lunes, 19 de noviembre de 2012

Un viaje hacia las utopías revolucionarias (LIX): “Esperando a Godot”

Manuel Justo Gaggero (especial para ARGENPRESS.info)

Tomando la licencia de relator he decidido, en esta nota, referirme a las vivencias personales de aquél 17 de noviembre de 1972, intentando aportar una visión diferente a la que se ha trasmitido desde las distintas vertientes del “justicialismo” o desde los núcleos que lo recuerdan como el “día del militante”, en un hotel cinco estrellas, ubicado en un lugar turístico y con la participación de un gobernador, socio de la Barrick Gold.

He tomado el título de la obra maestra de Samuel Barclay Beckett, escritor y dramaturgo irlandés, premio Nobel de literatura en 1969, y uno de los mejores exponentes del llamado “teatro del absurdo”, porque lo que sucedió, en aquel mes de noviembre del año de la masacre de Trelew, tiene algo de ilógico para aquellos, que durante 18 años, habíamos luchado por la vuelta del General.

Veamos cuál era el escenario.

La Dictadura Militar que había derrocado al Presidente Illia y generando un país que “es una regencia de bayonetas custodiando el privilegio extranjero” como diría John William Cooke, y que recibiera el apoyo de Estados Unidos y de la gran burguesía, había tenido que enfrentar una fuerte resistencia obrera y popular.

Su proyecto, de establecer un modelo económico que se acomodara a la división internacional del trabajo impulsada por el neoliberalismo en todos los países dependientes, generó rechazo, primero de los trabajadores de las industrias desmanteladas o concentradas como era la del azúcar, que apuntaba a favorecer al Ingenio Ledesma y a los Blaquier, luego la de los estibadores portuarios frente a la privatización de la actividad en los puertos y finalmente de todo el movimiento obrero combativo liderado por Raymundo Ongaro, Agustín Tosco, René Salamanca y Atilio López, entre otros.

Al mismo tiempo surgían organizaciones revolucionarias que cuestionaban el poder de las clases dominantes y, mediante la lucha armada, apuntaban a lograr la Liberación y el Socialismo.

Esta situación determinó que Onganía primero y luego Levinsgton, fueran desplazados por Alejandro Agustin Lanusse -un ex golpista de 1951 in multado en el “primer peronismo”- el que comenzó a preparar la “transición” del Estado Autoritario a un “Estado de Derecho”.

Los verdaderos dueños del poder -la burguesía financiera y agroindustrial- habían llegado a la conclusión de que un acuerdo entre los partidos “democráticos”, con el visto bueno del General y del dirigente radical Ricardo Balbín, y la firma del Gran Acuerdo Nacional, permitiría disciplinar a la clase obrera mediante un Pacto Social que pusiera topes a sus reclamos, al mismo tiempo que la legalización de la actividad política, tranquilizaría a los sectores medios.

De esta forma las organizaciones armadas revolucionarias quedarían aisladas y podrían ser reprimidas “legalmente”.

En ese entendimiento, se comienza a preparar el regreso de Perón que ya estaba en un laberinto conducido y generado por José López Rega e Isabel Martínez, que contaban con el respaldo de la derecha del Movimiento.

Nosotros, en Paraná, habíamos participado del entierro del “petiso Ulla” en Santa Fé, asesinado en Trelew y manteníamos vínculos estrechos con el Frente Revolucionario Peronista que lideraba Armando Jaime, con las Fuerzas Armadas Revolucionarias, con el Frente Peronista de Liberación dirigido por Eduardo Salvide y con el Ejército Revolucionario del Pueblo a través de mi hermana Susana.

Nuestras diferencias con la burocracia política y sindical del Movimiento se habían ahondado y teníamos una mirada distinta del accionar de Perón, de cuando empezamos a participar en política, en 1954 en la Unión de Estudiantes Secundarios -UES-.

Ya no lo considerábamos un líder revolucionario por la distancia que había puesto de las organizaciones que, en el Tercer Mundo, con las armas en la mano, luchaban por un mundo mejor.

Los militantes de aquellos años no éramos “profesionales”, ni buscábamos cargos electivos, ya que entendíamos que debíamos ocupar el lugar que fuera mas útil para conseguir los objetivos de transformación profunda de nuestra sociedad que nos planteábamos.

Inspirados en la moral “guevarista”, intentábamos con muchas imperfecciones y dificultades, hacer de nosotros, hombres nuevos.

Aún con la desconfianza que nos generaba este retorno pensamos que era el final del “Perón Vuelve” que nos había motivado en todos esos años.

Mientras algunos compañeros preparaban algunos colectivos para viajar a Buenos Aires, empezamos a organizar actividades de propaganda armada, ratificando que no admitiríamos que la transición supusiera la impunidad para los responsables de la desaparición de Luis Pujals, los esposos Maestre y Verd, Martins, Centeno, Brandaza y los fusilados en Trelew; entre otros crímenes de la Dictadura.

Al mismo tiempo, en los volantes reclamábamos que se garantizaran los reclamos de los trabajadores y el respeto a los movimientos de base en los sindicatos, se impulsara una profunda reforma agraria, se reestablecieran las relaciones diplomáticas y comerciales con Cuba, y con Vietnam, ya cerca de su Liberación definitiva, entre algunos de los objetivos que nos planteábamos; en el marco de una democracia participativa.

El día indicado comenzamos, desde muy temprano, a recorrer los barrios de la ciudad en un camión con un parlante con la consigna “los que estén con Perón que se suban al camión”.

Cuando ya éramos una multitud y se ocultaba el sol, al final de la tarde, apareció la policía y nos ordenó que nos dispersáramos, señalando que estaba vigente el estado de sitio, que prohibía todo tipo de concentración.

Decidimos no acatar y comenzó la represión con gases lacrimógenos, siendo detenidos 17 militantes populares, entre los que me encontraba.

Recuerdo que ya en la Jefatura pasamos lista de los que estábamos entre rejas.

Entre otros habían sido detenidos y golpeados, queridos amigos, como Rolando Zárate, Luis María González y el gordo “Gauna”.

Nos sentíamos felices porque, finalmente, el “Viejo” había llegado sin problemas en un avión de Alitalia, contratado especialmente y en el que lo acompañaban dirigentes de todas las corrientes del Movimiento.

A los pocos meses se confirmaron, lamentablemente, nuestras prevenciones y lo que nos preocupaba.

La organización de la Triple A, el apoyo a la burocracia sindical liderada por Lorenzo Miguel y la incidencia de López Rega con el respaldo de quién como diría Beethoven “era un grande hombre”, escribieron la historia del Terrorismo de Estado y del genocidio, que acompañó la instauración de un modelo de desarrollo económico que aún perdura.

De este 17 de noviembre, hace cuarenta años, no nos olvidaremos.

Manuel Justo Gaggero es abogado. Ex Director del Diario “El Mundo” y de las revistas “Nuevo Hombre” y “Diciembre 20”.

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