lunes, 22 de abril de 2013

Muerte y negocios en el agua negra

Claudia Rafael (APE)

Negocios inmobiliarios oscuros, el dios dinero patrocinando los pasos de los reyes del poder, la contaminación del arroyo El Gato que lo hace hermano menor del riachuelo, las compuertas cerradas para salvarse sea como fuere. Y sobre todo las legislativas de octubre. El combo resultó espantosamente mortal. Aquel inicio de abril que en pocas horas invadió con sus aguas la ciudad de La Plata es una tomografía computada de la historia en tiempo presente. De los contextos políticos y sociales construidos perversamente por los desamparadores que usurpan dignidades.

Como demasiadas veces el precio fue alto: hachó las vidas de decenas de personas. Abonó miedos. Hundió infinitas angustias en los baldíos del alma y asaltó con ráfagas de cañón la mansedumbre y la calma.

E hizo aflorar –como el piedrazo feroz sobre el lago apacible- todos los espectros de la crueldad.

La desnudez de la historia argentina es experta en dejar harapos sueltos y desperdigados, plagados de incertidumbres. ¿Cómo hacer las cuentas con registros falseados y dudosos? ¿Quién podrá alguna vez saber cuántos fueron realmente los muertos de la inundación? ¿Cómo desentrañar a fondo los entramados de complicidades, negociados, intereses, corrupciones y desidias que ubican las responsabilidades de la muerte, la inundación y el vasto abanico de efectos muy lejos de lo climatológico?

La adrenalina de los tiempos, de las miserias, las conveniencias políticas y económicas suelen olvidar a las gentes y sus dolores.

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Mientras Alejandra descuelga la ropa en el fondo de su casilla, se pone en puntas de pie y otea las aguas más allá del chaperío que hace las veces de frontera entre su patio y el arroyo El Gato. Alejandra lo intuye. Pero no tiene palabras precisas para definir como las tuvo hace apenas un par de años, el Centro de Investigaciones Geológicas (CIG) de la facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata.

Cuando en 2011 el geólogo Marcelo Manassero estudió la concentración de metales pesados en esa cuenca concluyó –en declaraciones a un medio digital de la UNLP- que “los niveles de concentración de zinc, plomo, cadmio y otros metales pesados son de los más elevados del país”. Y fue claro: “el arroyo El Gato es una cloaca a cielo abierto”. Ahí fluyen libres y voraces los desechos químicos de fábricas de la región, residuos domiciliarios de las zonas urbanas que atraviesa, agroquímicos de las zonas rurales y desechos cloacales y patogénicos. Y Manassero fue más allá aún: aseguró que la investigación constató además que no existen peces ni materia orgánica porque no hay oxígeno suelto.

Todo está como eran entonces. Nada cambió, aparte del crecimiento tortuoso de sus aguas que con los 300 a 400 ml de lluvia bañaron sus pestes por la ciudad.

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Hay demasiados debates de la superestructura que terminan ocultando lo que fluye subterráneamente. A seis meses de las elecciones legislativas no hay quien quiera hacerse cargo de las infinitas responsabilidades del desastre. El triángulo municipio-provincia-nación juega a un juego imperdonable. Todo vale. La meta común es deshacerse de cuanta esquirla pueda rozar siquiera las ropas de funcionarios del nivel que sea. Octubre se acerca con pasos de gigante.

A Pablo Bruera, el intendente con mágica capacidad de estar en dos países al mismo tiempo, se le deben haber iluminado los ojos cuando le sugirieron hacer una presentación ante el Organismo Provincial para el Desarrollo Sostenible de la provincia para que investigue si “el plan de contingencia aplicado por YPF para hacer frente al incendio pudo haber tenido alguna incidencia sobre el escurrimiento de agua de la ciudad”. Según publicó Diario Popular “la versión, que cobra fuerza en la capital provincial tras la tragedia, sostiene que desde YPF se vieron obligados a cerrar las compuertas de un canal que pasa por el interior de la destilería para evitar que el nivel del agua siga subiendo”. Y luego advertía que “fuentes del Ejecutivo municipal explicaron que `existen muestras muy claras de contaminación con hidrocarburos en distintos puntos de la ciudad, incluso en zonas alejadas de la destilería`”.

