jueves, 1 de marzo de 2012

La actualidad internacional y la revolución bolivariana (Parte I)

Norberto Bacher (especial para ARGENPRESS.info)

Es imposible caracterizar con precisión la actual situación mundial sin entender la ya prolongada crisis que cruza a todo el sistema capitalista mundial.

Si se toma como fase inicial de esta crisis agosto de 2008, cuando estalló en Estados Unidos (USA) la denominada crisis de las hipotecas, con la secuencia inmediata de derrumbes bursátiles, quiebras financieras y bancarias, el primer rasgo resaltante es la extensión de la misma, su prolongación en el tiempo, sin antecedentes en el capitalismo que emergió después de la 2ª Guerra Mundial (1945), es decir desde hace más de sesenta años, crisis que está próxima a los cuatro años y cuyas perspectivas –conforme a los últimos acontecimientos – es a un agravamiento.

En realidad las causas más profundas de la crisis se remontan a mucho tiempo atrás, al menos más de dos décadas, pero a través de distintos mecanismos económicos y políticos (en realidad una combinación inseparable de ambos factores) la burguesía mundial pudo ir controlando sucesivas recesiones y convulsiones financieras localizadas, recuperando tras cada sacudón el proceso global de acumulación del sistema.

Ahora la crisis es mucho más grave que en el 2008, porque aparece comprometido el capitalismo mundial en su conjunto, con mayor gravedad en sus principales centros, lo que acostumbramos a mal llamar primer mundo: USA, Europa, Japón. Por eso se habla de crisis sistémica, aclarando inmediatamente que nos estamos refiriendo sólo a la base material, objetiva, económica, en la cual se sustenta el modo de producción capitalista.

Esto no significa de ningún modo desconocer que esta situación crítica de la estructura económica se entrecruza con otros aspectos no menos críticos, que afectan seriamente la vida humana y tienen su origen en el propio modo de producción capitalista, como la indudable crisis ecológica y la cultural, pero que no serán motivo de este análisis.

En realidad la fecha antedicha, agosto de 2008, indica el estallido de una enorme burbuja de capital especulativo, sólo la fase financiera de la crisis, incubada desde mucho antes, como se dijo. Pero la crisis, que ya ninguno de los ideólogos y propagandistas del capital puede desconocer, no se reduce al aspecto financiero, como pretenden engañosamente hacernos creer esos mismos personajes, buscando la solución de la misma a través de regulaciones nuevas o diferentes a los flujos del capital financiero en el circuito mundial, como infructuosamente están intentando en las sucesivas cumbres del G 20.

El segundo aspecto importante a señalar es que la crisis en que está sumergido hoy el mundo es una crisis de la estructura productiva, intrínseca del modo de producción capitalista, crisis que comenzó a gestarse a partir de la década del 70.

La crisis en realidad comenzó con un proceso de superproducción, como todas las crisis capitalistas importantes. La creciente productividad del mundo capitalista, fruto de constantes innovaciones tecnológicas, no encuentra como contrapartida un alza simétrica de la demanda, por las necesidades propias del capital, de aumentar la productividad sin un alza correlativa de los salarios reales, es decir que el crecimiento se realiza en base a una mayor explotación. En este momento, gran parte de la economía mundial está por debajo del crecimiento vegetativo o directamente negativo (recordar que para mantener un crecimiento vegetativo el PIB mundial debe estar alrededor del 3% anual).

Una vez más se verificó el análisis marxista de la crisis: los ciclos de las crisis se gestan en la producción, aunque se visualizan en forma tardía por sus efectos, cuando estallan los mercados financieros y asociados a esos derrumbes bursátiles aparecen las corridas y quiebras bancarias. Vale como comparación: cuando nos afecta una bacteria o virus, nos enteramos porque aparece la fiebre, que es un síntoma, no es la causa de la enfermedad, sino que expresa un trastorno mucho más profundo. El funcionamiento de las bolsas, que tienen una dinámica especulativa propia, que en sus oscilaciones cotidianas sólo refleja los rápidos desplazamientos de capital de un sector de la economía a otro, cuando sufren convulsiones de magnitud, generalizadas en casi todos los mercados y prolongadas en el tiempo, como está ocurriendo en los últimos años, son manifestaciones convulsivas de quiebres profundos en el corazón productivo del sistema, un epifenómeno de la crisis sistémica.

Sin embargo el tercer elemento más relevante de esta crisis, no está en el aspecto económico de la misma, si no que lo más significativo es que coincide con el fin de un ciclo de hegemonía mundial, es decir que la crisis económ ica es a la vez la crisis de un largo ciclo de hegemonía mundial del imperialismo yanqui, hegemonía que la potencia yanqui consolidó con la 2ª Guerra Mundial y ahora está en franca declinación. Se ha entrado –y desde hace tiempo – en un período de abierta disputa por esa hegemonía y probablemente la resolución de la crisis mundial estará asociada también a la posibilidad de resolver esta crisis de hegemonía, es decir a una nueva configuración del mapa geopolítico.

Habrá que ver si el capitalismo puede resolverla exclusivamente por medios políticos, sin recurrir, como sucedió en las grandes crisis del siglo XX, a la guerra. Los movimientos militares de las últimas semanas indican, al menos, que el sector más fascista del imperialismo se prepara seriamente para esa última alternativa.

De lo que no hay dudas, es que en lo inmediato las distintas fracciones de la burguesía mundial han acordado en resguardarse imponiendo las clásicas recetas del FMI, para que los costos de la crisis la soporten las espaldas de los sectores asalariados. Como ocurrió siempre, la posibilidad que tengan de aplicarlas con mayor o menor rigor no se define en la esfera de la economía, sino en la capacidad de resistencia y organización que demuestren los explotados.

I- Disputas capitalistas

El imperialismo yanqui no logró su supremacía mundial por azar. El actual es un capitalismo muy diferente al heredado de la primera y segunda Guerra Mundial, que en su momento estallaron como una forma de resolver sucesivas crisis, propias del sistema capitalista. No se puede entender la lógica actual de funcionamiento del capitalismo que nos toca enfrentar sin verlo en esa perspectiva, en sus grandes líneas, como heredero de esas confrontaciones intercapitalistas, interimperialistas, del siglo pasado.

El siglo XX nació bajo el signo de la lucha entre imperialismos, por imponer una nueva hegemonía mundial, ya que los viejos sistemas coloniales, con la supremacía hasta ese entonces del Imperio Británico y la libra esterlina, no reflejaba el ascenso de los nuevos capitalismos, particularmente alemán y estadounidense, con alto grado de concentración monopólica y crecientes necesidades de mercados y fuentes de abastecimiento de materias primas. La disputa por la hegemonía condujo directamente a la primera Guerra Mundial del 14/18, que por esa vía buscaba resolver un nuevo alineamiento y la supremacía mundial. Sin embargo, aunque desde el punto de vista militar hubo vencedores (Tratado de Versalles), tuvo que recorrerse un largo periodo de más de veinte años, el que media entre la 1ª y la 2ª Guerra Mundial, para resolver la crisis de hegemonía.

Sin embargo esa 1ª guerra trajo consecuencias que no estaban dentro de las previsiones de ningún bando capitalista: se produjo la primera Revolución Obrera en el mundo, con lo cual un nuevo actor, el proletariado y los explotados, aparecían como una alternativa real de poder frente a las fracciones capitalistas. Surgió un nuevo estado de conciencia del proletariado, lo cual le planteaba tanto a la burguesía mundial como a las direcciones obreras reformistas de esa época una situación inesperada para ellos, con nuevas formas de organización de los trabajadores para enfrentar las crisis del capitalismo, como los nacientes Consejos y Comités de fábricas, que ponen en discusión el derecho de la propiedad privada sobre los medios de producción, base del poder burgués. Para los no capitalistas, que son la inmensa mayoría del pueblo, apareció otra posibilidad para enfrentar las consecuencias sociales de las crisis capitalistas, situación que resulta insoluble si la posibilidad de superar las crisis se limitan a la esfera de la economía, a meras medidas económicas, por más audaces que estas pudieran parecer en su momento.

No hay crisis económica, por grave que sea, que acabe por si misma con la hegemonía política y social del capital y la burguesía. Las crisis se resuelven, en última instancia, en el terreno de la lucha de clases.

Cabe agregar que esta última fue la perspectiva histórica de Marx y los principales revolucionarios de aquella época sobre las crisis, desmintiendo de paso a quienes acusan al marxismo de ser un economicismo. Para el pueblo las crisis del capitalismo se resuelven desde la lucha de clases, o sea que es el momento histórico en el cual se plantea como tarea necesaria y de actualidad poner en el debate público en beneficio de cual clase se está gobernando, qué clase podrá asumir el poder político.

Fue en este cuadro de alta conflictividad de clases y crisis de hegemonía mundial capitalista que apareció la mayor depresión económica conocida por el capitalismo hasta entonces, la siempre citada crisis del 29/30, cuyo primer episodio comenzó en octubre de ese año con el derrumbe de las bolsas de Wall Street.

La magnitud de esa crisis, que no tenía precedentes en las anteriores, por su extensión, prolongación y por la cantidad de las ramas de producción afectadas, obligaron al capitalismo a implementar un nuevo tipo de políticas para intentar superarla y evitar la agitación social, “el peligro rojo” como decían entonces. Estas medidas salían del marco impuesto hasta entonces por la visión tradicional del liberalismo económico, amarrada al prejuicio que la “oferta genera su propia demanda”, al cual pomposamente le daban carácter de ley económica y que además lo aceptaban como un hecho incuestionable.

Es pertinente recordar que recientemente el neoliberalismo –repitiendo una vez más que no es un sistema ajeno al capitalismo sino un conjunto de medidas económicas dentro del propio sistema, eslabonadas en interés hegemónico del capital financiero – volvió a introducir ese viejo prejuicio como si fuese una mandamiento inexorable: que la economía debe quedar librada al criterio “de los mercados”. Bajo otra forma se reproducía la antigua falacia, la oferta debería generar su propia demanda. En este caso ofertando y promoviendo la inversión de capitales, que actualmente sobreabundan a nivel mundial. Por eso la gran preocupación del capitalismo actual es cómo venderlos, a una tasa de interés que no derrumbe su rentabilidad, su tasa de ganancia. Con la crisis actual, como en aquel lejano 1929, este interesado prejuicio volvió a mostrarse tan falso como impotente.

El estallido del 29 no hizo más que exponer con brutalidad lo que todos los capitalistas sabían desde hacía más de treinta años: el eje de la economía mundial se venía desplazando rápidamente del juego del libre mercado hacia el predominio de los grandes monopolios, que controlaban los “mercados” de las principales ramas de producción, produciéndose una suerte de “socialización bajo pocas manos” de sectores centrales de la economía, aumentando enormemente su capacidad productiva y agrandando cada vez más la distancia que hay entre la capacidad capitalista de oferta y la posibilidad de consumo de las grandes masas, posibilidad que siempre está limitada por un nivel de ingresos salariales amoldado a la necesidad y criterio de la ganancia del capital.

