jueves, 21 de marzo de 2013

Invasión de Irak 2003. Victoria neoconservadora y derrota de Estados Unidos

Juan Francisco Coloane (especial para ARGENPRESS.info)

Ha pasado una década desde la invasión de Irak en 2003 (20 de marzo) y para algunos no hay nada que celebrar. Para otros, por los discursos victoriosos que han aparecido en algunos medios de Estados Unidos,- circula uno de Paul Wolfowitz, quizás el arquitecto mayor de la obra - es la gran victoria neoconservadora en su posicionamiento a nivel global.

En la mirada más completa, por lo sucedido en estos 10 años, también es la gran derrota de Estados Unidos en política exterior. Es una derrota de la cual aun no se recupera, al observar su conducta externa prácticamente en el limbo, con excelente retórica, exceso de cautela gatuna y escaso margen para la concreción.

Esta invasión y su doble fracaso en combatir al terrorismo y como catalizador para una mayor influencia en la región, han obligado (a EEUU) abordar una compleja transición en su política exterior con dificultades para regenerarse y adoptar una estrategia de liderazgo para un nuevo orden mundial que convenza. ¿Cuántos años lleva la monserga del nuevo orden mundial desde el desplome soviético?

Probablemente, ese esquivo nuevo orden mundial que en la generalidad no se reconoce, sí existe para la doctrina neoconservadora a partir de esta invasión y lo que ha generado: más terrorismo, más armamentismo, mas beligerancia entre las naciones, más inseguridad planetaria.

La impronta del “soft” o “smart power” que los asesores del presidente Barack Obama han pretendido instalar es más bien un espejismo. Durante los ocho años de George W. Bush, la política exterior de Estados Unidos quedó profundamente impactada por la vehemencia y avasallamiento ideológico del neoconservadurismo implantado tanto en los aparatos de Defensa como de Relaciones Exteriores.

Aunque este fenómeno de una política exterior estadounidense profundamente ideológica, agresiva, y adicta al realismo duro proviene del recordado Richard Nixon, es gradualmente inserta en amplios sectores durante los ocho años de Ronald Reagan, un vocero excepcional de esa doctrina.

El neoconservadurismo no es un invento marxista, como sostienen aquellos que lo practican con sus propios códigos en los cuatro costados del planeta y no es un fenómeno exclusivo de Estados Unidos o el mundo anglosajón. Se expresa como una ideología de extrema derecha basada en “la creencia de que la clave para una sociedad mejor consiste en reconocer que las diferencias entre las personas son más importantes que las similitudes” (K.R.Hoover.1994).

En el plano doméstico, todo lo que huela o suene a estado protector y promotor de justicia e igualdades había que erradicarlo. En el plano internacional, había que combatir por la fuerza extrema, llegando incluso a los límites de la aniquilación mutua frente a cualquier manifestación de insurgencia al status quo capitalista o disensión marcada a la hegemonía de Estados Unidos.

La invasión y la ocupación a Irak fueron un fiel reflejo de la aplicación de esta doctrina que se reduce a refundar el capitalismo a partir de la destrucción de la actual fisonomía y carácter del estado. La candidatura de Mitt Romney fue eso y está en el espíritu de muchos neoconservadores repartidos en el mundo que se disimulan con variadas pátinas, desde el populismo hasta el autoritarismo.

El neoconservadurismo quizás no corresponda al liberalismo tradicional de Estados Unidos. Explota en toda su magnitud al final de la década de 1940 e incorpora a una gran cantidad de izquierdistas desencantados del estalinismo que se afianza en la Ex URSS. Paul Wolfowitz reconoció más de una vez haber coqueteado con el marxismo. Es así que hay que poner mucha atención respecto a una fisonomía única e inequívoca de neoconservadurismo como proveniente de una doctrina de derecha uniforme. Hay neoconservadores con residuos de izquierdismo que han sabido insertarse en forma cómoda en el amplio espectro que ofrece la modernidad y la globalización.

La guerra en Irak para la invasión fue corta y engañosa. La operación de entrar a Irak con un contingente mayor de tropas comienza el día 20 de marzo de 2003, aunque la invasión ya había comenzado por las fronteras con Arabia Saudí y Jordania. Las fuerzas de seguridad iraquíes no controlaban esas zonas y soldados estadounidenses desde Enero de 2003 entraban y salían desde y hacia Jordania y Arabia Saudí a voluntad. Uno los podía observar en el puesto de control fronterizo mientras una larga fila esperaba la verificación de papeles.

La situación era molesta tanto para los reporteros como para los guardias de seguridad y lo notable era la ausencia de fuerzas de seguridad iraquíes en los bordes de su país. Curiosamente la parte más resguardada era la frontera con Siria, que hasta entonces entraba en el plan como la campaña militar siguiente después de esta invasión.

El plan más ambicioso y que al final fracasó consistía en que con el esfuerzo económico y el despliegue para colocar 250.000 soldados en Irak, se podían despachar los otros dos gobiernos antagónicos a la alianza transatlántica, el de Siria y el de Irán.

La ausencia de pruebas legítimas para la invasión expuso la fragilidad de los estados y de la política. La “Irakología” post invasión confirmó que se trató de un fraude. Generó cerca de 200.000 muertes y la destrucción de un estado y lo que es peor, dejó la sensación de que se podía hacer todo tipo de violaciones al derecho y el mundo no se venía abajo.

El debate sobre las armas de destrucción masiva en Irak nunca fue sincero porque el plan de invadir a Irak comenzó a desarrollarse antes del atentado a las torres gemelas. Con esta invasión y el proceso inducido de transformación de la región, el hedonismo de la matriz pensante de la modernidad llegó a su punto culminante acoplado a la globalización con su melodía de acompañamiento y una banda de guerra.

Lo que está quedando claro es que no son redes terroristas las que acechan a los debilitados estados de la globalización y su población. Lo que se constata es la ausencia de políticas de estado consultadas con la población y la vigencia de políticos inoperantes encaramados en la cúspide del poder.

Coincidentemente, los regímenes que los eligen no son puestos en duda. Se refuerzan mutuamente apoyados por una liquidez de origen cuestionable y un sistema mediático que los legitima. En síntesis, a partir de Irak 2003 la sociedad civil nunca había estado más alejada de participar en los diseños que afectan más a sus destinos y más desprovista de información confiable.

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