miércoles, 3 de octubre de 2012

Estados Unidos y la elección presidencial: El cetro imperial

Juan Francisco Coloane (especial para ARGENPRESS.info)

En una elección entre dos candidatos con escaso margen para equivocaciones, por la reducida diferencia en las preferencias del público, el acento en el debate se ha trasladado al patriotismo.

La racionalidad para mejorar la economía y la irracionalidad palpable en invadir a Siria e Irán, como argumentaciones fallaron en apuntar a la emocionalidad del elector. Los estadounidenses quieren más bienestar y claramente no quieren más guerras, aunque sean fuera de sus fronteras.

Precisamente, bajo el presidente que auguraba una mayor disposición para encontrar un equilibrio en el predominio evidente de Estados Unidos sobre las otras naciones, como es el caso de Barack Obama, es cuando más ha aumentado esa percepción de que Estados Unidos es un país imperialista. El legado imperialista de su predecesor fue determinante. Dos ocupaciones en un mismo periodo presidencial y si Obama no ha podido revertirlo se debe a que el legado de un país que se mueve con el código de la supremacía quizás no sea reversible así como se están presentando las alianzas estratégicas y los intereses económicos en el mundo.

El capital transnacional está constituido así de poderoso, y se ha beneficiado de esa hegemonía de Estados Unidos en el orden político mundial porque del centenar de corporaciones transnacionales financieras y no financieras más poderosas, casi un 50% reconocen su sede con bandera estadounidense. Es tan así que el Nobel Paul Krugman habla en una de sus columnas de este año, de que la deuda fiscal de Estados Unidos no es en la práctica una deuda porque la economía Americana es tan grande que Estados Unidos se debe ese dinero a sí mismo.

Tanto Barack Obama como Mitt Romney han apelado a las vísceras del elector porque tal vez no exista nada más emocional en política que lo del patriotismo. Algo tan abstracto como el significado de una bandera en una sociedad dominada por el capital transnacional y una categoría tan cercana a una entelequia, como es el sentido de patria, calza justo cuando no se está votando por una determinada ideología.

¿Cuántos reconocen en Estados Unidos que la mezcolanza de variables que representa Mitt Romney para reducir el rol del estado y aumentar la capacidad del emprendimiento personal, son catalogables de izquierda o de derecha? Igualmente con Barack Obama. ¿Cuántos pueden detectar que su actual mixtura de propuestas para reforzar algunas áreas del estado y beneficiar a la clase media, es un giro hacia la derecha para no quedar desfasado del presumible centro?

Bajo ese espacio de opciones reducidas el argumento emocional lo ocupa el patriotismo que para una buena parte del resto de mundo, el patriotismo de Estados Unidos podría bien interpretarse como mayor poderío militar y económico para continuar con la hegemonía que para muchos inclusive en Estados Unidos se lee como más imperialismo.

Desde el desplome de la Unión Soviética, Estados Unidos no ha superado con éxito la tarea de revisar con mayor profundidad su reciente pasado. En más de veinte años como potencia hegemónica ha demostrado limitaciones -principalmente políticas- precisamente en lo que tanto propagan sus líderes: crear el nuevo orden mundial post soviético.

En relaciones internacionales los supuestos encallan por exceso de confianza en sus mediciones analíticas o una subestimación de la complejidad de los hechos. O, por quizás por algo peor, a su elite analítica no le interesa hilar más fino porque la meta consiste en dominar. Por otra parte, dentro del esquema de la globalización económica, Estados Unidos no ha sabido transmitir un discurso más específico en lo político que no sean los de promover conceptos como libertad y democracia que frente a los objetivos de supremacía absoluta, caen en el vacío. Estados Unidos así está cometiendo el mismo error de las verdades únicas universales y maximalistas que le atribuye al comunismo, desde la matriz ideológica con que maneja su política exterior. La única especificidad asociada a esa verdad única de libertad es la del libre mercado. Los clásicos como Smith y Ricardo habrían estado claramente en la oposición al actual modelo de relación entre economía y sociedad.

Una parte importante de la elite política en Estados Unidos no le interesa por el momento llevar adelante ese debate de lo que anda mal y no se corrige. Romney y compañía representan esa elite y tienen chances de vencer en la elección. Romney con su socio Ryan se han prestado para que los neoconservadores recuperen el sitial que perdieron con Bush hijo y que no lo supieron usar para el bien público. El encono de esta versión republicana está reflejado en una frase que deslizó un empresario estadounidense cuando Barack Obama realizaba su visita de estado en Santiago de Chile. Dicha en el intervalo de una reunión empresarial: “¿Por qué no lo dejan aquí?” Frase amenazante, cerca de la vociferada por Clint Eastwood el actor hollywoodense en la convención republicana: “Hay que echarlo porque no hace bien su trabajo”. Son posturas propias del republicano avasallador que se atribuye la propiedad del modelo y de la caída del socialismo soviético. Responde al estilo desfachatado conocido que se resume en que la política consiste en tener dinero.

El comentario despectivo de Romney hacia el 47 % de población que apoya a Obama, insinuando que son holgazanes y aprovechadores por obtener algunos beneficios del estado, quedará como una triste anécdota. El tema es más profundo. La postura de Romney respecto al rol del estado es refundar el capitalismo a partir de lo que determinan las esferas del gran capital y no la gente. Imaginemos por un instante ese cetro imperial en manos de un republicano tipo Romney. A mí por lo menos se me vienen a la cabeza un clásico de Stanley Kubrick, Dr Strangelove y ese amor de algunos por lanzar la bomba atómica y la frase famosa de John F. Kennedy en la crisis de los cohetes de Octubre 1962: “Siempre hay un infeliz que no recibe el mensaje correcto”.

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