La burguesía mundial, en sus principales sectores, rápidamente comprendió en ese momento que para salir de la gravedad de la situación, potencialmente prerevolucionaria, debía imponer un giro sustancial a sus políticas económicas. En lugar de esperar que se reinicie lentamente el proceso productivo, luego del largo período de paro productivo, tras agotarse los stock, se decidió recurrir al gasto público, utilizando las palancas del Estado que controlaban, para estimular en el corto plazo el consumo mediante un conjunto de medidas fiscales, monetarias y de redistribución del excedente nacional.

La utilización del gasto público como una palanca para estimular la demanda se impuso como un nuevo criterio, que vendría a ser el predominante durante los siguientes cuarenta y cinco años en casi toda la política mundial, conocido como políticas “keynesianas”, que tienen en su base una nueva forma de INTERVENCIÓN DEL ESTADO en los fluctuantes ciclos de la economía capitalista. De paso debe decirse que es una falsedad propagada en los últimos años por los neoliberales la “no intervención del Estado”. Toda la historia del capitalismo muestra que, bajo distintas formas o modalidades, el Estado nunca dejó de intervenir en la economía, a favor de una u otra fracciones de la burguesía. Lo que cambió con la crisis del 30, fue la forma específica de esa intervención. Tanto en su versión “democrática” en USA, como bajo su forma fascista en Alemania, esas fueron las políticas que el capitalismo mundial utilizó para intentar remontar esa crisis del 30.

Pero lo que realmente permitió al capitalismo salir de esa situación de enorme sobreproducción no fueron esas políticas económicas “proactivas” (como también se las conoció) sino que fue la 2ª Guerra Mundial (1939-45). La guerra significó una inmensa destrucción de fuerzas productivas, tanto de trabajo vivo como de trabajo acumulado (capital), después de lo cual el capitalismo mundial comenzó un largo y exitoso ciclo de expansión y crecimiento, que se extendió hasta comienzos de la década de los 70.

II- Crisis de la hegemonía yanqui

La hegemonía que Estados Unidos logró imponer con esta guerra tuvo su base no sólo en su condición de amplia supremacía militar, sino también en la revitalización de su aparato productivo, que a diferencia del capitalismo europeo o japonés no fue afectado por la acción bélica y se fortaleció en su tecnología. Además, una inmensa área geográfica quedó bajo su exclusivo control, como la del Pacífico, extendida desde la costa oeste de su territorio hasta la lejana Australia. La imposición del dólar como moneda mundial afianzó o consolidó esa hegemonía (1944- Bretón Woods) y fue, en cierta medida, el reflejo en el plano de la economía mundial de los factores objetivos señalados, que aseguraron la supremacía yanqui en la posguerra, por un período que se extendió por más de medio siglo.

El largo ciclo expansivo de la 2ª posguerra mostraba su agotamiento a finales de los 60. Las respuestas de masas a esa situación, que comenzaban a gestarse incluso en el corazón de la vieja Europa, implicaban un alto riesgo para el capitalismo mundial, que veía amenazada el estatus de convivencia y reparto de áreas de influencia que existía de hecho con el bloque del socialismo soviético, gestado a partir de los acuerdos de posguerra, como los de Yalta, Postdam y afianzado luego por la política de coexistencia pacífica anunciada por Jruschov, pocos años después de la muerte de Stalin.

La decisión adoptada en agosto de 1971 por el gobierno de Nixon, suspendiendo la convertibilidad del dólar en oro, que para esa época tenía una equivalencia que oscilaba alrededor de 35 dls/onz troy (31,10 gr), era una forma implícita de reconocer la seriedad de la crisis que reaparecía y que golpeaba otra vez a las economías capitalistas. Esta medida unilateral del capitalismo yanqui lo liberaba para adoptar futuras decisiones monetarias, que permitiesen aumentar su capacidad de maniobra económica frente a la tormenta anunciada.

Las políticas anti-cíclicas implantadas desde los años 30, que en la posguerra sirvieron para extender por dos décadas – principalmente en los países de capitalismo desarrollado – una prosperidad que burgueses y reformistas se ilusionaban con perpetuar, se mostraban como absolutamente inútiles para controlar una situación que la economía capitalista desconocía, en la cual estancamiento e inflación elevada se combinaban, lo que se conoció desde entonces como “estanflación”. Ocurría que nuevamente el capitalismo mundial enfrentaba un proceso generalizado de sobreproducción, lo cual se entrecruzaba con una enorme masa de sobreacumulación de capitales.

No bastaba con reiniciar un nuevo ciclo de expansión productiva tras el agotamiento de los stocks por la clásica vía de renovaciones tecnológicas y el impulso a nuevas ramas de producción, sino que también era necesario darle un cauce a esa enorme masa de capital. Las políticas monetaristas que prevalecieron desde entonces, con eje en las inversiones especulativas (financieras), articuladas bajo el dogma conocido como neoliberalismo, respondieron a esa necesidad capitalista de reajustar todo el ciclo de acumulación.

La economía de Estados Unidos pudo desatarse de antiguos compromisos con sus socios capitalistas gracias a la liberación cambiaria del dólar iniciada con Nixon, con lo cual desde entonces pudo trasladar esa crisis al resto de las economías, por vía de la libre fluctuación de su moneda, que es también la moneda mundial. El resultado concreto de esta medida puede apreciarse en toda su magnitud ahora, cuarenta años después. El precio actual del oro cotiza aproximadamente a 1700 dls/onza troy. ¿Qué nos dice esto? El valor del oro, en el sentido de lo que es el valor de una mercancía (el tiempo de trabajo social necesario para producirla) prácticamente no cambió, sigue siendo el mismo de aquella época. Lo que varió es su precio en dls, o lo que es igual, disminuyó la proporción de riqueza real que hay atrás de cada dólar que circula mundialmente. Un simple cálculo aritmético muestra que la riqueza potencial de la economía estadounidense que debería respaldar a su moneda ha caído nada menos 48 veces (1700/35) en cuatro décadas, o sea un promedio de 12 veces por década.

Esta situación sólo fue posible de mantenerse porque USA tiene el monopolio de la moneda mundial y al costo de un endeudamiento desmesurado de su economía, astronómico, que hoy se calcula, sólo para la deuda pública del gobierno federal en prácticamente igual al l00% del PIB anual. Cómo término de comparación debe recordarse que los acuerdos fundacionales de la Unión Europea establecen para cada país un máximo de deuda tolerable hasta un 60 % de su PIB, aunque en la actualidad prácticamente ninguno cumple esa pauta y superan ampliamente ese nivel de deuda. En el caso de USA, si a la deuda pública federal se agrega las deudas de cada Estado y la deuda del sector privado es absolutamente impagable. Aunque nos cueste pensarlo de esta forma, por el impacto ideológico que lapublicidad burguesa nos ha impuesto, en realidad ocurre que la estructura productiva de la superpotencia fue quedando relegada, retrasada, frente a la de sus competidores de los otros países capitalistas, que es un factor decisivo para la apropiación de la tasa de ganancia.

La economía yanqui atraviesa un largo período en el cual viene perdiendo competitividad en términos capitalistas. Situación que no es reciente, que ya estaba presente en los años 70 en muchas ramas de la producción – recordar la “invasión” de la industria automotriz japonesa al mercado interno yanqui – y que a lo largo de las últimas décadas no ha hecho más que acentuarse, como tendencia generalizada.

Con el gobierno de Reagan, a inicios de la década del 80, la reestructuración que necesitaba la burguesía para recuperar la rentabilidad de sus capitales llegó y despejó el camino para imponer una combinación de estímulo a las inversiones financieras sobre las productivas y reorganización de los procesos del trabajo de las cadenas de producción en función de obtener mayor apropiación de plusvalía. En la misma época, el mismo tipo de políticas se consolidaron en Gran Bretaña con el gobierno de Thatcher, para expandirse muy pronto por toda la geografía capitalista, derribando todo tipo de barreras jurídicas, obstáculos políticos y resistencias sociales, en una acción concertada desde los grandes “centros pensantes” del capitalismo mundial, como la Trilateral Comisión y concretamente en nuestro continente mediante el llamado “Consenso de Washington”, que logró imponerlas a través de la mano dura de dictaduras o la complicidad de gobiernos aparentemente democráticos, a los cuales con exactitud Eduardo Galeano denominó como “democracias tuteladas”.

El triunfo de las políticas neoliberales no hizo más que postergar en el tiempo la emergencia de las tendencias profundas de la economía yanqui, que culminan con la fase financiera de la crisis de 2008. A pesar de ciclos expansivos temporales, que entusiasmaron a sus clases dirigentes y potenciaban su capacidad propagandística acerca de las bondades del “american way of life” – facilitada también por el colapso soviético – los últimos veinte años muestran sucesivas recesiones de esa poderosa maquinaria. Antes del estallido financiero ya era visible uno de los efectos más graves de la crisis que se incubaba: el estancamiento de los salarios reales, con la consecuente caída del consumo de gran parte de la población, que se sostuvo sobre la base de un crecimiento exponencial de la tarjeta de crédito y la consecuente caída de la capacidad de ahorro del ciudadano estadounidense. A medida que el “sueño americano” se hacía más inalcanzable para una creciente parte de su población se producía un ascenso vertiginoso del negocio de la guerra. El gasto militar y de defensa, a partir de la “guerra de las galaxias” y las sucesivas aventuras militares iniciadas desde la época de la 1ª Guerra contra Irak en 1990, no dejó de crecer, lo cual aceleró las necesidades de financiamiento de un Estado sobrepasado por sus deudas.

La extensión y gravedad de la crisis, que no encuentra resolución, sacó a la luz la basura acumulada durante más de treinta años debajo de las alfombras doradas del capitalismo más desarrollado de la historia. De hecho está en curso un ajuste dramático que se verán obligados a profundizar, lo cual significa una enorme licuación (depreciación) de activos físicos y financieros y mayor empobrecimiento para una amplia franja de esa sociedad.

Esta suerte de purga económica es como liberar presión de una caldera que necesita ser descomprimida ante la amenaza de estallido, que en este caso llevaría a una parálisis mayor del aparato productivo. El camino a recorrer para realizar esta suerte de depuración ha comenzado a fracturar seriamente a las elites políticas y empresariales del imperio. Se evidencia, por ejemplo, en las trabas que el Congreso pone a sucesivas medidas presupuestarias propuestas por Obama o en la suerte de parálisis en la que ha entrado la comisión bicameral del mismo, designada para que antes de fines de noviembre se expida sobre los sectores en los cuales deberían hacerse recortes para disminuir el gasto público por un monto de 1,2 billones de dólares, que no logra ponerse de acuerdo.

Un sector de la clase dirigente –por ahora minoritario – impulsa recortes y regulaciones más rigurosas a los enormes privilegios que el sector financiero acumuló en este período neoliberal, con la ilusoria esperanza de retornar a los patrones productivos del capitalismo de la 2ª posguerra, tomando como ejes de política económica algunos de los utilizados en la década del 30.

En tanto se definen posiciones, la política global del imperialismo yanqui continúa bajo las orientaciones del poderoso complejo militar industrial, cuya meta es recuperar a corto plazo una hegemonía mundial que se les escapa de las manos, al precio de las guerras que sean necesarias. Necesitan actuar antes que esa tendencia sea irreversible.

