo de cambio alto, los salarios deprimidos y la caída de los precios relativos de los servicios públicos, permitieron que los capitales vinculados a la producción de bienes transables rápidamente se recuperaran, sanearan sus estados contables y obtuvieran grandes ganancia (Bezchinsky et al., 2007). Hasta el presente, los sectores agroexportador, automotriz, minero y algunos productores de bienes transables, siguen siendo los más dinámicos. Según la página web del Ministerio de Industria, en los últimos 4 meses han concretado o anunciado inversiones John Deere (tractores y cosechadoras); Agco, (tractores); Claas (cosechadoras); Carraro, (agripartes); ProMaíz (molienda de maíz); Syngenta (semillas); Monsanto, (semillas); Evonik Degussa (metilato de sodio); Qualitá (frigorífico de cerdos); Coto (faenamiento avícola); Alimentos del Sur (bioetanol); Nobel (biodiesel); Walmart (supermercado); Kraft (galletitas); Alpargatas (textil); Mabe (heladeras); Plaza Logística (parques logísticos); TN&Platex (hilados); Fiat (vehículos); Ford (vehículos); Flecha Bus (carrocerías); Cementos Avellaneda; Loma Negra (playa de carbón); Ferrum (sanitarios); Grobo (fábrica de pastas); Pirelli y Fate (neumáticos); Dow (petroquímica): Alto Paraná (celulosa); Laboratorio Catalent, Laboratorio Internacional Argentino y PharmADN (productos de farmacia). Además, debe destacarse la minería, donde se están realizando inversiones por 1600 millones de dólares; están a cargo de Vale, Barrick Gold, Xstrata Copper (opera la Minera Alumbrera), Anglo Gold Ashanti, Minera Santa Cruz, Yamana Gold, Minera Andes y Minera Triton (Panamerican Silver).
Por otra parte, sectores como el avícola crecieron rápidamente, y siguen invirtiendo (algunos grupos están haciendo grandes ganancias, y se benefician de los subsidios); pero otros, como la industria frigorífica, están en crisis. Y muchas economías regionales (aceitunas, frutas) cada vez tienen más dificultades para exportar. En el sector servicios la rentabilidad fue todavía más desigual. En turismo, por caso, hubo una fuerte expansión y alta rentabilidad, y cobraron fuerza capitales nacionales y cadenas internacionales (Hilton, Accor, Howard Johnson, Vista Sol). El sector bancario también fue uno de los más beneficiados; entre otros elementos, gozó de la posibilidad de hacer buenos negocios con el Estado (1). Pero por otro lado, hubo caídas de rentabilidad en comunicaciones, electricidad, gas y agua. Algunos grandes capitales, como Aguas Argetinas, se retiraron. En el sector eléctrico, la inversión se estancó. En transporte, algunos grupos (el Plaza posiblemente es el más destacado) prosperaron, merced a los subsidios y negociados que pudieron establecer con el Estado. Pero no invirtieron. En Aerolíneas Argentinas hubo desinversión. En petróleo y gas, a partir de 2002 las ganancias crecieron, pero la inversión no se recuperó. El caso de Repsol es ilustrativo. Siendo una empresa multinacional, su negocio estaba en reinvertir ganancias en otros lugares del mundo, dada la diferencia entre los precios internacionales y los locales. De ahí el vaciamiento. El resto de las empresas del sector tampoco invirtió. Estas evoluciones de rentabilidades, muy dispares entre sectores, determinaron también un crecimiento extremadamente desigual y desarticulado.
Capitalismo de Estado residual
En el contexto que hemos descrito, el capitalismo de Estado asumió un carácter residual. La estatización de Aguas Argentinas, en 2006, se produjo luego de que el grupo Suez anunciara su decisión de retirarse del país. No invertía desde 2002, y tampoco había cumplido con los compromisos establecidos en la privatización. Lo significativo es que antes de hacerse cargo de la empresa, el Gobierno la ofreció a otros grupos; pero los potenciales inversores calcularon que el negocio (con las tarifas congeladas) no era conveniente. También en el caso de Correos Argentinos. El Estado retomó el control en 2003 porque el grupo controlante no tenía interés en seguir. Inmediatamente el Gobierno convocó a capitales para reprivatizar la empresa, pero no hubo oferentes, y Correos siguió en manos del Estado. En ferrocarriles el Gobierno se hizo cargo de las inversiones desde hace años, pero éstas siguieron estancadas. Luego pasó a administrar ramales, y la postración continuó. En lo que respecta a YPF, solo se la estatizó (parcialmente) cuando se precipitó la crisis energética. En las semanas que siguieron el Gobierno trató de interesar a Chevron Exxon, Petrobras y a Cnooc, para que invirtieran. Pero no hubo acuerdo debido a las condiciones exigidas por las empresas. Ahora, YPF intentará colocar deuda en los mercados, según se anuncia. De nuevo, los inversores prestarán su dinero si prevén buenas ganancias. Por último, la estatización de la imprenta Ciccone, se hizo con el objeto de tapar (o al menos intentarlo) la mugre de los corruptos negociados del vicepresidente y sus amigos. La “soberanía monetaria” solo fue discurso.
