martes, 22 de enero de 2013

El Salvador: A 81 años de la masacre indígena de 1932, los recuerdos se mantienen vivos

Josué Parada (COLATINO)

Hace 81 años se suscitó uno de los pasajes más oscuros de la historia salvadoreña. Miles de personas, en su mayoría indígenas, fueron masacrados en la zona occidental del país. Municipios como Izalco, Nahuizalco y Tacuba se cubrieron de rojo luego que el ejército y la guardia nacional acabaran con el levantamiento campesino que pretendía recuperar las tierras comunales que se habían robado los terratenientes y oligarcas.

El resultado, miles de vidas segadas, pérdida de las tradiciones indígenas, y miedo en la gente para continuar con sus costumbres y modos de vida, incluyendo su lengua, el Nahuatl. Otros prefirieron emigrar y olvidar como si todo nunca hubiera pasado.

Más de ocho décadas después, sentado sobre una banca de una humilde casa, que además sirve como sede de la cofradía de San Francisco, Felipe Pilía descansa mientras la mañana avanza y el sol entra poco a poco sobre las ranuras de las láminas.

Es de las pocas personas que a pesar de su avanzada edad, aún recuerdan los sucesos de enero de 1932 y los sucesos posteriores. Su testimonio transporta al Izalco de antaño, donde las calles eran empedradas, el adobe era lujo para pocos y los demás vivían en ranchos de paja y madera, y donde usar zapatos era diferenciar a los ladinos con los indios que caminaban descalzos.

“A mi papa lo mataron como el 25 o el 28 de enero, lo mataron por el camino de las huertas, donde le dicen “el garrucho”, mataron a mi papá, mi tío Eduardo y un tío político que se llamaba Miguel Pasasin. Les dijeron que el que no estaba metido en esas cosas los iban a envoletar, era una contraseña que daban. Y por eso mi tía los llegó a llamar, solo a caer en manos de la guardia. Y el ingrato (guardia), que se llamaba Aquilino Noyola, les echó un galón de gas y les prendió fuego, ya eso era triple crimen, porque ellos ya estaban muertos”.

Los cuerpos eran recorridos en carreta y los conducían hacia el lugar conocido como el llano, a un costado de la Iglesia de Asunción, frente al parque central del pueblo.

“Por eso yo me crié sin padre, en una pobreza crítica, porque mi madre no daba el ancho para mantenernos”, recuerda Felipe Pilía.

Considera que el levantamiento fue cruel y sangriento, sin embargo mantiene la idea que muchas personas fueron engañadas o nada tenían que ver por eso murieron inocentemente. Debido a eso todavía se tiene que recordar su memoria.

“Como la gente era sencilla y ambiciosa, les dijeron a los indios que si hacían guerra y mataban a los ricos les iban a dar buenas casas, buenas fincas, y ellos se los creyeron, si les hubieran dicho que por esas tierras les iban a dar balas, no se meten, así es como murieron miles”, manifiesta Pilía.

Luego del 22 enero, la vida ya no fue la misma, el pueblo cambió, la herida fue tan profunda, que para muchos no ha podido sanarse, ya que miles de los cuerpos masacrados nunca fueron recuperados por sus familiares.

“Yo fui al año por ahí, me llevó mi abuelita, todavía los enfloraban las tumbas a la orilla de un callejón. Todo el que estaba manchado, en el día los sacaban a los pobres a hacer el zanjo como de 20 metros, a las once de la noche los llevaban y ponían en fila, luego los fusilaban, ahí caían cruzados, embrocados, boca arriba. Otro grupo otro día les iban a echar tierra”.

Así recuerda este izalqueño, aquellos trágicos días del año 32. Ahora, es una de las personas más respetadas en la comunidad indígena izalqueña, su conocimiento de las tradiciones ha permitido que las nuevas generaciones las conozcan y se involucren. Es un ejemplo vivo que la matanza no pudo eliminar y hoy, además de ser un testigo de las violaciones de los Derechos Humanos de los indígenas, es el promotor de las tradiciones ancestrales.

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