miércoles, 24 de julio de 2013

Viento del sur, mano de obra barata

Silvana Melo (APE)

Dicen que por julio, en este país puesto en los pies del mundo, el viento del sur amanece malhumorado. Se levanta y su furia levanta las heladas. Entonces oscurece el cielo con nubarrones gordos y plomizos, sube el frío hasta los bajos ceros y prohíbe el sol. Como un cuchillo filoso, penetra por todas las ranuras de las casas de chapa, por los agujeros de los techos, por las puertas con puerta en desgano, por las puertas sin puerta, por las ventanas con diario en lugar de vidrio. Hiela a los niños y a los viejos, arruga pulmones, propina la fiebre y la tos, acuchilla a los que duermen en las esquinas. Tira las velas sobre las camas, cierra herméticamente puertas y ventanas y enciende braseros venenosos, intoxica con gas, quema con fuego que debía calentar. El viento del sur, en estos pies del mundo, es la mano de obra barata del Estado.

En tres días anduvo la muerte prolífica, llenándose las valijas de gente de allá. De gente de los otros lados, de los arrabales y los márgenes. Donde los ciegos y sordos apenas asoman la nariz para masticar un chori en el barrio días antes de las PASO (que nadie sabe qué son en Lugano ni en Catuna ni en El Carmen ni en Manogasta ni en Palmira). Donde hablan de inclusión y cuando se van apagan la luz y cierran con llave para que nadie se escape de la celda barrial que le tocó. Como en la villa 20 de Lugano, donde el incendio en una casilla mató a dos niños que para los medios no tienen nombre. Tenían uno y seis años e intentaron calentarse con algo que ardió. Estaban solos.

Como en un asentamiento salteño en el barrio El Carmen donde los chicos encendieron fuego, locos de frío. Susana estaba con sus cinco hermanos de 3 a 10 años. Ella tiene apenas nueve y pudo sacarlos a todos. Nadie se explica cómo. De la casita no quedó casi nada. Para el viento del sur ahora son presa mucho más fácil: están en la calle.

Como en Santiago del Estero: un chico de 13 años se durmió al ladito del brasero. Lo encontraron con un hilito de vida, como una milagrería más en Manogasta. De por ahí venía también el cartonero que se murió en Tandil, puro hueso, en una pensión helada ocupada por obreraje santiagueño, mortificado en la cosecha de la papa.

Como Luca Thomas, de 8 años, que se quemó con su madre en el barrio Lourdes de Olavarría. Allí estaban, en el comedor y cocina y habitación, único cuadradito donde vivían todos. Puestos alrededor de una garrafa con pantalla. Que de pronto rozó la ropa y el fuego lenguaraz galopó imparable. Famélico. La policía llegó antes que los bomberos. Porque el barrio está marcado como indomable. Mientras la policía les ponía el cuerpo a los vecinos para que no avanzaran, las salamandras del fuego se devoraban a Lucrecia y a Luca. Y las piedras volaban desde la profundidad de la noche, alumbrada apenas por un fuego solísimo.

Como Maicol Castro, de cuatro años, que vivía en “una vivienda calificada de erradicación de ranchos”, según los diarios riojanos. La verdad era que Maicol, su madre y sus tres hermanos vivían sin luz, entre otras cosas. Y una vela encendida terminó con él en el Hospital de Catuna.

Como el hombre que ya no se levantó esa mañana escarchada. Vivía en una esquina itinerante de San Martín, en Mendoza. Como la niña sin nombre de Palmira, calcinada por una estufa que debía entibiarla. Sólo entibiarla. Pero se cayó y la ira del fuego se llevó a la niña mendocina sin nombre.

Dicen que por julio, en este país puesto en los pies del mundo, el viento del sur amanece malhumorado. Tira las velas sobre las camas, cierra herméticamente puertas y ventanas y enciende braseros venenosos, intoxica con gas, quema con fuego que debía calentar. El viento del sur, en estos pies del mundo, es la mano de obra barata del Estado.

Mata por olvido y sin sueldo. No desobedece porque no puede. Porque es el viento y el viento cuando es del sur se viene frío y extirpado de piedad. Es como un cuchillo: asesina cuando lo empuñan. Y lo empujan. Es la mano de obra barata del Estado. Que primero mata y después envía chapas y colchones si hay sobrevivientes.

El mismo viento es el que se llevará las promesas que quedaron sobre la tarima después del acto de campaña.

El mismo viento.

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