Por otra parte, la intervención del Gobierno en la economía, fijando precios y subsidios por ramas y sectores, u otorgando y quitando concesiones, no impidió que terminaran imponiéndose las leyes del mercado y la lógica de la ganancia. Si una empresa multinacional invierte en la producción de glisofato, y otra no invierte en generación eléctrica, no es que la primera sea “patriota”, o ame a la naturaleza, y la segunda “parasitaria” y “enemiga del modelo nacional”; simplemente se trata de diferentes perspectivas de ganancia. Por eso, el economista “progre-izquierdista”, puesto a alto funcionario de Economics, rezongará y gesticulará, y pronunciará bonitos discursos, pero no logrará cambiar el curso profundo de las cosas. En términos teóricos: entre Keynes y Marx no hay síntesis posible (2). Por eso, tampoco existe un tercer camino para el desarrollo de las fuerzas productivas entre el capitalismo y el programa de la revolución socialista. Algunas estatizaciones parciales, algunos controles de precios, apenas arañan la epidermis. A lo sumo, logran irritar a algunos capitales; al tiempo que desde el Estado a otros se les brindan oportunidades de enriquecerse sin límites. En última instancia, cuando las perspectivas de ganancias no son seguras, no invierten (la llamada "huelga de inversiones" es un factor de presión permanente del capital). Una intervención social profunda solo puede ser instrumentada por la clase social productora, sostén último de esta sociedad. Pero estamos muy lejos de eso (¿o alguien apuesta al poder transformador de los Zanola y los Pedrazza?).
“Tierra arrasada” y la “productividad sistémica”
El crecimiento de las últimas décadas ha tenido profundas debilidades estructurales, que pueden tener consecuencias perniciosas en el largo plazo. De acuerdo a la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable, más del 22% del suelo sufre erosión eólica o hídrica. El dato es de 2000, y no está actualizado, pero todo indica que la erosión continuó en la última década. La misma fuente estima que los procesos de degradación aumentan significativamente en los últimos años por la agriculturización y el desmonte con uso no adecuado de algunas tierras, "privilegiando los resultados productivos y económicos del corto plazo, sacrificando la sostenibilidad de los sistemas productivos". Según el INTA, en el cultivo de soja solo se reponen el 31% de los nutrientes que se extraen del suelo. El crecimiento basado en “tierra arrasada” no es sustentable en el largo plazo. Algo similar estaría ocurriendo con la gran minería a cielo abierto, de acuerdo a denuncias de organizaciones ambientalistas.
Pero además, el desarrollo desigual y desarticulado ha dado lugar a problemas que derivan de la carencia, de la escasez. La “crisis” energética no es de sobreproducción (no hay crisis porque se produjo demasiada energía), sino de subproducción. Algo parecido puede decirse de las falencias del transporte por ferrocarril, o aéreo. Este crecimiento desarticulado también explica la caída de lo que se ha llamado “productividad sistémica” (Kulfas y Hecker). Esto es, la productividad que está relacionada con la infraestructura en energía, comunicaciones y transporte. Destaquemos que la productividad no es un fenómeno exclusivamente “micro”, individual de las empresas. Por ejemplo, los sobrecostos en el transporte, o por falta de logística; o por interrupciones en el servicio eléctrico, pueden ser factores negativos importantes. Por eso, en la medida en que la inversión se sigue estancando en estos sectores, aparecen restricciones crecientes para el desarrollo y cuellos de botella, que pesan más y más en la economía. Por ejemplo, la postración del ferrocarril lleva a la sobreutilización de las carreteras y del transporte automotor, con consecuencias negativas en materia de accidentes viales, retrasos, deterioro medio ambiental y mayores costos logísticos. En energía, la caída de la producción no solo genera cortes en el suministro, sino también problemas crecientes en la balanza comercial. Además, a medida que no repunta la inversión, empeora más la productividad, y aumenta la carga fiscal. Cada vez más subsidios se destinan a sostener los sectores estancados, sin que por ello se solucionen los problemas de fondo. Y si se liberan los precios de estos insumos, caerá el salario real y se agudizarán las presiones inflacionarias. Es el producto natural de la falta de integración entre sectores, del crecimiento desarticulado.