En el medio de esas disputas intestinas está creciendo, por primera vez desde los años de la guerra de Vietnam, la indignación popular, limitada aún a un sector minoritario y sin dirección política precisa, pero que aparece como una sombra amenazante para el bipartidismo, mediante el cual la mayor plutocracia de la historia controla a Estados Unidos.

III- La desunión europea

En los últimos meses el epicentro de la crisis se desplazó a las economías europeas, que siguiendo el rumbo trazado en los años precedentes por el capitalismo yanqui recurrieron al endeudamiento público para sucesivos salvatajes de su sector bancario, que técnicamente estaba en una situación de quiebra. De esa forma los riesgos especulativos del sector financiero se transformaron en una descomunal carga de la deuda pública, que ha pasado a ser el problema central en prácticamente toda la comunidad europea y en particular en los países atados al euro.

Esta operación de transferencia de las deudas privadas al sector público pone a los Estados endeudados en grave riesgo de insolvencia, con lo cual la opción de financiar sus deudas a través del método de emitir bonos de deuda soberana se encarece notablemente, agravando aún más la situación.

La baja en la calificación de esos bonos de deuda de países europeos que vienen haciendo las agencias que asesoran a los grupos inversionistas (como S&P, Moody’s y Fitch) no hacen más que blanquear la situación real, pero a la vez es la forma que utilizan los grandes grupos financieros para presionar a esos gobiernos –cuya base social está hoy sensiblemente corroída – para que terminen de aceptar las políticas de shock: un recorte drástico del presupuesto estatal (ajuste), para aplicar esos ahorros al pago de la deuda y sus intereses. De hecho los gobiernos europeos ya tienen asumida esa decisión, en consonancia con los intereses del gran capital y con el beneplácito de éste.

La Europa del llamado Estado de Bienestar Social – término demagógico acuñado para eclipsar cualquier perspectiva socialista –, que enorgullecía a reformistas de distinto pelaje, pronto será recuerdo de las viejas generaciones, pues estos recortes se harán a expensas de una brutal pérdida de los beneficios sociales conseguidos por las masas de Europa occidental en la 2ª posguerra.

En este acuerdo se esfumaron las diferencias entre partidos de la derecha y de la izquierda light institucionalizada, de conservadores y liberales, de republicanos y monárquicos, de demócratas y filofascistas. La razón es simple: todos están montados en el barco capitalista y necesitan ponerlo a navegar lo antes posible porque corren muchos riesgos, no sólo el de la ingobernabilidad, sino que la indignación, que ya se adueñó de calles y plazas, haga resurgir en la memoria colectiva de los pueblos europeos la posibilidad de encontrar alternativas diferentes a las del ajuste capitalista, traspasando los límites impuestos por los centros financieros del sistema, con la perspectiva siempre fantasmal de la revolución social. Más allá de las resistencias populares que estas medidas producen, existen serias dificultades para que el barco capitalista europeo vuelva rápidamente a navegar en condiciones aceptables, porque profundos intereses dividen a sus burguesías.

Para comprenderlo mejor es necesario recordar como surge la unión económica europea. La integración económica, forjada primitivamente alrededor de un acuerdo franco-alemán de convergencia para la industria siderúrgica, fue una necesidad impuesta para adaptarse a las nuevas condiciones de competencia mundial que convenía a los grandes monopolios y que paulatinamente se hicieron obligantes para todos los países a través de las normativas que impuso la OMC (Organización Mundial del Comercio), aboliendo las barreras proteccionistas nacionales.

El período de bonanza que vivió el capitalismo europeo con la oleada neoliberal fue posible por esa integración, porque aisladamente difícilmente hubieran podido competir con sus socios yanquis, con la elevada productividad del capitalismo nipón y con la arrolladora irrupción de China en el mercado mundial. Cabe aclarar que esa bonanza tampoco alcanzó para todos, ya que parte de la juventud y especialmente los inmigrantes fueron relegados a recibir sólo las sobras de lo que parecía un interminable festival consumista.

Con la aparición del euro como moneda de la comunidad económica se creyó alcanzar el momento más esplendoroso de la unión, al punto que la posibilidad de destronar al devaluado dólar como moneda mundial no aparecía como una meta ni utópica ni tan lejana.

Contradictoriamente, las fortalezas fundacionales de esa unión – moneda común y disciplina (rigidez) sobre la deuda pública y el déficit fiscal- con las que el capitalismo europeo pretendía enfrentar mejor a sus socios anglosajones de ambos lados del Atlántico, con la crisis se trastocaron en lo inverso, en uno de sus flancos débiles. Ahora aparecen como serios obstáculos para superar la grave situación. Por ejemplo, los diecisiete países que cambiaron su moneda por el euro, han resignado uno de los instrumentos básicos para aliviar la carga de sus deudas, porque no pueden acudir a la devaluación monetaria (licuación). En este punto el capitalismo europeo está en desventaja frente a los yanquis, que recurren sistemáticamente a esta alternativa y lo seguirán haciendo. En un contexto mundial de retracción del comercio, la imposibilidad de devaluar la moneda también afecta en forma negativa a la competitividad exportadora europea frente a la de los otros capitalismos.

La dura oposición de Alemania, con el apoyo francés, a cualquier intento de flexibilizar esas normas que impiden la licuación de deuda por vía devaluatoria se explica porque una medida de ese tipo lo perjudicaría en su condición de gran acreedor de la región y porque para bajar su propio endeudamiento, que también creció, cuenta con mejores instrumentos que sus vecinos: las ventajas de su productividad, sustentada en su gran tecnología y un atraso relativo de su costo salarial. La tendencia del eje franco-alemán se orienta a imponerles a sus socios del euro un mayor rigor fiscal a corto plazo y a cualquier costo, para salvar la moneda común.

Si triunfan estas medidas que pretende el gobierno de Ángela Merkel, que parece lo más probable, se deberá darle una suerte de superpoderes al gobierno europeo – y específicamente a sus tecnócratas financieros – para fiscalizar las medidas económicas de cada país, por encima de sus gobiernos e instituciones. Lo cual significaría una clara resignación de soberanía, que no todo el arco político burgués está dispuesto a conceder.

Esta situación no ha hecho más que agravar las tensiones internas de la Unión Europea, al punto que analistas de la burguesía hablan de una “Europa de dos velocidades”, una forma elegante de anunciar la posibilidad de fractura del bloque. Debe recordarse que hace apenas dos o tres años atrás la mayoría de los países del viejo continente hacían cola para que se los admita en el selecto club del euro; ahora muchos están pensando en buscar una puerta de salida.

Gran Bretaña, que para el eje franco-alemán es un socio conflictivo pero indispensable para evitar un continente con dos cabezas, no parece dispuesta con la crisis a desprenderse de ningún elemento de autonomía económica. Debe recordarse que no resignó la libra a favor del euro en momentos de euforia europea, cuando se creía que ese era el sendero al paraíso capitalista de la región. A pesar que los británicos también tienen sus cuentas en rojo y están realizando un plan de ajuste no menos draconiano que en otros países europeos, con una conflictividad social en ascenso, seguirán optando, como lo han hecho a lo largo de casi todo el siglo XX, por navegar como un modesto remolcador en la estela que traza el portaviones yanqui.

Los Estados europeos también se encuentran en peores condiciones que sus socios y competidores yanquis para el financiamiento de sus deudas. En tanto que estos pueden recurrir a la Reserva Federal – que actúa como su Banco Central – para monetizar la deuda pública, los países de la zona euro carecen de esa posibilidad, dado que el Banco Central Europeo (BCE) tiene vedado actuar como prestamista de última instancia de sus gobiernos, sólo puede financiar la banca. De esta forma para los países europeos de la zona euro las alternativas de financiamiento de sus deudas quedan reducidas a nuevos préstamos a altas tasas a través de los mercados de capitales o los préstamos del FMI, condicionantes de toda su economía. Los latinoamericanos sabemos por experiencia que cualquiera de estas alternativas es un salvavidas de plomo para los pueblos.

IV- Un mundo fracturado

La preocupación de las capas dirigentes del capitalismo occidental no termina en sus crisis domésticas ni en las dificultades que esta situación crea para las históricas relaciones e intercambios entre yanquis y europeos. Saben perfectamente que se les está escapando de las manos el control y disposición que tuvieron del mercado mundial en las décadas pasadas, especialmente tras la implosión de la URSS y la balcanización de lo que fue su área de influencia, cuando la inmensa geografía humana del socialismo estatista europeo quedó a disposición del capitalismo.

A pesar que la andanada ideológica de la derecha impuso la idea que con la desaparición de la amenaza soviética se abría una nueva época inevitable e irreversible, plena de armonía, que llamaron mundo unipolar, las contradicciones propias del capitalismo no tardaron en reaparecer. Sin embargo esta situación sirvió por un período a las múltiples fuerzas y agencias del gran capital para controlar las fluctuaciones coyunturales de la economía global, amortiguarlas y adaptarlas a la medida de sus necesidades, económicas, políticas y militares. Pero en la última década esa hegemonía comenzó a ser cuestionada desde distintos ángulos por fuerzas sociales y políticas muy disímiles que emergieron en la escena internacional. Algunas de ellas, paradójicamente, crecieron estimuladas por la mano del propio capitalismo central.

Tal el caso de las burguesías de países como India, Sudáfrica y parte del sudeste asiático, que durante décadas habían sido relegados al papel de importadores de mercancías y capitales o mero suministradores de materias primas, pero que por las necesidades globalizadoras del capitalismo central – entre las que resalta la utilización del bajo costo laboral del tercer mundo - ahora se han constituido en países exportadores al primer mundo de productos industrializados, algunos de avanzada tecnología, además de acreedores de sus clientes occidentales.

Para el capitalismo occidental, pero en particular para Estados Unidos, la gran preocupación estratégica es la China moderna, no por ser difusora de ideología marxista o exportadora de revoluciones socialistas –que nunca lo ha sido –, sino como la mayor potencia emergente que influencia gran parte de la economía capitalista mundial. Es decir como competidor del cual no puede ni deshacerse ni prescindir.

Los yanquis no tienen capacidad política para impedir que la moderna China avance con su comercio en regiones que hasta no hace mucho le eran inaccesibles, porque estaban bajo control yanqui, como el área del Pacífico, áreas del Oriente medio y particularmente América Latina.

Además, la crisis agravó la dependencia estadounidense de China, que necesita, además del acceso a su inmenso mercado interno, que el gigante asiático siga subvencionando al dólar mediante el mecanismo de compra de bonos del Tesoro, vía por la cual China se ha constituido en el principal acreedor financiero de la gran potencia endeudada.

Si en tiempos lejanos, los estrategas del Departamento de Estado tenían la secreta expectativa que el deshielo de las relaciones entre Beijing y el occidente – conocida en esa época como diplomacia del ping-pon –, con la progresiva apertura de China al mercado capitalista, terminaría por corroer el elemental igualitarismo agrario y desmoronar el régimen forjado por Mao, ahora saben que ocurrió lo inverso: los capitales yanquis, sin proponérselo, contribuyeron a fortalecer un Capitalismo de Estado, que ahora es su más serio competidor.

