miércoles, 12 de septiembre de 2012

El voto a los 16 y la participación juvenil

LA ARENA

El debate sobre la implementación del voto voluntario de los jóvenes a partir de los 16 años viene ocupando generoso espacio en los medios de comunicación en las últimas semanas, mientras el oficialismo apura los tiempos en el Congreso para aprobar el proyecto. Detrás de esa iniciativa se han escuchado opiniones de todo tipo. Desde fundamentos racionales y equilibrados hasta estigmatizaciones y argumentos de muy pobre factura y dudosa catadura ideológica. Por ejemplo, a nadie se le ha escuchado decir que no hace falta tener esa edad -bien se pueden tener 40, 50 ó 60 años- para no acceder a computadoras ni a internet, pasar muchas horas delante de un televisor, estar desempleado o mostrar desinterés por la política.

Pero detrás de esa polémica hay algo más interesante, que permanece oculto al menos en los grandes medios, y es la renovada participación de buena parte de la juventud en ámbitos sociales y políticos. Parece una suerte de "revival" del '83, aunque en menor medida. Aquella vez, durante la primavera democrática, hubo cierres de campañas con actos políticos que reunieron a más de un millón de personas -aunque hoy, tres décadas después cueste creerlo-, comités y unidades básicas atiborradas, centros de estudiantes refundados y unas ganas de participación pública como muy pocas veces se vio en el país.

Hoy ese ímpetu juvenil se ve en organizaciones sociales y, en menor medida, en los partidos políticos. En realidad, cuando se habla del tema por lo general las miradas se concentran casi exclusivamente en las agrupaciones kirchneristas. Pero muy pocos se preguntan por qué se concentran allí las simpatías juveniles y no en otros sectores partidarios identificados con fuerzas de la oposición o del peronismo ortodoxo. Probablemente esa pregunta dispararía respuestas poco agradables en relación con los escasos esfuerzos que hace la generalidad de los partidos políticos por darle cabida a la juventud.

Lo que resulta claro es que este rejuvenecer de la participación política en una franja etárea que puede ubicarse entre los 20 y los 40 años muestra que la caracterización de los jóvenes como abúlicos, insatisfechos o marginales es errónea o, al menos, intencionada.

Sin embargo, este renovado fenómeno de participación y las expectativas favorables que despierta muestra un costado oscuro; y precisamente allí habría que concentrar la atención para que el fervor de los jóvenes, siempre deseosos de rebeldía, protagonismo e innovación, no vuelva a caer en saco roto, como de alguna manera sucedió con aquella generación del '83 -hoy desencantada- y con otras experiencias anteriores tan ricas y dinámicas.

El talón de Aquiles de la nueva generación kirchnerista parece ser el mantenimiento de algunas viejas prácticas, asociadas al nepotismo y al amiguismo. En el Estado, los cargos y las designaciones deben otorgarse por idoneidad antes que por devolución de favores, si se quiere, al menos, construir bien desde los cimientos y robustecer la credibilidad perdida. Y son, precisamente, los jóvenes -a quienes hoy se busca poner trabas para participar voluntariamente en los procesos electorales pero, simultáneamente, son considerados por la ley como penalmente responsables- los que tienen ese gran desafío por delante.

Desde una perspectiva generacional son los que, incluso, pueden llegar a lograr que sus propios padres -muchos de ellos desencantados con la política, luego de vivir experiencias frustrantes como la dictadura militar o, en menor medida, la "década infame" menemista de los noventa- vuelvan a tomarle el gusto a la participación cívica. Y con las mismas ilusiones y entusiasmo que supieron manifestar en aquellos "viejos" buenos tiempos de la recuperación democrática.

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