jueves, 15 de noviembre de 2012

OTAN y su lógica belicista

Antonio Rondón García (PL)

La Organización del Tratado del Atlántico (OTAN), además de mantener vivos sus apetitos bélicos, por encima de crisis económicas y en medio de llamados a la austeridad en Europa, busca hoy un sustancial incremento de gastos militares.

Mientras millones de personas demandan en manifestaciones en el continente poner fin a la práctica de recortar fondos sociales y aumentar asignaciones para los bancos, en Praga el secretario general de la alianza, Anders Fogh Rasmussen, recién llamaba al rearme.

Sin llegar siquiera a los primeros signos de recuperación de la crisis financiera de 2008 y ante el peligro de una nueva ola de recesión en el orbe, la Asamblea Parlamentaria (AP) de la OTAN acordó en la capital checa retomar los desembolsos con fines guerreristas.

Para Rasmussen, cuando se saquen cuentas de cómo resolver los problemas económicos de los europeos, es necesario evitar la caída en una supuesta crisis de seguridad, aunque las estadísticas destacan que en 2009 se gastó más en armas que durante el período de la llamada Guerra Fría.

Hace tres años, los desembolsos globales con fines militares y acciones de guerra superaron la máxima alcanzada en 1988 en tiempos del enfrentamiento de Estados Unidos y la OTAN, por un lado, y el bloque socialista con la entonces Unión Soviética a la cabeza, por el otro.

La cifra de 2009 fue superior al billón 563 mil millones de dólares, después de haber descendido hasta 2000 a un billón 50 mil millones, sobre todo, luego de una reducción en un 40 por ciento de los gastos militares de los estados de Europa central y oriental.

Pero el ingreso de las naciones ex socialistas europeas en la alianza atlántica obligó a dedicar más dinero de sus angostos presupuestos para formar ejércitos con armamentos acordes a los nuevos estándares de esa organización.

Las reducciones de la convulsa década de 1990 en Europa oriental y el declarado fin de la Guerra Fría fue negativo para el sector bélico estadounidense y europeo que vivió una época de privatizaciones, concentración y asimilación de empresas.

De esa forma, la venta de armamentos recayó sobre poco más de una veintena de corporaciones, 19 de ellas estadounidenses y siete británicas y europeas.

Los gastos militares globales superaban los 385 mil millones de dólares hace tres años, a unos mil millones de dólares diarios. El 73 por ciento de los referidos desembolsos se concentró en Estados Unidos y Europa. Apenas en los últimos años se registró una ligera contracción en coincidencia con la crisis financiera global que estalló a finales de 2008 y ya le jefatura de la alianza atlántica vuelve a la carga con la necesidad de una nueva espiral armamentista.

En el reciente trienio, las asignaciones militares disminuyeron en 56 mil millones de dólares, observó Rasmussen en la 58 sesión de la AP de la OTAN.

La reunión en Praga de más de 200 delegados de los 28 parlamentos de las naciones miembros y de representantes de 18 estados asociados al bloque militar pareció dar continuidad a los preceptos de la nueva doctrina de la alianza de marcado carácter extraterritorial.

A principios de este año, Bruselas presentó nuevas cartas credenciales sobre sus tareas estratégicas de extender la defensa de sus intereses a cualquier parte del orbe donde lo considerara necesario, como pareció demostrarlo en la agresión a Libia.

Claro está que para operaciones de guerra como la del norteño país africano, es necesario elevar gastos.

De hecho, en el encuentro parlamentario se llegó a insinuar que el incremento de las asignaciones para la industria bélica puede, de cierto modo, ayudar a solventar la crisis económica en Europa.

Lo cierto es que mientras la jefatura de la Unión Europea llama a los estados miembros a ser más austeros, reduce o elimina subsidios y cada día se cierran puestos laborales como consecuencia de recortes presupuestarios, Rasmussen aboga por incrementar el gasto militar. Una rara lógica la de la OTAN.

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