La apertura al capitalismo se produjo en grado tal que China pasó a ser miembro de la OMC, la sociedad agraria se industrializó asimilando la tecnología capitalista e innovándola, el igualitarismo social cedió paso a diferenciaciones internas de clase más profundas en la sociedad china, al punto que florece una burguesía industrial y

financiera. Pero el fuerte Estado creado por la revolución y controlado por la burocracia política del Partido no implosionó – como en el caso soviético – sino que hasta el presente ha mostrado ser lo suficientemente sólido como para controlar el paso conflictivo de una economía planificada a otra con fuerte incidencia del libre mercado, subordinar a las clases sociales y navegar en medio de la larga crisis mundial con mayor prudencia que la demostrada por las viejas seudo-democracias occidentales, totalmente subordinadas a los intereses de las grandes corporaciones capitalistas, ahora con predominio financiero.

El imperialismo yanqui ha tomado consciencia que su estrategia nunca podrá ser convergente con la de los chinos.

Algo similar pasó con Rusia. El desmoronamiento de la Unión Soviética se transformó para el capitalismo mundial en una fiesta no sólo política sino económica. Las políticas neoliberales de los primeros tiempos de la restauración capitalista, impulsadas por paladines como Yeltsin, coincidían con los intereses inmediatos de una ascendente lumpen-burguesía necesitada de desmembrar el poderoso aparato productivo estatal soviético para apropiárselo. Las expectativas de esas elites dirigentes, puestas en ocupar un lugar de privilegio en el mercado capitalista asociándose a la tecnología occidental – superando el estancamiento en que había derivado el socialismo burocrático – se disiparon tan pronto comprobaron que el viejo capitalismo sólo le reservaba un papel satelital como mercado financiero y proveedor de materia prima, especialmente energética para Europa. La nueva burguesía rusa enfrentó el dilema de resignarse a ese papel de país tercermundista que le destinaban sus nuevos socios o recrear un Estado sólido, capaz de garantizarle presencia en un escenario mundial conflictivo, preservar su mercado interno y su entorno histórico de influencia. El desplazamiento que se produjo en pocos años del gobierno del equipo abiertamente neoliberal a uno de perfil más estatista, dirigido por Putin, se explica por esa necesidad de una parte importante de la nueva burguesía y la burocracia estatal, que aunque deslastrada de cualquier idea socialista del pasado en el que se formaron, mantienen con firmeza las ancestrales aspiraciones rusas de gran potencia, heredadas del zarismo y que penetraron incluso el período soviético, determinando gran parte de su política, salvo el breve lapso de dirección leninista y protagonismo proletario.

Ese espíritu gran ruso, sustentado en el fenomenal potencial de su riqueza territorial y en la tradición de un Estado con fuerte incidencia en el desarrollo de las clases sociales, está enraizado en los cuadros políticos y militares que ahora controlan el Estado. La magnitud de la crisis, que agudiza las diferencias entre los países capitalistas, no ha hecho más que consolidar mediante políticas concretas esa visión, que tiene expresiones diplomáticas, tanto en las relaciones de Rusia con sus vecinos – particularmente con los de la cuenca energética del Asia Central - en el fortalecimiento de las alianzas con China, muy deterioradas en tiempos del socialismo estatista, con la estratégica Irán y con la actualización de su poderío militar.

El imperialismo yanqui también ha tomado consciencia que su estrategia es cada vez más divergente de la del sector burgués que gobierna Rusia. Por esa sencilla razón se empeña en rodearla de misiles, que están sembrando en países de Europa oriental.

El fortalecimiento y consolidación acelerado que se observa en los últimos años de alianzas recién nacidas, con distintos niveles de acuerdos, tales como el citado de Rusia y China, consolidado a través de la OCS, el de los capitalismos ascendentes de Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica (BRICS) , la UNASUR, que escapan al control de yanquis y europeos, es la respuesta defensiva a un mundo en el cual la creciente interdependencia económica de los países exigida por la globalización resulta perjudicial para los intereses inmediatos de muchos de ellos y a largo plazo terminaría siendo amenazante para su soberanía nacional, porque se estructuró bajo las reglas de la ganancia capitalista y no de la asociación cooperativa de los pueblos.

Se está configurando un nuevo mapa mundial, multicéntrico o multipolar, para dirimir nuevamente la hegemonía de un mundo, ahora absolutamente capitalista e interdependiente. Pero esta nueva geografía política surge como consecuencia de un creciente conflicto de intereses capitalistas, que recién está en sus primeras fases y sólo tiene manifestaciones bélicas limitadas, pero graves. Se están definiendo nuevas relaciones de fuerza que ponen todo en entredicho, desde la moneda mundial, aún cuando en lo inmediato no se avizore alguna capaz de sustituir al dólar en esa función, hasta las superestructuras políticas internacionales heredadas de la 2ª posguerra, empezando por la propia ONU, que reflejan el mundo de la segunda mitad del siglo pasado, pero no las nuevas relaciones de fuerza que se están conformando.

En este escenario de crisis y confrontación intercapitalista nadie se resignará a ser desplazado y mucho menos los yanquis, cuya estructura económica esta orientada en función del poder hegemónico que mantuvieron por décadas. Cada paso atrás en su capacidad de imposición mundial implica inevitablemente un factor de agravamiento a la ya grave crisis de su economía y las consecuencias sociales que esto implica. Por eso en los últimos meses pudo observarse una contraofensiva yanqui que se manifiesta en diversas formas y en distintos frentes, con aspectos a veces grotescos – como el intento del Departamento de Estado de asociar los iraníes con los narcos mexicanos – y logran disímiles resultados.

Nada indica que esa contraofensiva será abandonada, sino todo lo contrario: las capas dirigentes de Estados Unidos – tanto en su versión demócrata como republicana – están unificados en lanzar una carrera contra el tiempo para frenar cualquier nuevo retroceso en sus áreas de influencia, retomar la iniciativa política donde la perdieron y reimponer su hegemonía por la vía bélica donde no encuentren otra alternativa, mediante conflictos más o menos focalizados.

La satanización de Irán como “Estado terrorista”, la escalada en imponerle sanciones económicas y las maniobras militares yanquis en el Golfo Pérsico, se inscriben en esta perspectiva bélica, porque el régimen iraní es un obstáculo mayor para concretar un plan que data de la época de Bush.

Plan que en su origen se conoció con el nombre de “gran Medio Oriente”, se puso en marcha en 2003 con la invasión imperialista a Irak y cuyo objetivo es poner bajo control imperialista una extensa región, extendida desde el extremo atlántico de Marruecos hasta la zona energética del Caspio en Asia Central, pasando por los países de la costa norafricana y el Medio Oriente, de vital importancia estratégica, porque allí la gran existencia de hidrocarburos se combina con su condición de ruta y puente entre puntos vitales del comercio mundial.

Con el papel de Israel como avanzada de la política imperialista en esa región y la complacencia de las corruptas monarquías árabes proyanquis, esta estrategia está en plena ejecución, a pesar de las adecuaciones que las nuevas circunstancias impusieron en el 2011, fundamentalmente la crisis desatada por las revueltas de las masas árabes que jaquearon antiguos aliados imperialistas, como los regímenes de Egipto, Túnez, Yemen y también sirvieron de pretexto para la intervención de la OTAN en Libia.

La ruta imperialista hacia Irán pasa también por terminar de descomponer a su aliado regional, el régimen laico de la vecina Siria, detentado desde hace décadas por el partido Baas, tratando de catalizar hacia una guerra civil –que justifique la intervención extranjera – el descontento generado en un sector no despreciable de su población por el carácter autoritario del sistema político y los privilegios de sectores del entorno de la fuerza gobernante.

Si se concreta la amenaza contra Irán pondría al mundo al borde de una grave situación bélica, amenazando la paz mundial. La agresión escaparía al control de quienes la impulsan, afectando el abastecimiento petrolero mundial, lo cual golpearía a muchos países industrializados, entre otros China e India, amenazando a Rusia en lo que ésta considera sus fronteras, poniendo en acción la indiscutible capacidad militar iraní y fundamentalmente desataría una masiva respuesta antiimperialista del pueblo persa, que lleva varias décadas de activo rechazo al imperialismo occidental, cuyas consecuencias sobre los pueblos de una región altamente conflictiva son impredecibles.

V- De nuevo la lucha de clases

Si por algo será recordado el año que termina será por la irrupción de grandes movilizaciones y acciones de masas que se desarrollaron en la más diversas geografías, desde Medio Oriente, pasando por Europa y Estados Unidos, hasta regiones de Asia y los renovados reclamos sectoriales en la siempre reactiva América Latina, donde destacan los cimbronazos de Chile, el elogiado modelo de la derecha regional, que por vía de sus estudiantes puso sobre el tapete las desigualdades que afectan a amplias capas sociales y desnudó la creciente fisura que se está produciendo entre estos sectores y las fuerzas políticas que administran el régimen heredado de la dictadura pinochetista, sean progresistas o reaccionarias. Debería retrocederse varias décadas atrás para encontrar una situación en la cual, en pocos meses, convocatorias masivas cruzaron tanta diversidad de países. A pesar que estas protestas fueron impulsadas por reclamos de naturaleza diferente, puede descubrirse atrás de ellos un rasgo común: directa o indirectamente expresan formas de resistencia a los efectos restrictivos que la crisis impuso en las condiciones de vida de las clases no capitalistas, en la pérdida de beneficios sociales disfrutados por generaciones anteriores o simplemente hizo intolerables para los pueblos situaciones de opresión y desigualdades de vieja data. Tampoco es difícil encontrar los nexos concretos, las mediaciones internas, que conectan cada una de estos reclamos con el marasmo económico en el que entró el capitalismo mundial.

La vieja y temida lucha de clases, muerta y enterrada mil veces por los voceros de la derecha, irrumpió nuevamente de la mano de una crisis que, para preocupación de la burguesía mundial en sus múltiples fracciones, está avivando una llama que expande este deshielo popular.

En la mayoría de los casos estas acciones se desarrollan dentro de las líneas conceptuales y reglas que el propio sistema capitalista cristalizó en la conciencia social: democracia, entendida en esta coyuntura como exigencia popular a ser consultados en las graves decisiones que están tomando las burguesías en defensa de sus intereses inmediatos; rechazo a los despilfarros y corrupción de las clases dominantes; rechazo a los privilegio fiscales del sector financiero; rechazo a los recortes presupuestario en los subsidios y/o políticas sociales.

La izquierda y los revolucionarios socialistas no pueden menos que celebrar este paso inicial de los pueblos hacia su autoconciencia.

Pero también es importante que los sectores en lucha – y en general todos los sectores explotados – avancen en la comprensión que existe una profunda contradicción entre estas exigencias de las masas movilizadas buscando respuestas a sus demandas dentro del marco capitalista y lo que la propia crisis pone en evidencia. Vuelve a demostrar – y a la vez poner en debate – la incapacidad de un sistema estructurado sobre la base de la apropiación de plus valor y la ganancia – tal el capitalismo – de darle solución a los problemas más elementales de la existencia humana, trabajo, vivienda, salud, educación, que ahora afectan a millones de personas.

