viernes, 28 de septiembre de 2012

La Asamblea General de la ONU practica la retórica mientras Siria arde en llamas

Fiodor Lukiánov (RIA NOVOSTI, especial para ARGENPRESS.info)

Al pronunciar un discurso ante la Asamblea General de la ONU, el primer ministro británico, David Cameron, causó más revuelo al responsabilizar al Consejo de Seguridad de la ONU -en particular a Rusia y China- de la matanza de niños sirios.

El ministro ruso de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, no pudo dejar esta declaración sin respuesta y dijo que los países occidentales tampoco contribuyen a cesar la violencia en Siria.

Tras una pausa relacionada con una ola de protestas antiestadounidenses en el mundo árabe, Siria volvió a centrar la atención de la comunidad internacional.

La guerra civil no cesa en este país. La situación en los frentes ha llegado a un callejón sin salida. El régimen del presidente sirio, Bashar Asad, es incapaz de reprimir la resistencia de los insurgentes, los cuales no disponen de fuerzas suficientes para derrocar a Asad sin ayuda del exterior.

Se podría comparar el desarrollo de los acontecimientos en Siria con lo que pasaba en Libia. Pero en ese país árabe, los opositores al régimen del ex líder libio, Muamar Gadafi, habrían sido reprimidos seguramente si la OTAN no hubiera intervenido en la situación. Mientras, Damasco es incapaz de hacer cambiar la coyuntura.

Es evidente que ambas partes del conflicto sirio reciben ayuda desde el exterior. La oposición goza de apoyo de sus partidarios de otros países árabes y Occidente. El régimen sirio es apoyado ante todo por parte de Irán, además de gozar de apoyo político por parte de Moscú y Pekín. Pero esto es insuficiente para encontrar una fórmula de compromiso en lo que se refiere a las riendas del poder.

A juzgar por todo esto, nadie está dispuesto a iniciar una intervención militar en Siria sin la respectiva resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. Los países más activos del Golfo Pérsico, como Catar, exhortan a los Estados árabes a aunar esfuerzos y derrocar a la dictadura alauita. Pero los países de la Liga Árabe no tienen la experiencia de derrocar regímenes, sin tomar en consideración el pequeño reino insular de Bahréin, donde militares procedentes de Arabia Saudí lograron reprimir fácilmente las violentas protestas de la oposición chiíta.

Además, las posturas de los Estados de la Liga Árabe respecto al conflicto sirio no son afines. Es lógico que Irak, que está bajo una considerable influencia de Teherán, no apoye esta propuesta. Pero parece que Egipto se adhirió a las filas de los escépticos también.

El presidente egipcio, Mohamed Mursi, critica a Damasco y exige que Bashar Asad renuncie al poder. Pero en general El Cairo no está dispuesto a seguir la política aplicada por Arabia Saudí y Qatar.

Mursi tiene intenciones de incrementar el peso de Egipto y apuesta por mantener un rumbo independiente de Estados Unidos y las monarquías petroleras del Golfo Pérsico. Así las cosas, Egipto está más interesado en desempeñar el papel de mediador influyente en los conflictos más agudos, como el palestino-israelí o el sirio.

Turquía fue considerada como un pretendiente real a la intervención militar en Siria. Este país, con el segundo Ejército más grande de la OTAN, es capaz de llevar a cabo una operación militar de amplias dimensiones que además aspira a jugar un papel de una potencia regional, que vincula a Europa y Asia en el Oriente Próximo y Asia Central.

Pero a medida que se agrava la crisis en Siria, sus consecuencias preocupan cada vez más a Ankara. Es muy probable que tras la caída de Bashar Asad, Siria se divida y en el norte de ese país limítrofe con Turquía surja un Estado kurdo que se una con la autonomía kurda existente en el norte de Irak (Kurdistán de Irak).

Este sería el peor desarrollo de los acontecimientos para el Gobierno turco, que entiende perfectamente que una posible ocupación de una parte de Siria con el fin de tomar a los kurdos bajo control implica muchos riesgos.

Queda la OTAN o varios países miembros de la Alianza. Francia, con el actual presidente François Hollande, apoya la operación militar contra Siria, como promovía la intervención en Libia hace un año y medio, cuando Nicolás Sarkozy ocupaba el sillón presidencial.

El rumbo político del país galo establece que cualquier presidente, independientemente de sus convicciones, aspira a aprovechar todas las oportunidades para mostrar el liderazgo de París. Pero a diferencia de Libia, las consecuencias de la intervención en Siria pueden ser mucho más negativas.

Estados Unidos prefiere limitarse a hacer declaraciones generales y evidentemente no tiene una seria intención de meterse en el conflicto. Además, Occidente empezó a preocuparse de que la oposición siria esté compuesta no solo de sesudos profesores de las universidades estadounidenses de Manchester o Idaho ,que forman el Consejo Nacional Sirio (CNS), sino también de los que apoyan acciones similares al asesinato del embajador estadounidense en Libia.

Como resultado, no se ve ningún progreso hacia una solución del conflicto sirio, mientras que los ejercicios de retórica que se oyen en la Asamblea General de la ONU y no influyen en el desarrollo de los acontecimientos en Siria, donde continúa la guerra civil y los civiles mueren diariamente.

La postura rusa al respecto es la siguiente: no se puede intervenir en una guerra civil para apoyar solo a una parte del conflicto. El resultado será negativo en todos los casos. Es necesario aplicar esfuerzos diplomáticos empleando todas las herramientas disponibles, incluida la presión, incentivos, actividad de mediación, etc.

En teoría, Rusia tiene razón. Pero en realidad esto se parece a un intento de poner orden en la ladera de una montaña por la que están deslizándose un alud. En otoño de 2012, la situación en Siria parece desesperanzadora.

Fiodor Lukiánov, es director de la revista Rusia en la política global.

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