miércoles, 10 de abril de 2013

Santa Fe, La Plata: Diez años después

Carlos del Frade (APE)

Hay números que dicen cosas y otros que sirven para no decir nada o ahogar razones.

El 29 de abril de 2003 las aguas del Salado se tragaron la tercera parte de la ciudad de Santa Fe, la capital del segundo estado argentino.

Desde entonces hay cifras distintas. Para el estado provincial hubo 23 muertos.

Para los sobrevivientes, 161. Una gran diferencia que se mantiene hasta el presente.

La Municipalidad de Santa Fe, mientras tanto, prepara una serie de eventos para los diez años de aquel crimen hídrico como coincidieron dirigentes sociales, políticos y hasta investigadores de la Universidad Nacional del Litoral.

El gobernador de entonces, hoy senador nacional, Carlos Reutemann, jamás tuvo que molestarse en responder a la justicia, palabra enorme a esa serie de trámites que se realizan en los tribunales santafesinos donde los integrantes de la Corte Suprema siempre fueron gentiles, muy gentiles con el poder político de turno.

Sin embargo los sobrevivientes insisten en su reclamo de justicia y creen que el ex corredor de Fórmula 1 algún día tendrá que defenderse de la acusación de no haber avisado que se venía el agua y de tal forma, haber evitado muchas muertes. Tres funcionarios de poca envergadura fueron procesados pero están y siempre estuvieron libres.

“A las nueve de la noche nos subimos a la canoa, éramos veintidós, y por enfrente de la cancha de Colón se golpeó contra un palo y se rompió. Me desesperé porque mi hijo Elvio, de cinco años, gritaba: “¡Mamá!”. Y se lo llevaba la corriente. A mi bebé lo tenía una señora. Se lo pedí y como me tragaba el agua para adentro de la cancha yo lo solté, lo solté y él estaba vivo cuando lo solté. Lloraba y todo. Lo único que pedía en ese momento era que salvaran a mis hijos porque yo me estaba ahogando. Ese es el último momento en que lo vi a Uriel. Se iba y yo no podía hacer nada. Estuve doce horas adentro de la cancha, estuve cinco horas prendida a las columnas que están detrás de la tribuna con el agua hasta el cuello aguantando la corriente, con bichos que se te prendían y no se qué más. Yo también veía que eran mis últimos momentos, yo me veía morir ahí porque nadie me escuchaba”, contó Vanesa Fernández, de solamente veintitrés años y mamá de tres hijos. El más chico, Uriel, de doce días, fue arrastrado por la corriente. Cuatro días después del caos encontraron su cuerpito sin vida, es una de las tantas crónicas santafesinas diez años después.

-Me pesan los 51 muertos – dijo y repitió por estos días el titular de la cátedra de Hidrología de la Universidad Nacional de La Plata, Pablo Romannazzi que en el año 2007 había alertado sobre la necesidad de ampliar conductos y dejar de pavimentar y levantar edificios. “No se hizo nada o casi nada”, remarcó en estos tiempos donde la ciudad de las diagonales soportó una lluvia de casi 400 milímetros en menos de seis horas y que generó la cifra oficial de 51 víctimas y 350 mil afectados en forma directa o indirecta.

Tal como sucedió en Santa Fe, también en La Plata empiezan a mentir sobre la cantidad de vidas ausentes. Sin embargo es necesario preguntarse por qué ahora pondrían atención sobre esos seres humanos que cuando estaban vivos ya eran invisibles para el poder.

Como en Santa Fe, también en La Plata comienza a hablarse de juicio contra el intendente, Pablo Bruera, tal como sucedió con Marcelo Álvarez.

Y de igual manera a lo verificado en la ciudad a la vera del Salado, en la capital de la provincia de Buenos Aires los más castigados, como siempre, fueron los castigados permanentes del sistema, los empobrecidos, aquellos que en los últimos treinta años dieron vuelta la demografía de la ciudad e hicieron que el 65 por ciento de la población esté ahora en esos barrios periféricos donde el agua se tragó todo.

Diez años después, La Plata repite la matriz del desprecio: inversiones no hechas, obras inconclusas, advertencias desoídas, boom inmobiliario para pocos, mezquindades y corrupciones políticas varias y muertes todavía no denunciadas.

Todavía falta el pico de la crecida: el estrago psicológico, aquello que explotó en Santa Fe a los dos meses de la irrupción del Salado.

Cuando la fenomenal solidaridad de distintos sectores de la Argentina deje un espacio para reflexionar aparecerá con nitidez la contundencia de la peor de las tormentas, aquélla que no tiene nada que ver con la naturaleza, sino con la naturaleza indiferente de una política siempre al servicio de pocos. Esa tormenta parece que continúa.

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