En este punto reside la principal contradicción de nuestro tiempo y el obstáculo mayor para que la crisis trascienda en una perspectiva más allá del capital, el socialismo.

Bien decía Lenin – en los años de su ruptura con la 2ª Internacional – que sólo cuando las grandes masas comienzan a buscar solución a sus problemas por fuera de la senda trazada por el capitalismo puede hablarse de una situación prerevolucionaria. Aunque siempre existe el riesgo de la abstracción al generalizar sobre procesos sociales de desarrollo tan desigual, es evidente que pese a los importantes avances del 2011 aún no se ha llegado a ese punto.

Predecir si las esperanzas de retorno a un “capitalismo humanizado”, perspectiva que todavía predomina en amplios sectores movilizados, terminará cediendo el paso a una conciencia crítica de las mayorías, es decir histórica, que se refleje en que comiencen a buscarse alternativas en direcciones opuestas a las variantes del capital, como señalaba Lenin, es más incierto. En este sentido es importante recordar que la crisis también es una escuela política donde las masas más despolitizadas hacen su experiencia en tiempos más cortos. Pero no puede ignorarse que existen factores que inciden negativamente para que ese salto cualitativo en la conciencia política se produzca en una dirección anticapitalista y con la rapidez que las circunstancias exigen.

Uno de ellos, no menor, es la debilidad política de las organizaciones de masas existentes que podrían aglutinar y orientar a los heterogéneos sectores sociales movilizados. Es el caso de los otrora poderosos sindicatos europeos, que ven disminuido su poder de convocatoria o directamente han quedado relegados frente a la acción espontánea o inorgánica de amplias masas. Estas no se sienten representadas en esas organizaciones, que a fuerza de amoldarse a las exigencias del capital durante décadas, trasmutaron su concepción de clase explotada en una visión corporativa, adoptando para sus propios reclamos la lógica del capital.

Si en tiempos de bonanza económica esa asimilación al capitalismo permitió a esos sindicatos negociar, logrando algunos éxitos parciales, en una época de profunda crisis los dejó desarmados e impotentes para evitar que el peso de la crisis caiga sobre las espaldas de los sectores asalariados y no capitalistas.

El carácter de espontaneidad que primó en las recientes movilizaciones, si bien puso en evidencia la potencialidad de “la indignación” popular y fue uno de los elementos que facilitó su masificación, expresó a la vez esa debilidad, o directamente la inexistencia, de las organizaciones de masas.

En contra de lo que pregonan ciertas concepciones espontaneístas tan en boga, el desarrollo político futuro de esta oleada de movilización popular, necesariamente exige que aparezcan esas organizaciones de masas, rescatando las existentes allí donde aún conservan vínculos reales con las masas, con un programa y una dirección anticapitalista, o creándolas directamente, donde no existen o han quedado devaluadas frente al pueblo.

Otro factor que conspira contra un desarrollo acelerado de la conciencia anticapitalista de los sectores movilizados son las debilidades e insuficiencias que muestran las minoritarias vanguardias ideológicas que reivindican la alternativa socialista como salida a la crisis. A la extrema fragmentación, en muchos casos resultante del sectarismo del pequeño grupo, debe agregarse que esta izquierda, que puede adscribirse a una posición revolucionaria, sólo logra levantar sus posiciones como mero elemento propagandístico porque, más allá de impulsar las movilizaciones, carece de una estrategia definida para superar el marco capitalista. A estas claras limitaciones se suman errores teóricos, como el lastre del electoralismo, que conduce en no pocos sectores de esta izquierda a enarbolar un socialismo abstracto, sin ninguna referencia de clase en sus plataformas políticas. O la reivindicación acrítica que hacen otros del estatismo, como si este fuese el puente a transitar hacia el socialismo, reminiscencia de la distorsionada visión estalinista del marxismo, que en la práctica conduce a solapar algunas posiciones políticas de esta izquierda con las de la derecha nacionalista, sembrando más confusión, en particular en las nuevas generaciones que llevan el peso de las recientes luchas.

Confusiones tanto más peligrosas porque dificultan cerrar la brecha que existe entre la situación objetiva de la economía mundial, que empujan a resolver la crisis en una perspectiva socialista, y la dificultad que todavía existe en la conciencia y la organización de los pueblos para emprender ese camino. No cabe ilusionarse que esta contradicción encuentre pronta resolución.

Es en este contexto que – junto a la radicalidad sin programa de los sectores movilizados – también se observa como aumenta la desesperación de amplios sectores sociales, que hasta hace pocos meses gozaban de relativo bienestar y que bruscamente se ven sumidos en la desprotección. Políticamente esto se traduce en un crecimiento de la derecha, que levanta un demagógico discurso populista del orden, la denuncia de la corrupción en las élites gobernantes y tiene por objetivo desviar el enojo de los sectores sociales afectados de los verdaderos causantes de la crisis, los capitalistas, hacia otra de sus víctimas, los inmigrantes pobres, acusados de venir a apropiarse del trabajo escaso y los disminuidos beneficios sociales.

Así ocurrió en Portugal, España, Hungría, Polonia, Grecia, Finlandia, el amenazante repunte del Frente Nacional en Francia, del ala republicana más reaccionaria en Estados Unidos e incluso explica en parte el crecimiento de sectores reaccionarios en Egipto, Túnez y otros países de esa región.

La crisis capitalista vuelve a enseñar que si no se encuentra una solución revolucionaria reaparece el riesgo del fascismo, como forma de encausar y controlar las masas en función de los intereses del capital más concentrado. Inevitablemente crecen las tendencias nacionalistas de derecha y xenófobas en la medida que cada burguesía busca mayor protección de su propio mercado, a pesar del discurso globalizador y de integración que proclaman y en la medida que los sectores más pobres y afectados sigan creyendo que su propio destino está atado al futuro salvataje de los capitalistas de su país.

Frenar ese curso hacia la derecha, particularmente en Europa donde existe una larga tradición proletaria, es urgente y posible. Pero no puede ser tarea de un solo sector ni de la acción espontánea de “la indignación” popular, sino que se impone con urgencia una decidida acción unitaria anticapitalista de clase – que en la mejor tradición revolucionaria se conoció como frente único proletario – capaz de asumir las movilizaciones en curso ganándose la confianza de los sectores que se movilizan y de todos los afectados por la embestida capitalista, especialmente la juventud, que carece del peso muerto de la tradición política.

La ofensiva del capital contra las antiguas conquistas de los trabajadores no sólo crea condiciones objetivas para una amplia unidad defensiva de las masas explotadas sino que estrecha el camino a las arraigadas tendencias reformistas en la izquierda, lo cual pone en debate y revisión sus prácticas de casi medio siglo, desde programas hasta estrategias, facilitando el camino de confluencia para forjar fuerzas de masas capaces de asumir el reto de dar vuelta la página de la historia.

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La coyuntura electoral del 7 de octubre y el proceso bolivariano

Homar Garcés (especial para ARGENPRESS.info)
Pese a que todavía hay mucha gente en Venezuela en funciones de gobierno que no termina de acoplarse a la idea que la revolución socialista es básicamente participación popular -por lo que cualquier orientación en este sentido es considerada como una amenaza, no obstante que el Presidente Hugo Chávez llama a profundizarla y a consolidarla cada día- la actitud es totalmente contraria entre los sectores populares, puesto que los mismos han entendido que sin los cambios hasta ahora propiciados no tendrían la oportunidad de una vida más digna.

Es por esto los comicios presidenciales del próximo 7 de octubre representan un reto decisivo para revolucionarios y chavistas progresistas, asumiéndolo con sentido histórico para lograr, precisamente, que esta participación popular sea un hecho real cotidiano, con lo cual se estaría evitando el avance de la contrarrevolución representada en los partidos políticos tradicionales y emergentes de la oposición. De ahí que resulte imprescindible que los diversos grupos políticos y sociales que acompañan al proceso revolucionario bolivariano se inserten en las luchas populares, minimizando la negligencia burocrática presente en algunas instituciones públicas y activando la necesidad de un cambio estructural definitivo del actual Estado venezolano mediante una nueva actitud y una toma de conciencia realmente revolucionarias.

Adicionalmente, revolucionarios y chavistas progresistas tendrían que desmontar la campaña mediática manejada por el candidato opositor quien busca convencer a la amplia población venezolana que con él de presidente se mantendrán las diversas conquistas populares, sobre todo las Misiones sociales, algo que resulta contradictorio y difícil de creer, sin que sea afectada la soberanía nacional y el control extranjero de la industria petrolera, dado los intereses que representa como agente del capitalismo sionista-imperialista. Basta recordar su participación en los hechos desencadenados por el golpe de Estado del 11 de abril de 2002 cuando acompañó el asalto a la embajada de Cuba en Caracas para darse cuenta del verdadero talante de este personaje de la política venezolana. Tal asunto no debe dejarse de lado, adoptando revolucionarios y chavistas progresistas una posición triunfalista, como tampoco olvidar la enorme deuda social acumulada bajo el anterior régimen puntofijista, lo cual impone ser exigentes con los gobernantes y funcionarios públicos que únicamente se han dedicado a usufructuar el poder, sin producir nada verdaderamente significativo respecto a la aceleración y la profundización de la revolución socialista.

Al respecto, cada uno de los revolucionarios y chavistas progresistas está llamado a deponer posiciones sectarias y/o personales en función de asegurar la victoria electoral contundente que debe lograrse el 7 de octubre venidero, con movilizaciones y actividades que incluyan a los sectores populares, puesto que ellos serán la vanguardia revolucionaria en esta nueva contienda electoral, teniendo que articular esfuerzos que vayan más allá de simplemente asegurar el voto para el Presidente Chávez. En razón de ello, las Misiones sociales presentes en cada comunidad tendrían que cumplir un papel destacado, incentivando en sus participantes la comprensión adecuada de la coyuntura electoral que se le presenta al país con el objetivo de lograr una mayor cohesión respecto a la defensa del proceso revolucionario bolivariano.

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Argentina: Despojos y antiterrorismo en la era K

Andrés Sarlengo (CONTRAPUNTOS, especial para ARGENPRESS.info)

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Con el periodista Adolfo Melnik conversamos sobre la ley antiterrorista, la minería a cielo abierto, la "patria extractiva", los medios concentrados y masivos de comunicación y el movimiento obrero argentino que va y viene en sus "relaciones" con el gobierno nacional. Concretamente, del despojo en la era K.



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Argentina. Ante la Corte Suprema de Justicia: Cortiñas y Pérez Esquivel solicitaron "un tratamiento democrático de las manifestaciones"

ACTA

El Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel y Nora Cortiñas, de Madres de Plaza Mayo-Línea Fundadora, se presentaron ante la Corte Suprema de la Nación para denunciar que "la criminalización, represión y judicialización de la protesta es una política nacional que se está profundizando" y que "los poderes judiciales y las fuerzas de seguridad nacionales y provinciales son los ejecutores principales".

