lunes, 19 de noviembre de 2012

Estados Unidos: Obama y los latinos

Samuel Farber (BRECHA)

La población latina jugó un papel destacado en las elecciones de este 6 de noviembre. La proporción de votantes latinos llegó a su máximo histórico, con 10 por ciento a nivel nacional. De ellos, un significativo 71 por ciento votó por Obama. Las victorias de Obama en los estados reñidos, los "swing states", de Colorado, Nevada y Virginia se debieron, en gran parte, a los latinos que acudieron en masa a las urnas y que votaron por el Partido Demócrata.

En Colorado, 14 por ciento de los votantes fueron latinos y tres cuartas partes de ellos votaron por Obama. En Florida, el estado más reñido, los latinos fueron casi 20 por ciento del electorado y Obama obtuvo casi 60 por ciento de sus votos. En este estado, la proporción a favor de Obama disminuyó un tanto debido a que, aunque 68 por ciento de latinos no cubanos votaron por él, solamente la mitad de los cubanos así lo hicieron. Aun así, esto marca un cambio significativo en el comportamiento de los cubano-americanos, quienes anteriormente formaban un bloque sólidamente republicano.

Esto refleja el peso creciente en esa comunidad de los jóvenes, que se han alejado de la problemática cubana, y de los inmigrantes más recientes, cuya salida de la isla estuvo mucho más motivada por razones económicas que políticas. ¿Cómo se explica el reciente comportamiento electoral de los latinos en Estados Unidos? Ciertamente no se debe a lo que Obama haya hecho por ellos durante su primer período presidencial. De hecho, el gobierno de Obama deportó a 1,4 millones de inmigrantes indocumentados, un verdadero récord, muy por arriba del de los gobiernos republicanos anteriores. Esto no es verdaderamente sorprendente dado que, desde un principio, Obama nombró como secretaria de Seguridad Doméstica (Homeland Security) -el departamento a cargo de inmigración y, por lo tanto, de las deportaciones- a Janet Napolitano, una ex gobernadora demócrata de Arizona que se distinguió por sus respuestas tibias y acomodaticias al racismo antinmigrante imperante en su estado. Además, Obama ni siquiera invirtió capital político alguno para apoyar el muy limitado proyecto legislativo para reformar las leyes migratorias que presentó al Congreso a principios de su primer gobierno. Fue solamente en junio de este año, en medio de la campaña electoral, que Obama anunció que suspendería, por un período de dos años, la deportación de jóvenes inmigrantes indocumentados que reunieran los requisitos de tener un mínimo de 16 años de edad, haber residido en el país por al menos cinco años continuos, asistir a la escuela, o haberse graduado de la enseñanza secundaria o haber cumplido el servicio militar con buena conducta. Estos son los elementos principales del famoso Dream Act (acrónimo de Development, Relief, and Education for Alien Minors, ley de desarrollo, asistencia y educación para extranjeros menores de edad), excepto que la medida adoptada por Obama fue una acción discrecional de tipo administrativo de corto plazo. Más tarde se estipuló que durante esta prórroga los jóvenes afectados no tendrían acceso alguno a la asistencia médica del sector público. Como era de esperar, la población latina reaccionó muy favorablemente a la nueva directiva de Obama.

Sin embargo, sería erróneo concluir que esta fue la principal causa de su apoyo masivo al candidato demócrata. Mucho más importante fue el hecho de que los latinos decidieron recurrir a las urnas para emitir un "voto negativo" contra el racismo republicano, que se ha manifestado especialmente a través de su ley antiinmigrante en Arizona primero, y luego copiada por más de un estado sureño. El candidato republicano Mitt Romney apoyó la ley de Arizona y también abogó por la "autodeportación" de los inmigrantes indocumentados, o sea, por hacerles la vida lo más difícil posible para forzarlos a regresar a su país de origen por cuenta propia. En realidad es muy poco lo que los latinos pueden esperar del nuevo gobierno de Obama. Es posible que el presidente llegue a un acuerdo con los republicanos para aprobar una ley migratoria que, de hecho, no va a responder a los intereses de los inmigrantes. Esta situación pudiera cambiar significativamente si la población latina se movilizara como lo hizo en la primavera de 2006. En aquella ocasión, millones de personas se volcaron a la calle en Los Ángeles, Chicago, Dallas, Nueva York y otras ciudades en las manifestaciones más grandes que Estados Unidos jamás haya presenciado. Fue así como se derrotó la ley Sensenbrenner, que ya había sido aprobada por la Cámara de Representantes aunque no por el Senado. Esta ley hubiera criminalizado la inmigración ilegal. Claro que desde entonces el gobierno federal introdujo subrepticiamente una política similar que dicta el encarcelamiento de los inmigrantes deportados que vuelven a entrar a Estados Unidos sin el permiso de las autoridades, y su deportación una vez cumplida su sentencia.

Conforme a un mito muy extendido en este país, los afroamericanos lograron muchos de sus derechos civiles en la década de los sesenta debido a la bondad y el liberalismo de los gobiernos demócratas de John Kennedy y Johnson. Lo que este mito pasa por alto es que estos gobiernos demócratas se vieron forzados a apoyar las importantes reformas de derechos civiles de 1964 y 1965 por la masiva rebelión negra que tuvo lugar en aquellos años a través de todo el país. Tanto los demócratas como los republicanos apoyaron entonces esas leyes en el Congreso, lo que indica que esa movilización sería el ejemplo a seguir por los latinos, en lugar de depositar su confianza en Obama y el Partido Demócrata.

Samuel Farber nació y se crió en Cuba y es autor de numerosos libros y artículos sobre dicho país. Su libro más reciente es Cuba Since the Revolution of 1959. A Critical Assessment, publicado por Haymarket Books a finales de 2011.

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