jueves, 8 de agosto de 2013

Brasil: La calma y el maremoto

Osvaldo Coggiola

Los movimientos callejeros continúan dictando cada paso de la política del país, a pesar de su retroceso en julio. Río de Janeiro asiste diariamente a manifestaciones contra el gobernador Cabral (PMDB), elegido plebiscitariamente en 2010 (con apoyo del PT) y que ahora cuenta con un (sobreestimado) apoyo de 12% del electorado. Cabral fue cercado por la población en Campo Grande, donde había ocurrido un accidente trágico y tuvo que huir: su propia casa sufre un cerco diario. El gobierno de San Pablo, histórica y actualmente en manos del PSDB (oposición), sufre la explosión de una bomba en su propio campo: la empresa Siemens auto-denunció su participación en un esquema de sobrefacturación en las obras de construcción del subte metropolitano (280 millones de dólares), con la complicidad del gobierno del Estado. Las manifestaciones en San Pablo, aunque muy minoritarias en relación a las del tarifazo de transportes, también continúan diariamente.

Bajo esas condiciones, el gobierno nacional (PT), después de un nuevo corte presupuestario (10 mil millones de reales), que se suman a los 28 mil millones de reales ya cortados en el primer semestre, para alcanzar las metas de superávit primario impuestas por el FMI (garantizando el pago puntual de la deuda pública) liberó 6 mil millones de reales en “enmiendas parlamentarias” (corrupción disfrazada), con el objetivo de mantener el apoyo de la “base aliada”, que le podría jugar la carta de la destitución. El superávit primario de 2013, aun así, es el peor desde 2001. A la fuga de capitales (que invocan los peligros de un país en el cual las calles son ocupadas cotidianamente) se suma ahora el déficit comercial, el primero en toda la década petista: 5 mil millones de dólares en los primeros siete meses del año (contra un superávit de más de 25 mil millones en igual período de 2006). El boom exportador se ha reducido en 30 mil millones. Sólo continúa ganado el capital financiero, beneficiado por la elevación de
las tasas de interés: Itaú Unibanco (mayor banco privado) lucró 3,6 mil millones de reales en el segundo trimestre, récord histórico. El país se hunde al compás del parasitismo capitalista-financiero.El parasitismo estatal está a su servicio. Frente a las movilizaciones, la presidente anunció que estudia la fusión de algunos de los 39 ministerios (13 en 1990), que emplean 984.330 funcionarios, o sea, despidos de estatales. Pero nada de tocar los 22.417 “cargos de confianza” de los ministros, un verdadero ejército de parásitos sociales.

La única noticia “positiva” es la desaceleración del ritmo inflacionario (0,26% en julio) debido a la caída… del precio de los transportes (la gran victoria de las manifestaciones). Como la población sabe que esto no se debe en nada al gobierno, el índice de popularidad de Dilma Rousseff sigue cayendo (ya lo hizo de casi 70 para poco más de 30%): el único consuelo de petistas oficiales y oficiosos es que el índice de los opositores electorales (declarados) también cayó. Esto los lleva a la conclusión de que, con las debidas correcciones, el PT podrá “navegar” la actual crisis. La gran contribución de la Dirección Nacional (DN) del PT (olímpicamente ignorada por Dilma) fue la producción de un parco documento (después de diez días de negociaciones entre todas sus corrientes) donde afirma que “la conducción de una nueva etapa del proyecto exige ratificaciones en la línea política del PT y el gobierno que se reflejen en la actualización del programa y la consolidación de la estrategia que expresa la radicalización de la democracia”, o sea, nada. Sobre fuga de capitales, deuda pública (interna e externa), salarios, despidos (el desempleo creció 0,6% este año, y las empresas anuncian nuevos cortes) y, sobre todo, represión (asesinatos en las favelas, y un desaparecido en Río, Amarildo Dias de Souza), ni una palabra.

La izquierda petista y no petista

Mientras la izquierda no petista se limitar a reclamar (literariamente) su derecho a la existencia (remunerada, claro) -su participación en las actuales manifestaciones es nula- la izquierda del PT busca aprovechar la crisis para subir en el aparato, usando la política del avestruz hasta la esquizofrenia. “La reacción pública de la DN del PT, de la presidente Dilma y de Lula fue en la misma dirección: enfatizar la coincidencia entre los reclamos callejeros y nuestros objetivos estratégicos”, reza el documento de la Articulación de Izquierda, AE (Página/13, agosto). Dilma, recordemos, mandó inicialmente reprimir con todo las manifestaciones, mientras Lula se iba de gira por Africa. Para la AE, el problema sería que “las fuerzas de derecha, incluso la que se abriga en el gobierno y controla el Congreso Nacional, no quieren ninguna reforma política”; “los acontecimientos confirmaron”, continúa, “que si el PT no cambia de estrategia será atropellado”, lo que no impidió a la AE firmar el documento de la DN (“consolidación y ratificación de la estrategia” incluida).

Lo de la reforma política es más sabroso. Pues la “fuerza de derecha gubernamental que controla el Congreso” (el PMDB) instituyó una comisión parlamentaria de reforma política, con un proyecto que “flexibiliza” (sic) el financiamiento partidario, elimina prácticamente las multas a los donadores privados (personas o empresas), suprime cualquier límite a la propaganda electoral por cualquier medio, y libera a los partidos y candidatos de comprobación de gastos, además de incrementar los recursos públicos de campaña; o sea, la joda completa. Lo sabroso es que la comisión es presidida, por indicación del PMDB… por el propio PT (Cándido Vaccarezza).

Los gurús ideológico/políticos de la izquierda han apuntado unánimemente el peligro del surgimiento de una derecha fascistoide, como el sujeto que grita “¡al ladrón!” para encubrir la acción de los ladrones reales. La izquierda brasileña surgida al calor de la fase final de la lucha contra la dictadura y de la pseudo democratización de la década del ‘80 ha agotado su ciclo histórico y político. En medio al derrumbe comercial y financiero del país, y al derrumbe de su régimen político, una nueva izquierda clasista podrá ver la luz sobre la base del balance político de la izquierda actual, que no será, sino que está siendo, “atropellada”.

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