Además de Pérez Esquivel y Cortiñas, firmaron la presentación Mirta Baravalle y Elia Espen, también de Línea Fundadora; el dirigente de Autodeterminación y Libertad, Luis Zamora; el presidente de la Asociación Argentina de Abogados Ambientalistas, Enrique Viale; el Colectivo por la Igualdad, el Movimiento de Profesionales para los Pueblos (MPP) y Asambleístas de Andalgalá y Belén -Catamarca-.

En su escrito manifestaron el propósito de "informar sobre la situación, solicitar su intervención para que las expresiones socio-ambientales no sean criminalizadas ni reprimidas y requerirles una serie de medidas que se encuentran dentro del ámbito de las competencias extrajudiciales del máximo Tribunal". Fundaron su solicitud en que "en este preocupante contexto, esta Corte Suprema, que ha declarado públicamente su compromiso con los derechos humanos y con los derechos de la naturaleza, debe colaborar para que estas manifestaciones del cuerpo social sean consideradas como un ejercicio democrático y no como la comisión de delitos, para que pueda darse un debate amplio y participativo y no que se repriman las voces de comunidades enteras".

Por tal motivo, los firmantes solicitaron que la Corte Suprema convoque a una audiencia informativa, realice las actividades adecuadas y oportunas dentro de sus facultades "para colaborar inmediatamente con un tratamiento democrático de las manifestaciones públicas y de las protestas sociales que se desarrollan en todo el territorio nacional".

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Plaza Once, estación Terminal: La sintonía fina y la cuerda floja

Marcelo Ramal (especial para ARGENPRESS.info)

La masacre ferroviaria ha operado como una especie de estallido de las contradicciones insalvables del régimen político actual. Luego del famoso 54% de votos en octubre, el gobierno enfrenta una crisis de conjunto. El miércoles pasado ocurrió algo de mayor alcance que la demostración de que el régimen de emergencia económica, puesto en marcha en 2002/2003, tropezó con su estación terminal. Quedó expuesta la definitiva imposibilidad de gobernar por parte de la camarilla que entrelaza al núcleo K con las privatizadas (las que fueron pasando a manos de los ‘capitalistas amigos') y la burocracia sindical (convertida en operadora empresarial). CFK no pudo abrir la boca después de la tragedia, porque -aún hoy- es incapaz de trazar una salida al derrumbe del transporte sin comprometer, en forma definitiva, las alianzas que forman su base última de gobierno.

Luis D'Elía dijo que el régimen K necesita una ‘perestroika' -en referencia a la reestructuración del sistema que intentó desarrollar el entonces jefe de gobierno de la desaparecida Unión Soviética, Mikhail Gorbachov. D'Elía no recordó que el detonante de ese giro fue el estallido de la central nuclear de Chernobyl, en Ucrania, el cual dejó en claro que la burocracia soviética había llegado a su estación terminal. El ex piquetero K olvidó, también, que la ‘perestroika' falló de un modo miserable en rescatar al régimen burocrático.

Incluso una semana después de la tragedia de Once, CFK no tuvo más remedio que patear la pelota afuera con una falsa exigencia a la Justicia para que aclare responsabilidades en quince días -una maniobra que duró solamente 24 horas-, porque al otro día intervino el Sarmiento (increíblemente por los mismos quince días). El juez Bonadío aclaró que esa demanda era imposible de cumplir. Un fiasco fenomenal en medio de un océano de llantos. La trama que mató a 51 trabajadores y dejó heridos a varios centenares más es la misma que se manifestó en octubre de 2010, cuando fue asesinado nuestro compañero Mariano Ferreyra. En aquella ocasión, el gobierno y sus intelectuales (y hasta algunos izquierdistas) culparon a la víctima -sea Mariano o nuestro partido-, algo que se repite ahora y fue denunciado con vigor por la madre del joven Lucas.

Cuando la Presidenta, en Rosario, se lamentó por el estado de los ferrocarriles, por la crisis energética y hasta por el pago de los bonos de deuda de 2012 -"por eso no hay plata"-, simplemente se declaró víctima de su propia política. Es una contradicción sin salida, que demuestra el agotamiento de sus recursos y métodos de gobierno.

Camarilla oficial

El entrelazamiento entre los privatizadores y la camarilla oficial no podría ser mayor. Un entramado de negocios y contratos unió, por un lado, a los capitalistas concesionarios o contratistas y, por el otro, a un gabinete de lobbystas. Lo demuestran los vínculos de Jaime con Cirigliano, de Boudou con Ciccone, de Débora Giorgi con las armadurías electrónicas fueguinas y de De Vido con la mayoría de la Unión Industrial. En esto ha consistido la mentada "reconstrucción de la burguesía nacional".

El compromiso oficial con los Cirigliano y otros explica el silencio de la Presidenta después del desastre y, finalmente, los términos de su discurso en Rosario. Después de decenas de accidentes fatales y de los dictámenes de la Auditoría y de los entes reguladores sobre TBA, Cristina Kirchner se supeditó a los peritajes judiciales, que le demostrarán lo que ya sabe. El gobierno de la "primera trabajadora" (como se autodenominó en la cancha de River, en octubre de 2010) endilga la culpa al maquinista. En lugar de terminar con Cirigliano -algo que podría haber hecho de inmediato-, convoca a la ‘justicia' para aminorar la responsabilidad de TBA. Es que una condena a Cirigliano es una condena al gabinete nacional y al conjunto de contratos y negocios, que llegan hasta Qatar. Pero si exonera al pulpo, se incinera políticamente y se expone a una bronca popular. Por eso la izquierda del FpV tiembla, no por otro motivo, ya que sigue ‘solidaria' con ‘su' gobierno. Metrogas y TGN ya pasaron por intervenciones hebdomadarias: "Los interventores ocupan un espacio físico en las oficinas de la compañía, piden información y tienen participación en algunas discusiones, pero casi nunca en las decisiones" (Cronista, 28/2).

Los que nos criticaron cuando caracterizamos que, luego de los comicios, se había abierto una etapa de crisis política, están recibiendo una soberana lección (de nuevo).

¿Qué hacemos ahora con el tarifazo y las paritarias?

El derrumbe del "régimen de emergencia" se había puesto de manifiesto con el "ajuste" anunciado en diciembre. El tarifazo se presenta, ahora, como una dádiva a los responsables de la masacre (o en el caso de los combustibles, a los ejecutores del vaciamiento energético). Para salir de este laberinto, vuelven a la carga quienes aconsejan ‘normalizar' las cuentas con la banca internacional. Los banqueros del mundo ya han demostrado que solamente ‘socorren' a los que entregan sus activos. Por eso no hay nadie más ‘nacional y popular' que un Cirigliano: con los subsidios, compró empresas de colectivos que monopolizan el transporte, y hasta negocia con los ultra corruptos gobiernos del Golfo Pérsico o de Omán.

El oficialismo de izquierda se ilusiona con intervenciones o con una estatización de TBA o de YPF. Pero, ¿qué otra cosa sería una nacionalización K sino una extensión del régimen de subsidios y cometas llevado al extremo? El gobierno no se atreve a dar semejante paso. No por falta de plata, como se dice, sino esencialmente por vértigo: teme ingresar en un agujero negro. Otra cosa es una nacionalización ejecutada por los trabajadores, que insertaría la modernización ferroviaria y la industrialización en general en el marco de una restructuración social y política de conjunto. Un impulso a la inversión ferroviaria o petrolera exige echar mano de los fondos que hoy se lleva la deuda pública usuraria, de las rentas mineras o del manejo del comercio exterior (en manos de monopolios capitalistas), así como de las ganancias extraordinarias del capital.

El intervencionismo oficial, por sus métodos, sólo puede conducir a un mayor despilfarro. El choque entre el gobierno y Repsol dejó al desnudo la quiebra del oficialismo con el Cirigliano del rubro, el grupo Eskenazi. La burguesía oficialista se desintegra desde adentro. El K de Neuquén, el gobernador Sapag, acaba de proclamar su solidaridad con Repsol, en momentos en que los K movilizan a los gobernadores contra la petrolera. Sapag quiere una tajada mayor de la renta petrolera para los pulpos, bajo la forma de los programas Gas y Petróleo Plus -un invento del gobierno nacional que ahora retiró de la góndola.

Se estrelló la ‘sintonía fina'

El ‘ajuste' en los ferrocarriles no vino de la mano hábil de un cirujano experto -la ‘sintonía fina'-, sino de una tragedia humana. No es la única contradicción entre el relato y la realidad: también disminuirán las frecuencias y se abarrotarán las líneas de colectivos, como ya lo admitió De Vido. La ‘sutileza' de la que alardeó la Presidenta lleva de cabeza a un caos urbano y a inmensos sacrificios para los usuarios.

El desastre de Once transcurrió en medio del silencio de Moyano y de los ‘progres' de la CTA Micheli. Ante un hecho crucial, volvieron a demostrar que no son una oposición o alternativa al gobierno kirchnerista.

La conmoción producida por la masacre de Once se da en el marco de numerosas manifestaciones de lucha, como los piquetes y puebladas contra los monopolios de la megaminería (otro de los pilares del ‘modelo oficial'). En los días que siguieron a la masacre, las asambleas docentes en todo el país repudiaron las ofertas salariales del gobierno y han colocado en crisis a la ‘paritaria testigo'. Es necesario preparar en forma sistemática -mediante el esclarecimiento, la lucha y la organización- una alternativa política de la clase obrera, o sea anticapitalista y socialista.

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Sin frenos. Las condiciones de salud de los trabajadores

Kattya Pérez Chávez (especial para ARGENPRESS.info)

Lo ocurrido este 22 de febrero en la estación de Once, el choque de un tren con el andén por problemas en los frenos de una formación que había estado sin uso y salía recientemente del taller, nos encuentra en un duelo colectivo, de esos que se suman a otros previsibles, evitables y sangrientos que afectan a la clase que debe trabajar para vivir (usuarios y trabajadores del sector ferroviario). Imprescindible como la solidaridad con las personas afectadas trágicamente, es en este caso reflexionar acerca de las circunstancias previas a que se produjeran las muertes, heridas y traumatismos de tantas personas, en tanto hecho de magnitud sanitaria, o sea, desde el punto de vista de la salud; la cual no puede ni debería reducirse a los halagos por el operativo de la emergencia.

Salud-enfermedad es en cambio, la expresión colectiva y singular, de la desigualdad social, de las formas de dominación, sumisión y lucha, es decir, del modo de vida y las condiciones resultantes del proceso de trabajo inmerso en el modo de producción.

El contexto de las privatizaciones y faltas en los controles por parte del estado son las evidencias, como se ha dicho, de la persistencia de políticas que moldearon la organización del trabajo arrasando con los derechos de orden público, salud, educación, comunicaciones, transportes, entre otros, en aras del lucro económico y la corrosiva moral capitalista. El estado de las formaciones ferroviarias es tanto otra evidencia de lo mismo cuánto de las condiciones de trabajo. Es decir, lo que se presenta en términos de acontecimiento “siniestro” o accidental irrumpiendo en un momento dado, proviene de una continuidad en el cotidiano laboral, que cuenta entre sus manifestaciones las numerosos denuncias realizadas por las organizaciones gremiales, y resistencias sancionadas por la empresa -cualquier empresa- , y que transita de manera silenciosa en los cuerpos y padecimientos de las personas que día a día se ocupan de dar el servicio, también constatadas en las investigaciones sobre salud, algunas de las cuáles hemos realizado junto a lxs trabajadores del sector. Así como para el guarda es el vagón del tren, las boleterías son el espacio de choque con las múltiples violencias y a veces sin freno, son receptáculo de las quejas justas e impulsivas y las demoras inexplicadas por los responsables; de los riesgos de robos y persecuciones policiales, de espacios inadecuados y posiciones inconvenientes del puesto de trabajo.

