viernes, 23 de noviembre de 2012

La revolución y la exigencia de una conciencia revolucionaria

Homar Garcés (especial para ARGENPRESS.info)

Habitualmente, las revoluciones han tenido como rasgos distintivos el descontento y la violencia de los sectores populares excluidos en contra de los sectores dominantes, lo cual ha hecho que -en muchos de estos casos- los representantes de estos últimos fueran pasados por las armas, como ocurriera durante la Revolución Francesa y la Revolución Bolchevique, marcando así una ruptura radical con el orden establecido; o, sencillamente, terminaran disfrutando de un exilio dorado en Estados Unidos o en algún país europeo.

Esto, sin embargo, ha cambiado sobremanera en las dos últimas décadas, especialmente en nuestra América, produciéndose situaciones en las que la hegemonía de las elites ha sido cuestionada, combatida y revertida, haciendo uso de los mismos mecanismos que las legitimaron, como las elecciones y la conquista de los diferentes espacios del poder constituido. De esta forma, en naciones como Bolivia, Ecuador y Venezuela (por citar las más emblemáticas) los sectores populares adelantan cambios de características indudablemente revolucionarias que, más tarde o más temprano, configurarán una revolución de signo socialista que se manifestará en una nueva estructura orgánica de poder, matizada por la toma de decisiones y la participación efectiva de las bases populares, lo que implicaría entonces el establecimiento de unas nuevas relaciones de poder.

Esto ha obligado a los movimientos revolucionarios a rediseñar sus visiones y estrategias, tratando de ajustarse al momento histórico, ya que las previsiones hechas respecto al sujeto histórico que conduciría la revolución socialista no se han concretado totalmente, haciéndose difícil aceptar que algunos aportes teóricos del pasado tengan alguna pertinencia en la actualidad. No obstante, ha habido avances, buscando orientar las nuevas realidades suscitadas bajo lo que se ha terminado por designar el socialismo del siglo XX, estableciendo una diferenciación con lo hecho en la extinta URSS y otras naciones de regímenes similares. Ello ha permitido incorporar elementos que anteriormente no se tomaron en cuenta o fueron minimizados, entre ellos la emancipación femenina, la agro-ecología, la lucha por la tenencia de la tierra, la autonomía de los pueblos indígenas, la preservación de la identidad nacional y la seguridad agroalimenticia, entre otros, que le han imprimido a la propuesta socialista peculiaridades más cercanas a la idiosincrasia de nuestros pueblos.

Tal cosa exige, al mismo tiempo, una conciencia revolucionaria, transformando los patrones de conducta que nos han hecho asumir como cosa natural la existencia del capitalismo y, con él, de las estructuras sobre las cuales han basado su dominio las cúpulas, tanto a nivel nacional como a nivel internacional. Asimismo, ello exige agotar todas las vías posibles que faciliten el protagonismo y la participación de los sectores populares en la toma de decisiones trascendentales. Para lograrlo, es imprescindible la formación teórica revolucionaria permanente de los sectores populares. Sin esto último, la transición hacia el socialismo revolucionario seguirá retrasándose, dándosele cabida -en consecuencia- al oportunismo y al reformismo, sin afectar las estructuras del orden vigente.

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