En castellano claro: la empresa evacuó a sus trabajadores pero no dio el alerta en el vecindario y, además, cerró las compuertas e implementó un plan de salvataje de YPF que podría haber incidido en el impacto de la inundación.

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Hay un juego de ajedrez en donde las piezas están representadas por actores de carne y hueso. Cualquier movida fuera de tiempo y de lugar, cualquier distracción, cualquier mínimo error puede costar caro. Hay cuenta regresiva en el almanaque.

Y no hay inocentes más que los históricos de siempre, víctimas espantosamente castigadas y confinadas a lugares de los que, a veces, no se vuelve.

Los medios periodísticos juegan su propia partida. Los arreglos bajo escritorio surten efecto. Y las pautas publicitarias condicionan, subordinan, coartan, obligan. Las relaciones incestuosas del poder político local y el multimedios de marca e historia en la capital bonaerense dan sus rindes a la hora de la catástrofe.

Hace largo tiempo ya que la Municipalidad aporta puntualmente a los medios periodísticos del grupo: El Día, Radio 99,1; FM La Redonda y el canal Imagen Platense, en el que diariamente se lee una nota institucional en el noticiero y en el que la comuna tiene un programa televisivo propio de media hora semanal.

Las relaciones medios-política no es nueva sólo que estos son tiempos maniqueos y absurdos.

Y en el toma y daca de la historia hay apellidos que se repiten y que, en algún caso, hasta llevan a los sitiales más oscuros de la historia argentina reciente. Y entramados económicos que multiplican ganancias y engordan bolsillos. ¿Quién da el “visado” final para ciertos emprendimientos inmobiliarios? ¿Esos que edifican grandes torres que se devoran el porcentaje de pulmón verde imprescindible porque conviene cementarlo para construir estacionamientos propios? ¿Esos que pergeñaron un Código de Ordenamiento Urbano a su medida?

Bastaría seguir las crónicas periodísticas de los últimos años e indagar en relaciones comerciales destinadas a la concreción de negocios del mundo de la construcción; cajas millonarias de empresarios que “extrañamente” tienen una pata en el Estado; protagonistas de la política que fueron mutando de partido según las conveniencias pero que continúan actuando como oscuros testaferros del poder económico con vertientes hacia el universo del transporte pesado, de los emprendimientos inmobiliarios y de los medios.

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Muy lejos de las mieles del poder, el dolor quedó cincelado a fuego.

¿Cómo se apagó el último respiro en cada una de las víctimas? ¿Tuvieron conciencia de ese minuto exacto en que ya nada tenía retorno? ¿Olieron el miedo de su propia piel entremezclado con el hedor a espanto que no cesaba? ¿Cuántos son?

Ese empeño voraz de detener el número de muertos de parte de ciertas aristas del poder choca de lleno con los relatos de las barriadas.

“Cuentan que hay personas muertas entre los que vivían en asentamientos, algunos indocumentados. Gente excluida por el sistema que no sabe y no puede iniciar una demanda para que sus familiares figuren en un listado”, contó a APe el vecino de Ringuelet. “También los punteros políticos colaboran para que no trasciendan las muertes de los que viven en los asentamientos. Ellos conforman un aparato de gestión ciudadana en las sombra de la democracia. Acá el puntero político maneja la asistencia social del barrio, les da trabajo a algunos en la delegación, otros trabajan en la clandestinidad, negocia la obra pública en la zona, se reparte su tiempo como barra brava de Gimnasia y se da lujos como ir a ver el mundial de Sudáfrica”, siguió.

Quizás, como en la Santa Fe de diez años atrás, jamás se sabrá cuál fue el exacto número de vidas que terminaron con la inundación.

Eso sí: hay realidades que no mutan. Que persisten como antípodas eternas.

De un lado, la de los vertederos humanos, último destino cotidiano de los arrinconados al olvido, esos que van quedando en las orillas de la contaminación, con sus casuchas endebles y sus carros para salir a cartonear.

Del otro, los eternos hacedores de la fiesta. Esos que jamás equivocan su destino.

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