jueves, 27 de septiembre de 2012

Sangre de la Patagonia rodando por Callao

Claudia Rafael (APE)

Tuvieron que desandar el largo camino que lleva desde el profundo sur a la gran capital. Dejaron por un rato nomás la Patagonia honda y solitaria para meterse de lleno en la ciudad devoradora donde -dicen- atiende un dios esquivo que tampoco escucha sus ruegos. Allí donde los escritorios se muestran flacos y desalmados. 900, 1300, 1500 kilómetros debieron deambular Julieta Vinaya, César Antillanca, María Cabrera y Roberto Uriarte para hacer oir su voz a un manojito de gentes dentro del Hotel Bauen -allá por el 300 de Callao- que, como símbolo de país, de historia y de largas batallas, les cobijó un lugar.

Por un par de horas, entonces, los cuerpos jóvenes y destrozados de Atahualpa, Jorge, Otoño y Julián recobraron vida y sobrevolaron la sala. Ata y Otoño sonreían desde las banderas con sus imágenes y sus nombres. Julián atisbaba con esa rara seriedad que a veces tienen los 20 años. Los cuatro fueron una vez más semilla de pájaro y de sol.

Jorge

“Soy la única que pelea por él. Que dice que él no se suicidó. Que lo mataron. Por eso estoy aquí. Es la primera vez que me reúno ante tantas personas. Nunca nadie me ayudó. Y nosotros somos una familia humilde. Tiene que haber justicia. El era mi hermano. Era una persona muy buena. Jugaba al fútbol. Esa noche salió… y ya nunca más lo vimos. Por eso necesito que me ayuden. No sé expresarme bien. No sé de leyes. No sé de nada. Necesito que me ayuden para que no me tiren la causa a la basura como dice el juez”. María Cabrera se quiebra una y otra vez. Una mamá de larga sabiduría en impunidades le gritó “no estás sola mamita. Estamos con vos”.

María Cabrera era la hermana de Jorge Pilquilman. Que tenía 24 años en aquel febrero de 2005 cuando salió a bailar al “Boliche Babilonia”, en esa Bariloche de contracaras y contrastes construidos a hachazos. “Muerte por asfixia”, le dijeron. Lo vieron por última vez en la madrugada del 6 de febrero, durmiendo, cerca de los baños del boliche. Cuentan que la policía lo sacó de allí y a los tres días apareció muerto, flotando en los piletones del Puerto San Carlos, a orillas del Lago Nahuel Huapi. “Mi hermano nadaba re bien. Se tiraba del puente de madera de Ñirihuau y salía nadando. Así hubiese estado re borracho sale nadando porque vos mirás el piletón y no es profundo. Yo siempre lo dije y lo voy a seguir diciendo que fue la policía quien mató a mi hermano”.

Otoño

16 años para siempre. Nunca alcanzó a llegar con la bicicleta a su casita en la chacra, en ese pueblo con nombre de general de tiempos de conquistas: Fernández Oro, en Río Negro. A Otoño Uriarte no la dejaron volver. Su papá, Roberto, dejaba entrever ternuras desde la sonrisa tenue en el saloncito del Bauen. Policías, noche, prostíbulos, trata de personas. El cuerpo de Otoño apareció sumergido en un canal de riego seis meses más tarde.

“Existe una recompensa de 200.000 pesos para quien aporte datos. Pero el gobierno no termina las pericias de su vello público porque cuestan 100.000”, denunció.

Roberto Uriarte habla de complicidades. De encubrimientos. Denuncia desidias. Desnuda que “justicia y gobierno se disputaron quién hacía el mayor esfuerzo para que nada saliera a la luz”.

Y desliza que “Otoño vive en la esperanza de quienes luchan”, como se lee en la bandera intensamente amarilla sobre una de las paredes del Bauen con el rostro de la muchacha en sonrisa eterna.

Atahualpa

“El 15 de junio de 2008 lo asesinan a Atahualpa por la espalda. Lo ven por última vez en el boliche Mi Loca. Había llovido todo el día y no había mucha gente en el lugar. Había dos patovicas y Atahualpa estaba con un amigo. Su amigo fue al baño y cuando volvió, ya Atahualpa no estaba más. Su cuerpo apareció a 5 kilómetros, con un disparo en la espalda calibre 22. Lo habían arrojado en un basural. En ese momento yo estaba en Rosario buscando una beca porque Atahualpa quería estudiar medicina en Cuba. Me llamaron diciendo que había habido un accidente y jamás pensé que lo iba a encontrar en un cajón”. Julieta Vinaya llegó hace muchos años desde Bolivia a la Patagonia. Pequeña, de tez oscura, cuenta “a qué lugares no he ido… sólo para buscar justicia”.

“El gobernador puso una recompensa de 100.000 pesos pero nadie hablaba. Pensamos ¿a quién le tiene miedo la gente? A la policía, nos contestamos. Y por eso insistimos en que la muerte de Ata tiene que ver con las vinculaciones de la noche, con vinculaciones con la policía, con el poder político. Yo era la loca en Viedma, la loca por juntarme con otros familiares”.

