martes, 11 de diciembre de 2012

Aguafuertes Ambientales: Nube tóxica en Buenos Aires… no quiero ni pensar…

Ricardo Luis Mascheroni (especial para ARGENPRESS.info)

Todos los que ya no somos tan jóvenes, tal vez recordemos, una famosa publicidad de un conocido pegamento, que por lo general se pasaba en los cines, en la cual a partir de un pequeño incidente doméstico, los servicios de emergencias (bomberos) llegaban al lugar del hecho y en una cadena de desaciertos chaplinescos, terminaban destruyendo todo.

Algo parecido se produjo en el puerto de Buenos Aires, días pasados, ante el escape o rotura de un recipiente conteniendo un producto tóxico destinado a la preparación de plaguicidas (insecticidas), que diera lugar a dimes y diretes y una gran cobertura de prensa, que se repartía entre este hecho, los coletazos e implicancias del fallo de la Cámara Civil sobre la guerra Clarín-Gobierno y la copiosa lluvia caída en aquella ciudad.

Cuál o qué era el químico liberado, es secundario a los fines de esta nota, no lo es para quienes debían o deberían actuar en la prevención o minimización de los impactos provenientes del incidente, que casi tres horas después de ocurrido, todavía no sabían de qué producto se trataba a tenor de los distintos reportes periodísticos.

Lo central es que infinidad de productos de igual toxicidad o directamente letales, ingresan al país o se transportan a lo largo y ancho de toda su geografía, atravesando en muchos casos ciudades de miles, cientos de miles o millones de habitantes, sin que los organismos encargados de velar por la seguridad de las personas en cada rincón de la misma, sean notificados con la antelación que el caso requeriría ante eventuales accidentes, o tengan la suficiente preparación y coordinación para evitar consecuencias lamentables.

No quiero en la presente cargar las tintas sobre los sufridos servidores públicos, que muchas veces exponen sus vidas y su integridad física con entrega y valentía, en condiciones precarias y sin los elementos adecuados.

Si quiero desnudar la impericia, falta de idoneidad e improvisación de aquellos que tienen la responsabilidad de evitar y minimizar las consecuencias de este tipo de eventos, que no son excepcionales y que se reiteran con demasiada asiduidad para mi gusto.

Valgan a tales fines y como ejemplos: el lamentable y doloroso caso de Cromagnón, el accidente ferroviario de Once, la caída cada vez más reiterada de edificios en construcción o el derrame de gas cianhídrico ocurrido en la ciudad de Avellaneda en 1993, que diera lugar al dictado de la hipócrita Ley 24.605, que instituyó el Día Nacional de la Conciencia Ambiental, o la muerte de 25 bomberos voluntarios de entre 11 y 22 años, intentando apagar un incendio en Puerto Madryn, Chubut en 1994; entre tantos otros desastres.

Lo ocurrido en el puerto capitalino, nos habilitaría a decir como en muchas historias y relatos, que cualquier parecido con la realidad, es pura casualidad.

El incidente dejó a la vista la incompetencia, la negligencia y la impericia de los que tienen a su cargo las áreas pertinentes que deben atender estas emergencias. Tan es así, que en las primeras horas de ocurrido el mismo, las órdenes, alertas y recomendaciones, eran tan descabelladas y contradictorias, que podrían haber generado, de haber sido otro el químico, un desastre de magnitud.

Como Dios atiende en Buenos Aires, la lluvia ayudó bastante, por lo menos para aplacar la nube.

Quiero, sin ser un experto en catástrofes, y a tenor a los informes de prensa, resaltar algunas acciones o comportamientos que reafirman lo expresado:

1.- Tratamiento del producto con agua no bien iniciado el escape, lo que demuestra que no se sabía en qué consistía el mismo y que nadie consultó con la fojas de ruta del mismo (obrantes en el puerto, o eso creo) para saberlo, lo que agravó el problema.

2.- No utilización inmediata del equivalente local de la cadena nacional de medios de comunicación, con una conducción centralizada, que en principio impidiera que la gente salga a la calle hasta que se sepa cómo actuar, ya que en este aspecto las recomendaciones eran imprecisas.

3.- En estos casos, se debe impedir que los medios de transporte “entren con pasajeros” a la zona en cuestión, no interrumpir los servicios, lo que provocaría que en la necesidad de evacuaciones masivas, no se cuente con disponibilidad de ellos para agilizar las mismas.

Sinceramente espero, en beneficio de todos, que estas lecciones dolorosas sirvan para tomar nota y actuar en consecuencia, ya que en caso contrario y como lo expreso en el epígrafe, no quiero ni pensar, si en algunas de las centrales nucleares tan caras al sentir del Gobierno Nacional, se produjera un accidente de mediana intensidad, cuáles serían las consecuencias.

Si así no lo hicieran, Dios nos libre y guarde.

Ricardo Luis Mascheroni es docente.

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