Mercado mundial y desarrollo
Alguna vez León Trotsky dijo que la fuerza y estabilidad de la economía de la URSS se definía, en último término, por el rendimiento relativo del trabajo; esto es, en relación a la productividad y tecnología de los países capitalistas más adelantados. Esta idea se puede extender a los países capitalistas dependientes, como Argentina: cuando se juzgan los resultados del proyecto “industrializador”, es necesario ponerlos en relación al desarrollo mundial.
Antes de continuar, es necesario precisar el criterio con el que evaluamos el desarrollo argentino en la última década. Se trata de preguntarnos en qué medida el “modelo” ha promovido el desarrollo económico. O sea, en qué medida ha generado una transformación de la estructura económica, de manera que haya una creciente aplicación del conocimiento técnico a la producción de riqueza, junto al aumento de las capacidades productivas. En consecuencia, en lo que sigue el cuestionamiento no se dirige al carácter explotador del capitalismo argentino, sino a la medida en que cumple con su “misión histórica” de desarrollar las fuerzas productivas. Esta idea no es propiamente “marxista”, ya que estuvo presente en el pensamiento económico burgués más progresista, desde los orígenes del capitalismo (Maquiavelo, Locke, Smith, Ricardo, etc.). Y fue retomado luego por expresiones del pensamiento burgués progresista, tanto de los países adelantados, como atrasados. El mismo criterio primó en lo mejor del estructuralismo latinoamericano; por ejemplo, en Celso Furtado. En esta tradición, el desarrollo está determinado por la inversión productiva, y ésta es vital para mejorar la posición competitiva de los capitales nacionales en el mercado mundial. Es que en última instancia, muchos de los problemas que enfrentan los países tienen su raíz en la forma en que se insertan en la división internacional del trabajo. Como señala Thirwall (2012), citando a Marshall, “las causas que determinan el progreso económico de las naciones pertenecen al estudio del comercio internacional”.
Se trata entonces de un enfoque opuesto al programa de desarrollo autárquico, de espaldas al mercado mundial, que suelen alentar las corrientes pequeño burguesas nacionalistas. No hay países autosuficientes; algunas ramas se desarrollan por encima de las necesidades de la demanda interna, y otras por debajo. El modo de producción capitalista es por naturaleza mundial, y los diferentes espacios nacionales de valor se articulan en esta totalidad. La interdependencia de esos espacios nacionales está condicionada por los flujos de comercio e inversiones, el grado de endeudamiento, y las variaciones del tipo de cambio. Por eso, es clave el grado de desarrollo de las fuerzas productivas a partir del cual un país participa en el mercado mundial. Ninguna economía puede prescindir de las importaciones de maquinaria y tecnología, so pena de quedar irremediablemente atrasada. De ahí que todo dependa de la interrelación entre la inversión y las exportaciones, y de la estructura de éstas. En este respecto, Thirlwall también apunta que no es indistinto si un país produce repollos o computadoras, ya que la composición de las exportaciones tiene importancia para la desempeño económico (Thirlwall, 2012). Una economía cuyas principales exportaciones son materias primas, es mucho más vulnerable a los cambios en la demanda mundial y a las fluctuaciones de precios, que una que posee una matriz productiva diversificada, y con industrias que generan alto valor agregado. Desde el punto de vista de la teoría del valor de Marx, se puede demostrar que si un país exporta materias primas o productos industriales de bajo valor agregado, sufrirá un creciente deterioro de los términos de intercambio, en el largo plazo.
En base a lo expuesto, se comprende la importancia de avanzar hacia una producción basada en trabajo complejo y tecnología. Obsérvese que este enfoque no solo se diferencia del estrechamente nacionalista (de la idea reaccionaria de “vivir con lo nuestro”), sino también se opone al programa neoclásico. Según este último, cada país debe centrarse en sus “ventajas comparativas” y liberar los mercados; y el Estado solo tiene que ocuparse de garantizar la propiedad privada. Pero en la visión burgués progresista (al estilo Kalecki, Kaldor, neoschumpeterianos o estructuralistas neoschumpeterianos) el desarrollo capitalista exige la intervención estatal, con el objetivo de lograr la diversificación, la actualización tecnológica y la innovación. Esto implica inversión en infraestructura, I&D, educación y salud (pero no alimentar al lumpen, ni el gasto suntuario). Es una visión bastante distinta de la defendida por los neoclásicos, que en sus versiones extremas (algún economista de la UCEMA) llega a sostener que un país atrasado no debería invertir en I&D, porque basta copiar la función de producción del país adelantado. También es distinto del que pretende que basta estimular el consumo para que haya inversión; una idea que han planteado economistas K en Argentina.