Son también las condiciones que injurian el cuerpo expuesto a la intemperie de quienes hacen el mantenimiento de vías y señalizaciones a las que suelen tener que terminar “atando con alambre”. Las vías además de ser uno de los territorios que soportan el conflicto de clase, la lucha franca del piquete luego reprimido o perseguido que nos recuerda a Mariano Ferreira, son también al mismo tiempo, uno de esos lugares que encuentran aquellas personas que deciden poner fin a su vida. La salud de los trabajadores de mantenimiento y maquinistas está atravesada por estas situaciones en que se juega su subjetividad. Son las maneras en las que la salud de los trabajadores lleva la marca de lo que Marx llamó alienación, la vuelta en contra de sí, por parte de su objeto de trabajo, de los otros, o de sus fines, la producción de desrealización del sujeto en el proceso de producción de valorización del capital . Y se defienden.

Para defenderse, para defendernos los trabajadores ponemos en marcha, según el concepto propuesto por C. dejours, estrategias defensivas -prácticas e ideológicas- que las hay más y menos ‘saludables’. Nos reunimos, debatimos, compartimos una asamblea, una charla, una comida, luchamos juntos, nos recreamos, de formas grupales o individuales. En muchos casos la enfermedad se cursa en el trabajo con la clásica medicación, la automedicación y el consumo de sustancias, entre ellas el alcohol es muy frecuente en trabajos de riesgo como la construcción y la minería, precisa y lamentablemente por su acción anestesiante. Constituyen, estos procedimientos y síntomas, las condiciones de salud o perfiles de salud enfermedad laboral que varían según los tipos de trabajo. Por eso este campo, el de la salud laboral debería ser tenido muy en cuenta, pero por el contrario, carece por completo de atención o está orientado a la rentabilidad empresarial. Por lo tanto, así como reconocemos que son deficitarias las condiciones de infraestructura y recursos materiales, debemos contar entre los déficits a las condiciones de salud en que deben trabajar los sujetos llamados no casualmente, “recursos” (humanos).

La forma ideológica habitual de restar potencia a los trabajadores y profundizar la alienación, consiste en despolitizar la interpretación de los sucesos; y la práctica de esta despolitización es la de impedir los espacios de democracia para que los trabajadores puedan ejercer el derecho a decidir opinar y controlar cómo, para qué, y en qué condiciones se debe y se puede trabajar.

Recientemente, a propósito de las causas del siniestro, la versión oficial intenta dirigir las miradas hacia el “freno” pero del maquinista, si estaba despierto, dormido, adormecido o alcoholizado, pero al hacerlo no pretende otra cosa que desplazar y judicializar como culpa individual el problema de funcionamiento estructural, una estrategia ofensiva, que toma algo usual en los trabajos de servicio, la ideología defensiva, aquella a la que se recurre para soportar las inclemencias laborales, así por ejemplo solemos oír cómo, para una enfermera, la muerte de un paciente se traduce en el enunciado “se me murió un paciente”. Pero son muchas las pruebas del saber que los trabajadores ponen en práctica para que en medio de estructuras e infraestructuras insuficientes por demás, la mayoría de las veces sigamos “sobreviviendo” y al mismo tiempo los cromañones continúen “sin freno” como el lucro subsidiado desde el poder.

Bibliografía:
Dejours, C.: (1998): De la psicopatología a la psicodinámica del trabajo. En “Organización del trabajo y salud” PIETTE-Conicet , Ed. Lumen, Buenos Aires.
Marx, C.: (1939): El trabajo alienado. En “Qué es la dialéctica” Ed. América. México
PROSAFE Estudio sobre los efectos del suicidio en maquinistas
Lenta, M; Pérez Chávez, K.(2007): Trabajadores ferroviarios y sus condiciones de salud. Identidad, intersubjetividad, memoria y praxis. “Anuario de Investigaciones de Psicología. XIV Jornadas de Investigación”. Publicaciones Facultad de Psicología. Buenos Aires.
………………………………….. (2011): Trabajo, praxis y salud. En “Epistemes y prácticas de Psicología Preventiva”,. G. Zaldúa Coord. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

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1º de Marzo “Día del Ferroviario”: Se cumplen 64 años desde que Perón nacionalizó los ferrocarriles

ACTA

La Asociación del Personal de Dirección de los Ferrocarriles Argentinos, Administración General de Puertos y Puertos Argentinos (APEDFA-CTA) recuerda hoy el día del ferroviario bregando por “una Política Ferroviaria que defina al ferrocarril como una herramienta de construcción Nacional”.

"En este aniversario, el 64º desde la Nacionalización de los FFCC el 1º de Marzo de 1948; no encontramos motivos para festejar una fecha tan trascendente e impregnada con emotivos recuerdos ferroviarios.

"Como es de conocimiento público la tragedia de la Estación Once, apenas unos días atrás, embarga de tristeza y luto a la sociedad y cala muy hondo en la familia ferroviaria porque no somos meros observadores.

"La falta de políticas destinadas a reconstruir el Sistema Ferroviario Argentino desde la destructiva Reforma del Estado implementada en los `90, denunciada tantas veces por esta Asociación, puso en jaque el patrimonio ferroviario de todos los Argentinos; hoy se ven reflejadas en un sistema de concesiones y algunas no alcanzan un nivel, técnico y operativo, para ofrecer un servicio eficaz; replicando métodos que se contradicen con la desguazada infraestructura ferroviaria y difícilmente igualen el servicio de los Ferrocarriles Estatales precedentes.

"En este 64º aniversario estamos y seguiremos juntos, en la senda de la recuperación del Transporte Ferroviario, para alcanzar en un futuro próximo el anhelado objetivo: “una Política Ferroviaria que defina al ferrocarril como una herramienta de construcción Nacional”

"Que tengamos un “Día del Ferroviario en paz y con esperanza”, finaliza el comunicado de prensa con la firma de la Comisión Directiva de APDFA.

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La carne a la parrilla: “Salvo el gobierno, toda la sociedad de Argentina está con los educadores en huelga”

Andrés Figueroa Cornejo (especial para ARGENPRESS.info)

Entrevista con Roberto Baradel, secretario general del Sindicato Unificado de Trabajadores de la Educación de la Provincia de Buenos Aires, en el marco del paro nacional del magisterio y cuyo resultado marcará a fuego las paritarias y negociaciones colectivas del conjunto de los asalariados del país.

Roberto Baradel es representante de los docentes desde 1991, y por segunda vez, secretario general de SUTEBA. La organización existe desde hace un cuarto de siglo y se originó debido a la diáspora magisterial de la principal provincia de Argentina.
“La docencia llegó tarde a reconocer su condición de trabajador de la educación. Como una contradictoria paradoja histórica, la Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (CTERA), de la que somos miembros pilares, nació el 11 de septiembre de 1973, mientras ocurría el golpe de Estado en Chile. Sin embargo, sólo 13 años después, en 1986, nos constituimos en Buenos Aires”, relata Roberto, y añade que “el 2005 logramos detener la municipalización y descentralización de la educación pública. Pero no alcanzamos a resistir su provincialización.”
Los educadores de la provincia porteña forman a 4 millones y medio de estudiantes, casi el 40 % de todos los escolares del país. SUTEBA, en particular, agrupa al 60 % de los profesores bonaerenses organizados y negocia sus salarios y condiciones laborales todos los años con el gobierno provincial, coyunturalmente encabezado en la actualidad por el pre candidato a la presidencia de la nación para el 2015, el peronista Daniel Scioli.
La Ley de Financiamiento Educativo otorga el 6 % del PIB a la enseñanza. Producto de la disparidad de salarios existente a mediados de la primera década del milenio, se estableció la “paritaria federal” (negociación colectiva), que, en los hechos, funciona nacionalmente. Esto es, se enfrentan el ministro de Educación del Estado argentino junto a los ministros de educación de las provincias, por un lado; y los sindicatos nacionales, por otro. Sus resultados determinan el “piso mínimo” a pagar a los docentes en todas las reparticiones. Las provincias más empobrecidas reciben un subsidio del Fisco para llegar al monto básico acordado. Los convenios particulares se debaten en cada jurisdicción.
En Argentina, las conclusiones de las negociaciones docentes operan como paradigma y referencia para el conjunto de los trabajadores asalariados ‘en blanco’ o formalizados (alrededor de la mitad de fuerza laboral total).
Para escándalo sobreactuado de algunos y sorpresa de nadie, los educadores de 16 provincias del país de Domingo Faustino Sarmiento amanecieron el 28 de febrero en paro y/o movilizados a causa de sus reclamos contestados insatisfactoriamente y a última hora.
-¿Es habitual que los profesores hagan efectiva la huelga justo el día en que empiezan las clases de manera oficial?
“Era normal hace 10 años atrás, antes del gobierno de Néstor Kirchner. Después dejó de ser recurrente porque hubo una recuperación de la situación salarial del sector. Este es el primer año que no hay acuerdo nacional previo al inicio del ciclo lectivo.”
-¿Por qué?
“Porque desde noviembre del año pasado que estamos pidiendo efectuar las negociaciones para no llegar a este punto. Sin embargo, el gobierno se hizo el sordo. Por tanto, hacemos responsable al gobierno de la huelga.”
-Parece absurdo por parte de una administración gubernamental, precipitar por pura negligencia ‘veraniega’ un paro de un territorio y derecho social tan sensible para la ciudadanía como es la educación…
“Pasa que el gobierno especuló con que la sociedad iba a ‘castigarnos’ por parar las actividades a comienzos del año escolar. Creyó que eso nos detendría, que haría bajar nuestras demandas para no quedar como ‘los malos’. Sin embargo, se equivocaron porque todo el mundo sabe a través de los medios de comunicación que estamos solicitando sentarnos a negociar desde fines de 2011.”
-¿Y qué ocurre con los almuerzos escolares cuando no hay clases?
“Se entregan ordenadamente viandas de alimentos para que los niños. Aquí ningún niño se queda sin comer cuando para el magisterio.”
“EL GOBIERNO NO VALORA NUESTRO QUEHACER”
-¿Cuáles son sus demandas para el 2012, año de inflación galopante, agresivo ajuste económico, quita de subsidios, etc.?
“Un reajuste remuneracional de $ 3.100 pesos al mes (US$ 710 dólares) para el maestro de jornada simple que recién inicia su carrera y que labora cuatro horas diarias; y $ 6.200 pesos mensuales (US$ 1.418) para el de jornada completa o que trabaja 8 horas al día, más el tiempo impago por lo que termina en casa. Esos corresponden a los montos fijos, porque también exigimos que se considere una proporcionalidad para aquel educador que trabaja en zonas rurales, que tenga más años de antigüedad, que tenga cargos de responsabilidad superiores. Queremos que se respete el Estatuto Docente y la carrera profesional que contempla.”
-Está clara la reivindicación salarial. ¿Qué ocurre con otras condiciones laborales?
“Nosotros contamos con un modelo de asignación familiar proveniente del Estado para las personas que tienen hijos. Desde la década del 90 se han clavado topes sin ninguna modificación. Quien cruza ese sueldo fijo, simplemente no recibe la asignación. Pasa que en el magisterio, una maestra de grado que se desempeña en dos cargos, porque en uno solo no le alcanza para vivir, si es jefa de hogar, no percibe el beneficio. Es un verdadero despropósito. Por eso estamos peleando para que se elimine el tope salarial que otorga o no la asignación, y que está ubicado en los 5 mil 200 pesos al mes (US$ 1.190). En Buenos Aires, el 50 % de los profesores no cobra un solo peso de la asignación que se traduce entre 200 a 120 pesos por hijo mensual (entre US$ 45 y US$ 27). Finalmente, queremos terminar con las ‘sumas en negro’, porque son dineros que no reciben los jubilados. Cuando un docente pasa a retiro en Buenos Aires, pensiona al mes entre el 70 al 85 % del sueldo en actividad, y su previsión se reajusta según nuestras negociaciones. El problema es que cuando nos pagan dineros que no tributan, los jubilados no reciben nada. En buenas cuentas, queremos que se blanquee toda la función docente para bien de los jubilados y de los profesores activos, por su impacto en la escala salarial.”
-¿Pero cuánto obtiene un maestro de grado, con 10 años en el sistema escolar?
“3 mil pesos al mes (US$ 686), y el profesor inicial, 2 mil 400 pesos (US$ 549). El docente que cuenta con la mayor cantidad de años posible en el sistema, está en 3 mil 900 pesos mensuales (US$ 892).”
-¡Pero se trata de una ocupación estratégica en la formación de niñas, niños y jóvenes!
“Esa es nuestra discusión con el gobierno. No valora nuestro quehacer, a diferencia de la sociedad en general, de acuerdo a las propias encuestas de opinión y a lo que nos dicen directamente y a diario las madres, padres y apoderados.”
“NOSOTROS NO QUEREMOS VOLVER ATRÁS, PERO TAMPOCO ESTAMOS CONFORMES CON EL PRESENTE”
-El 28 y 29 de febrero fueron los primeros días de huelga. ¿Cómo los evalúas?
“De convocatoria masiva, prácticamente total. Ello demuestra que la huelga no es una ocurrencia de los dirigentes, sino de todos los docentes. La contraparte nos citó para el viernes 2 de marzo. Si la respuesta continúa resultando insatisfactoria, nosotros nos abocaremos a una consulta democrática con los educadores en las 135 asambleas de afiliados. Y, por supuesto, si el magisterio no aprueba una nueva oferta, retomaremos la huelga y las movilizaciones la semana entrante durante 48 horas.”
-El ministro de Educación del gobierno nacional, Alberto Sileoni, afirmó públicamente que la acción docente formaría parte de “una Argentina que dejamos atrás”…
“Nosotros no queremos volver atrás, pero tampoco estamos conformes con el presente. Deseamos caminar hacia adelante. Y el ministro tiene que entender de una vez por todas que las medidas de fuerza de los trabajadores son un derecho consagrado constitucional y universalmente. Lo defenderemos como un derecho legítimo. Los trabajadores cumplimos un rol fundamental cuando se trata de una mejor distribución de la riqueza. Si miramos al pasado, no hay duda que hemos avanzado, pero todavía son muchas las deudas con nosotros.”
-¿Y no sería mejor que un buen día la sociedad fuera organizada por los propios trabajadores, entonces?
“Sí. En medio de un proceso complejo y contradictorio. Pero ese es el horizonte estratégico.”

