viernes, 5 de abril de 2013

Una tragedia evitable y los daños irreparables

LA ARENA

La faja litoral que abarca a las ciudades de Buenos Aires y La Plata se ha visto afectada por inundaciones de magnitud desconocida, con consecuencias catastróficas para la capital de la provincia, donde los muertos llegaron al medio centenar y los perjuicios se elevan a varios miles de millones de pesos. En la Capital Federal los daños y las muertes fueron cuantitativamente menores, pero también importantes.

Aunque impresionante por el nivel de tragedia que generaron puede decirse, basándose en la información oficial, que semejantes precipitaciones pluviales entraban dentro de lo previsible: los 180 milímetros de lluvia caídos en poco más de dos horas contaban con antecedentes de parecida intensidad, del orden de los 150 milímetros, ocurridos en 1964 y 1980. No puede pensarse, entonces, que se trataba de precipitaciones inimaginables y atribuirlas a un cambio climático que da para todo.

Considerando únicamente a la ciudad de Buenos Aires se advierte que se trata de una historia repetida en la que el común denominador son las promesas vanas, la falta de obras efectivas y centenares de ciudadanos que terminan pagando un durísimo tributo a la inacción oficial con la ruina de sus bienes. La insuficiencia de los montos y la lentitud en efectivizarse los subsidios que se prometen completa el panorama en lo económico. En lo humano, con la pérdida de vidas, el daño es irremediable.

Años atrás, al serle comentada esta situación, un muy autorizado arquitecto y urbanista dijo a este diario que las ciudades ribereñas y sus áreas cercanas habían crecido, fundamentalmente, de la mano de dos empresas inmobiliarias que, centradas en el lucro, efectuaban loteos sin importarles mayormente niveles y distribución de las tierras, con el pago de las consecuencias a futuro. El futuro, a lo que parece, es el presente actual. Ignorados u obturados los drenajes naturales, sin modernización ni mantenimientos de los sistemas de desagües, faltos los habitantes de una cultura preventiva de este tipo de calamidades, no debe extrañar que una precipitación de orden extraordinario cauce tamaños desastres.

Los detalles que aparecen en el caos actual son muchos. La ciudad de La Plata, con sus experiencias anteriores, ¿no contaba con un plan de crisis y un comité permanente al respecto? ¿Es tan difícil para las empresas de electricidad, con la tecnología actual, construir cámaras herméticas que aseguren el servicio? ¿Las alertas meteorológicas no pueden implicar una mayor atención en los noticieros televisivos? Recuérdese al respecto que, según propia manifestación, hubo familias que salieron a pasear en automóvil bajo la lluvia, y pagaron por ello un alto precio.

El hecho volvió a recordar, también, la ausencia del que fuera el Servicio Nacional de Catástrofes, institución misteriosamente desaparecida durante el menemismo. Así los elementos que deberían estar depositados en forma permanente y a la espera de cualquier suceso -colchones, mantas, medicinas, agua potable, ropas, alimentos de emergencia- quedan nuevamente librados a la solidaridad pública.

Una vez más debe decirse que no se trata de críticas cómodas. Hay países de clima más riguroso que el nuestro en los que estos u otros episodios climáticos de magnitud no son raros. Sin embargo una adecuada preparación y funcionamiento, tanto ciudadana como institucional, reduce muchísimo los daños. ¿Por qué nosotros no podemos imitarlos? Los terribles resultados a la vista y los días de duelo nacional decretados por el gobierno nacional ojalá obren como duro recordatorio de lo ocurrido y de lo que se debe hacer para prevenir tan terrible tragedia.

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