Argentina, continúa el atraso
El discurso oficial sostiene que el país ha ingresado en una etapa de industrialización cualitativamente distinta a todo lo conocido, y basa esta afirmación en las cifras del crecimiento en términos absolutos de la producción y de las exportaciones industriales. Sin embargo, cuando se ponen estos datos en el contexto mundial, el argumento se debilita, y mucho. Es que la participación de las exportaciones industriales argentinas en el total de las exportaciones mundiales no ha experimentado ningún aumento significativo: en 2000 era del 0,19% y en 2010 fue el 0,22% (cálculo en base a datos de la Organización Mundial del Comercio). Después de una década de programa industrialista, hubo un aumento de solo tres centésimas porcentuales. Digamos también que entre 2000 y 2010 la participación de las exportaciones argentinas en las exportaciones mundiales de alimentos pasaron del 2,7% al 3%.
En cuanto a la diversificación de las exportaciones, en 2011 el 80% del valor de todos los productos exportados estuvo concentrado en 25 partidas (Aiera, Asociación de importadores y exportadores de la República Argentina). Por otra parte, el déficit de la balanza industrial sigue siendo muy significativo. Aclaremos que existen problemas para medir la balanza industrial, ya que la información de las exportaciones está clasificada por rubros (bienes primarios, MOI, MOA, combustibles), mientras que las importaciones se clasifican por uso económico (bienes de capital, vehículos, bienes intermedios, etc.). Según diversos cálculos (por ejemplo, de la UIA), en 2008 el déficit de las MOI osciló entre los 26.000 y 28.000 millones de dólares; en 2010 entre los 30.000 y 32.000 millones.
Además, en los rubros de mayor valor agregado, la economía argentina continúa siendo atrasada. En 2011 sólo el 11% de las exportaciones correspondió a productos de alto valor agregado (Aiera). Pretender achicar esta diferencia prohibiendo importaciones de piezas vitales es, por supuesto, una tontería, que termina afectando a la producción, y también a las exportaciones. Tampoco se superan las deficiencias del atraso tecnológico con pantomimas de desarrollo. Por ejemplo, se ha sostenido que a partir de las políticas de promoción industrial en Tierra del Fuego se ha desarrollado un verdadero polo tecnológico. “Se ha consolidado el despegue de la industria electrónica en Tierra del Fuego, atrayendo inversiones de empresas líderes en el mundo, y generando miles de puestos de trabajo”, decía Débora Giorgi, la ministra de Industria, en marzo de 2011, en ocasión de un viaje realizado a la isla con la presidenta. Pero la realidad es otra. En octubre de 2011 Cadieel, la Cámara que agrupa a los empresarios del sector, informaba que el porcentaje de componentes argentinos en electrónicos ensamblados en el Sur no llega al 5%. Según Cadieel, las divisas que no salen por importación de equipos terminados, se van por importación de piezas. El resultado es que los equipos electrónicos en Argentina son más caros que en países vecinos. Esto no es desarrollo, simplemente inflación de la estadística del producto interno (y para colmo, con costo fiscal elevado). Precisamente, uno de los ejes de un proyecto industrializador debería ser “subir” en la cadena de producción internacionalizada, hacia los segmentos que contienen más valor agregado.