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Argentina: Por una política hidrocarburífera estratégica, racional y sustentable

OPS

En reuniones llevadas a cabo el 9 y el 25 de febrero, la Organización Federal de Estados productores de Hidrocarburos (OFEPHI), el Gobierno Nacional y representantes sindicales, rubricaron acuerdos y fijaron nuevas pautas de desarrollo para el sector.

Entre los puntos más salientes pueden mencionarse:

La idea de que el autoabastecimiento de petróleo y gas, guiado por el “criterio de máximo desarrollo de las cuencas, a través de métodos y procedimientos convencionales y no convencionales”, debe ser el principio rector de la política de estado en la materia, tendiente hacia la sustitución de importaciones de hidrocarburos;

La exigencia a las empresas de una mayor inversión, tanto en lo que respecta a la producción -que debería incrementarse un 15 por ciento a nivel nacional- como a la reposición de reservas, quedando abierta la posibilidad de revertir inmediatamente las concesiones o permisos en aquellos casos en los que se verifiquen procesos de desinversión o subinversión;

El incentivo a una mayor participación de empresas públicas, provinciales y nacionales, a fin de maximizar la producción y lograr una mayor captación de la renta;

La intención de controlar y ejercer un monitoreo ambiental en todas las etapas de la industria, y de tener mediciones más precisas y en tiempo real de la producción de hidrocarburos;

El requerimiento a las empresas refinadoras de hacerse cargo de parte del costo de la importación de combustibles para el abastecimiento del mercado interno, y de realizar las inversiones pertinentes para aumentar la capacidad de refinación de las plantas existentes;

Si bien ciertos artículos del acuerdo son progresivos con respecto a una situación verdaderamente difícil de empeorar, resulta imperioso avanzar hacia cambios de mayor profundidad que permitan una administración, explotación, y un consumo racional y sustentable del recurso, por fuera de la lógica mercantil en la que actualmente se encuentra inscripto.

El Estado Nacional debe recuperar un rol activo y una presencia efectiva tanto en la gestión global de la cuestión energética, como en cada una de las etapas de la actividad -prospección, exploración, extracción, industrialización y comercialización-, con el propósito de fijar objetivos estratégicos que satisfagan las necesidades energéticas de la población, el cuidado del ambiente, los derechos de los trabajadores, y la autodeterminación de las comunidades actual o potencialmente afectadas por la extracción de petróleo y gas. Todas estas variables no pueden seguir, como desde hace dos décadas, a merced del criterio de máxima rentabilidad privada.

Por lo antedicho, la re-estatización de YPF -así como de empresas vinculadas: distribuidoras y comercializadoras de gas-, con la debida participación de las provincias, los trabajadores, y los habitantes de las regiones petroleras en su administración, es una medida crucial para el diseño y la implementación de una nueva política energética. Su factibilidad ha quedado comprobada una vez más por el debate planteado en las últimas semanas, y el amplio consenso y apoyo activo que la ciudadanía daría a una iniciativa de este tenor. Asimismo, el costo de la operación -que según “analistas” no sería inferior a los US$ 16.000 millones-, no debería determinarse sin contemplar previamente la depreciación de activos, el saqueo y la no reposición de reservas, las sistemáticas caídas en la producción, las ganancias récord y la remisión de utilidades al exterior, los pasivos socioambientales, y las recurrentes violaciones a los derechos humanos que han caracterizado a la gestión privada de la empresa.

Por otro lado, en momentos en los que se ha especulado con una reforma de la Constitución Nacional, y sin ir en desmedro de una adecuada participación de las provincias, debe considerarse seriamente la necesidad de revertir a la Nación el dominio de los recursos naturales. La federalización consagrada por el artículo 124, y reafirmada por el kirchnerismo en los años 2003 y 2006 -decreto 546 y “ley corta” 26.197-, no ha hecho más que balcanizar la explotación del recurso, favoreciendo a las operadoras privadas al agigantar su capacidad de negociación, y a las élites económicas y políticas provinciales que oficiaron como sus contrapartes “bobas” en el negocio. Sólo así pueden explicarse las prórrogas de las concesiones de los yacimientos más importantes de gas y de petróleo del país -Loma de la Lata (Neuquén, 2000) y Cerro Dragón (Chubut, 2007)-, que constituyeron verdaderas estafas al pueblo argentino. El “federalismo” neoliberal vigente es absolutamente incompatible con la fijación de metas de desarrollo nacional, y ha tenido efectos devastadores sobre las economías regionales.

A su vez, la irremediable finitud de los hidrocarburos, y el hecho de que su explotación sea una de las principales causas del calentamiento global, vuelve insostenible, antiestratégico e irracional el mantenimiento en el largo plazo de una matriz energética dependiente en un 90 por ciento del consumo de petróleo y gas. Lamentablemente, esta parece ser la pretensión subyacente en el criterio “de máximo desarrollo de las cuencas, a través de métodos y procedimientos convencionales y no convencionales”, lo cual agudizaría el avance territorial de la frontera hidrocarburífera sobre regiones sin infraestructura ni antecedentes en la materia, que albergan entramados productivos y culturales, pautas de desarrollo y consumo, y recursos naturales incompatibles con la radicación de la actividad. En los últimos cinco años, las diez provincias petroleras redoblaron su apuesta sobre áreas secundarias y marginales, mientras que las restantes iniciaron reformas de sus marcos legales y consultorías técnicas, licitaron bloqu
es de exploración, y crearon empresas públicas de energía, con el propósito de integrarse en el mediano plazo a la carrera hidrocarburífera en ciernes.

Más allá de los cantos de sirenas de las corporaciones acerca de las bondades del shale gas y el shale oil, lo cierto es que las técnicas que se utilizan para su extracción han sido fuente de numerosos casos de contaminación y expolio de un recurso escaso como el agua. La presión popular y las denuncias de impactos ambientales han hecho que Francia y Bulgaria llegaran a la prohibición de la fractura hidráulica, mientras que en Estados Unidos, Canadá, Irlanda del Norte, Nueva Zelanda, Australia y Sudáfrica ha sido objeto de múltiples moratorias. Los no convencionales son un activo adicional de especulación financiera, y prenda de negociación de las compañías para la obtención de ingentes subsidios.

Con respecto a las posibilidades abiertas por los descubrimientos offshore en la Cuenca de Santos (Brasil), el hundimiento de la plataforma Deepwater Horizon en abril de 2010 y sus devastadoras consecuencias ecológicas y sociales en el Golfo de México, nos eximen de mayores comentarios acerca de los riesgos de la exploración y explotación de hidrocarburos en las aguas del Mar Argentino.

Nuestro país necesita una verdadera revolución energética. Debemos hacer un uso eficiente de los hidrocarburos, y la apropiación social de su renta debe destinarse a generar las condiciones necesarias para la transición hacia una matriz con predominio de energías renovables. Al mismo tiempo, debe realizarse una evaluación seria del sobreconsumo de actividades extractivas como la minería a gran escala, rubros como el transporte, y determinados sectores sociales, que permita una redistribución del acceso a la energía, al mismo tiempo que una reducción sustancial en su consumo.

La política oficial hacia el sector hidrocarburífero no puede estar desligada de un paradigma global que entienda al disfrute de la energía como un derecho básico en una sociedad democrática, que impone obligaciones en el presente, y compromete a las generaciones actuales con las futuras.

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