martes, 4 de junio de 2013

En algún lugar… El cinismo del magnate

Laura M. López Murillo (especial para ARGENPRESS.info)

El fenómeno de la televisión demuestra que la gente está dispuesta a ver cualquier cosa con tal de no verse a sí misma.

En algún lugar insólito pero cotidiano, la desventura y las angustias se desvanecen por los artificios de un placebo visual y todos los sinsabores de la realidad se endulzan con la fascinación de la mirada…

La invención del daguerrotipo transformó la emisión de los mensajes en un proceso cautivador porque las imágenes llegan instantáneamente al cerebro llevando consigo una pequeña inmensidad de ideas y significados. El éxito de los mensajes o signos visuales obedece a la capacidad del cerebro para decodificar las imágenes percibidas en una fracción de segundo, pero en esta inmediatez no hay espacio para el discernimiento. Y así, las razones y los argumentos fueron desplazados en los mensajes visuales dirigidos a audiencias masivas y la televisión es el invento que confirma esta premisa.

Aunque existe una brillante excepción que confirma la regla: en 1949 Guillermo González Camarena, inventor de la televisión a colores, la presentó como un instrumento esencial para la enseñanza de la Medicina en la 9ª. Asamblea Nacional Cirujanos. Durante algún tiempo, las señales de televisión transmitieron clases de educación primaria y secundaria a todo el territorio nacional en un esfuerzo por llegar a los rincones inaccesibles de la geografía mexicana donde aún se carecía de escuelas.

Pero sucedió lo inevitable: el auge de la industria del entretenimiento propagó ilusiones como placebos existenciales y erigió a la televisión como el medio masivo por excelencia que se convierte en la única vía para escapar de las angustias de la realidad. La eficacia del placebo de la televisión es una certeza incuestionable: una y otra y otra vez, los telespectadores imitan conductas y actitudes de personajes de la programación televisiva; durante las campañas de linchamiento mediático, los entrevistados en sondeos de opinión repiten textualmente las notas informativas de los noticieros en televisión. Y recientemente, en la ciudad de Tijuana, Baja California, se aplazó la fecha para la terminación de transmisiones analógicas por las protestas de los habitantes que aún no cuentan con aparatos decodificadores o televisores digitales que representan el 7% de la población.

Cómo debe entenderse este suceso? Podría ser un episodio en una distopía que refleje la sumisión de una sociedad teledirigida: la digitalización de la señal de televisión es un avance tecnológico pero la calidad del audio y el video no significan la calidad de los contenidos; simplemente habrá más opciones idiotizantes. También podría ser la secuela infame en la biografía de los magnates: “para Emilio Azcárraga Milmo, como para su padre Emilio Azcárraga Vidaurreta, y para su hijo Azcárraga Jean, la televisión simplemente es un gran negocio: venderle espectáculo a los pobres y, a cambio, garantizarle al sistema la sumisión de los “jodidos” y el control político por la vía de la información”. La prioridad de la televisión comercial es divertir, distraer, enajenar a los pobres e incorporarlos a la sociedad de consumo, su función no es mejorar su condición ni mucho menos instruirlos.

Cuando el porcentaje de los hogares mexicanos con televisor asciende al 95%, el cinismo del magnate adquiere la contundencia de una condena. La gran mayoría de los mexicanos olvida sus problemas al oprimir un botón y entonces, la desventura y las angustias se desvanecen por los artificios de un placebo visual y todos los sinsabores de la realidad se endulzan con la fascinación de la mirada…

Laura M. López Murillo es Licenciada en Contaduría por la UNAM. Con Maestría en Estudios Humanísticos, Especializada en Literatura en el Itesm.

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