El atraso tecnológico y la debilidad del crecimiento también se evidencia en muchos sectores que empiezan a tener dificultades por la apreciación en términos reales de la moneda. Las ramas más afectadas serían textil, indumentaria, productos de metal, maquinaria, equipamiento eléctrico, equipos de TV y radio, productos de caucho y plástico y autopartes. La competitividad lograda en base a tipo de cambio alto, de los primeros años post-convertibilidad, no es sustentable en el largo plazo. Y el desarrollo tecnológico, y la inversión en investigación y desarrollo, dependen de una confluencia de factores, punto en el que han insistido los neo-schumpeterianos. Pero en un modo de producción en que domina la propiedad privada del capital, el desarrollo de la tecnología está condicionado a las decisiones de inversión de los capitalistas. Y la realidad es que en Argentina la inversión privada en I&D es muy débil. Recientemente, el ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva. Lino Barañao, se refirió a esta cuestión en el IV Congreso de AEDA: “la inversión del sector privado en ciencia es menor a la estatal porque el tipo de empresas que tenemos en Argentina no requiere habitualmente una inversión sustantiva en investigación. La competencia está basada en costos y no en innovación” (página web del ministerio). Debería haber agregado que en buena medida la competitividad se busca bajando los costos laborales (de ahí los recurrentes pedidos de devaluar). Como resultado, en 2009 el país gastaba en I&D el 0,59% del PBI; Brasil 1,18% y EEUU 2,89%. Son 46 dólares por habitante; en Canadá 762 y en Brasil 99 (Red de Indicadores de Ciencia y Tecnología, Ricyt; no hay datos más actualizados). Todo esto pone en evidencia que un programa de desarrollo capitalista es algo más que bajar salarios devaluando la moneda (fórmula preferida de economistas al estilo López Murphy, y también de vertientes del pensamiento “nacional y popular”).
La soja y las “falencias estructurales”
El discurso oficial sostiene que el alza del precio de la soja fue un factor de importancia secundaria en el crecimiento de la última década. Pero la realidad es que la superación de la tradicional restricción externa -los déficits en cuenta corriente obligan a parar las importaciones, con repercusiones negativas en toda la matriz productiva- fue posible gracias al alto precio de la soja (también del maíz). Basta observar la magnitud del déficit de la balanza industrial para comprobarlo. Como sostienen Herrera y Tavosnanska (2011) “Resulta significativo que durante el período analizado (2003-8), y a diferencia de tantas otras experiencias del pasado, el saldo comercial deficitario no haya derivado en una crisis “tradicional” de balanza de pagos. Sin embargo, este resultado parece haber sido profundamente influido por el incremento inusitado de los términos de intercambio, que hizo posible que el país sostuviera un abultado superávit comercial global, suficiente incluso para afrontar los pagos de la deuda externa. En otras palabras, las discutidas falencias de la estructura industrial argentina (falencias que si bien fueron indudablemente heredadas del pasado, no se intentó decididamente solucionarlas durante el período reciente), quedaron ocultas -y sus efectos eventualmente postergados- por la bonanza externa”.
Agreguemos que los efectos de esas falencias estructurales se hacen sentir con fuerza en la presente coyuntura. La extrema dependencia de pocas exportaciones, y muy concentradas en algunos destinos (como automóviles a Brasil); la crisis energética, y su peso en la balanza de cuenta corriente; y la salida del excedente, vinculada a la debilidad de la inversión en sectores claves, son algunas de sus manifestaciones más visibles. Significativamente, en 2011 la cuenta corriente tuvo un resultado prácticamente nulo, ya que la balanza comercial no alcanzó a compensar la remisión de utilidades, intereses de deuda y servicios.
En conclusión, es indudable que hubo crecimiento económico en los últimos 10 años, y que bajaron los niveles de desocupación, pobreza e indigencia alcanzados en la crisis de 2001-2. También hubo una fuerte recuperación industrial, y mejoraron los niveles de inversión, en relación al PBI, con respecto a los años 90. Pero este crecimiento tiene bases débiles. El capitalismo argentino continúa siendo atrasado y dependiente, y la actual desaceleración económica tiene más que ver con estas debilidades, que con la crisis mundial. La clave sigue siendo una débil acumulacion de capital.
Ver también:
Textos citados:
Bezchinsky, G., M. Dinenzon; L. Giussani; O. Caino; B. López y S. Amiel (2007): “Inversión extranjera directa en Argentina. Crisis, reestructuración y nuevas tendencias después de la convertibilidad”, Documento de proyecto, CEPAL.
Herrera, G. y A. Tavosnanska (2011) “La industria argentina a comienzos del siglo XXI”, Revista de la CEPAL 104, agosto.
Thirlwall, A. (2012): “Reflections on some macroeconomic issues raised by UNCTAD's Trade and Development Report over three decades”, pp. 95-102, Trade and Development Report, 1981-2011, Three Decades of Thinking Development, Ginebra y Nueva York, ONU.
Notas:
2) Para una crítica del intento de embellecer por izquierda a Keynes, véase http://rolandoastarita.wordpress.com/2010/10/28/%c2%bfkeynes-partidario-del-valor-trabajoHaga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.