Cuando el presidente boliviano Evo Morales viajó a la Argentina para un encuentro de Unasur “nos fuimos a la ruta por la que él iba a pasar. Pasaron cuatro autos. Uno frenó, bajaron el vidrio y me dí cuenta de que era Evo Morales. Le dije que yo había nacido en Oruro y que necesitaba su ayuda. Que lo habían asesinado a mi hijo, que se llamaba Atahualpa y que en la nueva constitución plurinacional dice que toda persona que es boliviana que tuvo un hijo incluso fuera del territorio y le ocurre algo, el pueblo boliviano responde por ese hijo. Él recibió mi carpeta y me dijo que sí… pero bueno…”

En los últimos días “mientras preparábamos este encuentro y a cuatro años del asesinato de Atahualpa” detuvieron a cuatro personas. Pero –insistió- “yo no voy a parar hasta lograr encontrar al autor intelectual del crimen de mi hijo”.

Atahualpa Martínez Vinaya tenía 19 años. Mezclaba en su sangre las milenarias culturas mapuche y aymara. Vivía en Viedma. Estudiaba. Y había sumado sus manos y sus deseos en la toma de viviendas de aquel 30 de marzo, en su ciudad. “Decía que tenía manos para trabajar, para construir las casas, llevando agua, ayudando a la gente. Una de las cosas que me dijo antes de que lo mataran fue que si todos nos pudiéramos ayudar unos con otros esta sociedad cambiaría, Viedma cambiaría, el mundo cambiaría. Por eso él se quería ir a Cuba. Quería ser médico, médico de la selva, de la montaña. Sabía andar a caballo, sabía carnear, sabía comunicarse con la gente”.

Su sangre, como la del Inca, se derramó hacia todo el continente como río imparable.

Julián

Aquel 5 de septiembre de 2010, Julián salió a bailar con sus amigos. Pocas horas más tarde, los diarios titularon “Muere joven por coma alcohólico”. Esa –contó su padre- fue la primera gran mentira. La segunda fue que los medios periodísticos se fundaran en las versiones de la policía como la gran verdad.

Apenas un mes más tarde, una testigo se atrevió a relatar cómo Julián había sido arrojado de un patrullero. E incluso reconoció en rueda a Martín Solís, policía, como uno de los responsables. Bastó muy poco para que también quedaran detenidos Jorge Abraham, chofer del patrullero, el suboficial Pablo Morales y la oficial Laura Córdoba. “Los cuatro hacían adicionales esa noche en el boliche y una testigo reconoce haber visto a los policías golpeando a Julián en una rotonda”.

Las pericias determinaron que los rastros de sangre en el asiento y en la alfombra del auto policial eran de Julián. La sentencia judicial, sin embargo, si bien determinó que el muchacho fue asesinado por “traumatismo encéfalo-craneal” a causa de los golpes recibidos, desestimó que Morales, Solís y Córdoba fueran los autores del crimen.

Un crimen que coincidió en el mismo 5 de septiembre de 2010 con el de los hermanos Aballay producto de apremios ilegales.

“Este es el resultado de una política, de un sistema, que además de tener a la corrupción como retroalimento, también es perverso. El sistema penal se alimenta de pobres, se alimenta de desposeídos. El fallo no sólo está corrompido técnicamente sino que también es un fallo de clase. Porque Julián completa el perfil de las personas en un estado de vulnerabilidad. Es joven, es pobre y es morocho. Esto provoca el primer crimen, que es su muerte. Y provoca también el fallo arbitrario técnicamente hablando que debe ser leído además como fallo de clase. Gonzalo Julián Antillanca tenía 20 años hace dos años. Y ha sido víctima de homicidio. Y ha sido asesinado por segunda vez cuando fue entregado el fallo de los jueces. Esa fue la segunda muerte, la ratificación de un sistema, de una política de total control social. Me gustaría no estar acá. Me gustaría que ninguno de nosotros esté hoy acá. Pero es lo que nos toca”.

El Bauen

El hotel Bauen fue proyectado en los inicios de la última dictadura y fue construido con un crédito del Banco Nacional de Desarrollo como parte de la infraestructura necesaria para el Mundial 78. Créditos impagos, deudas en el tiempo y una recuperación por parte de los trabajadores que se alzaron en cooperativa.

Hasta ahí llegaron desde la cruda Patagonia -paraíso e infierno- los nombres de Jorge Pilquimán, Otoño Uriarte, Atahualpa Martínez y Julián Antillanca. Allí se entrelazaron con los del Peca Rivero, asesinado en 1989 por la policía de Rafael Castillo; de Cristian Chanta, al que un policía de San Miguel le disparó el último 20 de agosto, el mismo día en que cumplía 23; de Walter Robles y Leandro Pérez, asesinados en 2010, en Fiorito; de Rodrigo, asesinado junto a su amigo Kevin por un policía metropolitano o de Matías Bártola, asesinado en Fiorito por un personaje, ex Bonaerense, que se hacía llamar “el mataguachos”.

En ese saloncito del primer piso del hotel estaban para abrazarlos los papás o mamás de cada uno de esos chicos asesinados por fáciles y alegres gatillos de un sistema que les marcó el territorio. Que les demostró que son las víctimas perfectas para un régimen penal que persigue a los peligrosos, a los frágiles, a los vulnerables, a las semillas de algún sueño perdido, a los portadores de ese mal endémico y temible que es la pobreza.

Julián tenía 20 años. Otoño, apenas 16. Jorge había cumplido los 24 y Atahualpa, tenía 19. Eran germinales y tenían sueños. No los dejaron.

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