viernes, 7 de septiembre de 2012

Nadie nos regala nada

Juan Carlos Giuliani (ACTA)

Si no se cambia el actual modelo productivo, todo lo que se haga para que en nuestro país vuelva a imperar la justicia social -en reemplazo de las políticas de “inclusión” que recrean y perpetúan la telaraña clientelar- será un espejismo. Y el sueño de creer en un destino nacional diferente, que acabe con la opresión y el coloniaje, trocará en una quimera.

Si no se ataca la raíz del problema que nos condena a vivir en una sociedad desigual y una Nación dependiente, sólo se estará contribuyendo a engordar el discurso posibilista que se arriesga únicamente a administrar lo dado, y abjura de cualquier posibilidad de transformación que implique romper con las corporaciones y plantear una lógica de acumulación y distribución de la renta nacional equitativa y al servicio de las mayorías populares.

La ética de un proyecto no se mide por la retórica con que se lo enuncia sino reparando en la matriz productiva que propone. Y el actual “modelo” es definitivamente sojero, agroexportador y extractivista. O sea, expoliador, colonial, y no sustentable. Por lo tanto, de no mediar una profunda revisión del paradigma del consumismo exacerbado que impone la irracionalidad capitalista, el reciclaje desarrollista que se verifica en nuestra región no hará más que sumar a millones de latinoamericanos al aniquilamiento alimentario y ambiental al que las grandes potencias ya conducen al resto de la humanidad.

Las cuatro campañas públicas hacia una Constituyente Social intentan dar una respuesta integral a la necesidad de redactar un programa que sustente un nuevo proyecto nacional. Redistribución de la Riqueza; Democracia Participativa; Soberanía sobre nuestros Bienes Naturales e Integración Latinoamericana, son los nombres de pila de la propuesta estratégica más alta que ha sabido construir la Central en tiempos de ofensiva.

En una época donde el poder pone precio a todas las cosas, los hombres y las organizaciones, la CTA exhibe con orgullo una trayectoria de casi dos décadas de existencia levantando con obstinación las banderas de la autonomía de clase, sin transar ni claudicar frente a los que mandan. Pagando el costo de su ilegalidad, el ninguneo y el desprecio que le profesan las cúpulas gobernantes. Pero recogiendo aquí y allá, en todas partes, el sentimiento de legitimidad, reconocimiento y compromiso con la causa que le devuelven los trabajadores que luchan. Porque como decía Evita, donde existe una necesidad nace un derecho. Y los derechos no se piden, se conquistan.

La Presidenta de la Nación ha dicho que las conquistas adquiridas por los trabajadores en estos últimos años se han logrado sin la necesidad de que ningún dirigente sindical tenga que convocar a media hora de paro. Según el relato oficial, los beneficios vienen de arriba, se derraman a partir de la generosidad de los que mandan, sin la intervención de la clase obrera ni de sus organizaciones representativas.

De este modo, se elimina de un plumazo la razón de ser de la lucha de clases y se bastardean los fundamentos de la dialéctica, que subraya las contradicciones para analizar la realidad social. A tenor del Manifiesto Comunista, "toda la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases". Esto es: la confrontación entre clases sociales es el motor del cambio histórico.

Nadie le ha regalado nada a la clase trabajadora. Lo que tiene lo ha obtenido con organización y conciencia, lucha y sacrificio, sangre y coherencia. Aunque los manuales de la historia oficial hagan lo imposible para ignorarlo, lo cierto es que los períodos de mayor conflictividad social se registraron durante los gobiernos de Irigoyen y Perón en la primera mitad del siglo pasado.

Los trabajadores se movilizan para dar pelea a partir de la legalidad que conceden gobiernos de signo popular y afrontar así masivamente la disputa por la riqueza a las patronales, alcanzando en ese devenir las reivindicaciones más altas de la historia que van a coronar en la Constitución de 1949.

Durante los dos primeros gobiernos peronistas se puede constatar que fue la era de mayor cantidad de paros, huelgas y movilizaciones comparada con cualquier otro período histórico. En esa acción de masas tuvieron mucho que ver las comisiones internas, verdadero órgano de poder de los trabajadores.

Fueron los militantes de los cuerpos de delegados los que encabezaron la Primera Resistencia Peronista para hacer frente a la ignominia de la “Revolución Fusiladora”. Fueron, también, el blanco propicio de las balas asesinas de la Triple A durante el gobierno de Isabel primero, y, luego, de los Grupos de Tareas que actuaron en la tiranía oligárquico-militar. Los grupos económicos más concentrados pusieron toda su infraestructura y logística al servicio del exterminio de los cuadros sindicales que tenían a su cargo la organización de los trabajadores en los lugares de trabajo. Por ello no es de extrañar que más del 60 por ciento de los compañeros detenidos-desaparecidos en la última dictadura hayan provenido de las filas de la clase trabajadora.

Tampoco es una casualidad que actualmente en el 85 por ciento de los establecimientos privados no haya delegados gremiales. El poder es conciente de esa fuerza organizada y no está dispuesto a tolerarla. Cuenta como socio en esa misión de desconocimiento de los derechos laborales con los buenos oficios del Ministerio de Trabajo de la Nación.

La falta de libertad y democracia sindical es funcional al “unicato” gremial que promueve -sin fisuras- tanto el Gobierno como las corporaciones empresarias de la industria, las finanzas y el agro.

Sabemos por propia experiencia que la finalidad de nuestra lucha es cooperar con la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación. Conciencia de clase y conciencia nacional están en el ADN de nuestra gente desde nuestros orígenes. Lo mismo que nuestras ansias de libertad e independencia para decidir nuestro futuro.

Ya lo decía con mucha propiedad Don José Gervasio de Artigas, el caudillo revolucionario oriental: “Yo, adorador eterno de la soberanía de los pueblos solo me he valido de la obediencia con que me han nombrado para ordenarles que sean libres”.

Sabias palabras.

Juan Carlos Giuliani es Secretario de Relaciones Institucionales de la CTA.

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