martes, 15 de enero de 2013

Argentina, Córdoba. Criminalización de la pobreza: "Los jóvenes saben que no vivirán mucho"

LA VOZ - ACTA

La antropóloga Natalia Bermúdez estudia desde hace años la conflictividad social. Critica el rol de las políticas de seguridad y la idea de los "barrio-ciudad".

La violencia no es un fenómeno exclusivo de algún sector. Es un drama que atraviesa a toda la trama de la sociedad, y que repercute en cada vez más noticias sobre disputas que terminan de la peor manera. Natalia Bermúdez, doctora en Ciencias Sociales, con especialidad en antropología e investigadora del Conicet, desde hace años camina los barrios de Córdoba buscando un porqué a la fragilidad de las palabras.

Su estudio se ha enfocado, sobre todo, en los sectores populares, en los que los atropellos son más visibles. “Existe un doble juego en ese sentido, construido históricamente –dice–: por un lado, cómo se han pensado las políticas de seguridad, y, por el otro, por qué, como en todo América latina, los han ido corriendo hacia las periferias de las ciudades”.

“La violencia no es exclusiva de ningún sector social sino que es constitutiva y estructurante de todas las relaciones humanas, genera vínculos positivos y negativos, y produce tanto sujeciones y coerciones como también posibilita formas de resistencia”, enfatiza.

Territorio

Siguiendo a diferentes especialistas, comprobó que para los sectores populares las redes de relaciones que pueden entablar son centrales para sus vidas.

“Se vive con el concepto de familia ampliada, porque aunque tienen distintas casas, todos buscan estar próximos y tener un mismo espacio para compartir”, explica para intentar comprender qué es lo que se rompió con las relocalizaciones de las villas de la Capital en los “barrios-ciudad”, proceso que comenzó en la década de 2000, durante el primer gobierno de José Manuel de la Sota.

Allí, se encontró con chicos de 14 años que no conocían el Centro.

Mujeres que trabajaban como empleadas domésticas, pero dejaron de hacerlo por los largos trayectos que debían realizar y que les demandaba dos ómnibus por viaje. Y hombres que ya no podían salir con los carros porque los caballos no soportaban las nuevas distancias.

De esta manera, se terminaron por clausurar muchas vías de contacto entre personas de clases sociales distintas.

“Pero el Estado sí está presente en estos lugares, el problema es cómo”, reitera.

Armas

“Evidentemente, hay un acceso muy fácil a las armas, lo que lleva muchas veces a situaciones extremas. Todos los adolescentes de los distintos sectores sociales quieren demostrar su virilidad, algunos lo hacen en autos, otros con diferentes ostentaciones de poder, en estos casos, lo demuestran a partir de las armas, pero no son valores diferenciados”, refiere.

En estas nuevas urbanizaciones, donde de pronto villas diferentes quedaron obligadas a convivir en un nuevo espacio demarcado con un portal de ingreso, una escuela propia y hasta una comisaría, pronto estallaron los conflictos. “La violencia genera identidad, prestigio, y es, también, un medio para ocupar un lugar”, dice.

Al respecto, remarca que en estos lugares, donde la Policía es vista, en muchos casos, comprometida en situaciones delictivas, y en los que la idea de la Justicia aparece como un lugar muy lejano y elitista, la conflictividad termina por resolverse entre cada uno. Y “uno” significa, también, con todo su núcleo familiar por detrás.

Y advierte: “Hoy, los jóvenes dicen que saben que no van a vivir mucho, la persecución policial no los desalienta, ‘si robo o no, no importa, porque me persiguen igual’, aseguran”.

“El morir siendo joven –describe– atraviesa por una etapa de progresiva normalización, en la cual intervienen un conjunto múltiple de procesos, entre los que se encuentran la escasez de recursos materiales y sociales, la criminalización, represión policial abusiva, encarcelamiento, facilidad para conseguir armas, y conflictos entre grupos locales”.

Ante esto, propone como salida el diseño de una política a largo plazo que los incluya, pero no sólo en lo económico, sino también en lo cultural y simbólico. “Que haya otro concepto de seguridad, que los pibes puedan acceder al Centro”, subraya en referencia al uso que los policías hacen del Código de Faltas.

¿Y la droga? En los últimos tiempos, el avance del tráfico y distribución de estupefacientes ha sido evidente. “Las familias lo viven con mucha contradicción y conflictos internos, reconocen que es mala y no la quieren para los chicos, pero es también una de las pocas posibilidades de ascenso social que encuentran”, finaliza.

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