jueves, 29 de agosto de 2013

Colombia. Desarrollo Rural Integrado en Provincia

Alberto Pinzón Sánchez (especial para ARGENPRESS.info)

De un día para otro, llegaron a Provincia varios desconocidos, que vestían casi la misma ropa: una camisa de manga corta, blanca o a cuadros, un bluyín un poco gastado a la altura de la rodilla y unos botines negros de cuero duro llamados “guayos” . De rasgos mestizos casi idénticos, ojos oscuros escrutadores, tenían la piel curtida por el sol y el viento, y no usaban gorra ni sombrero. Eran de mediana edad, fornidos o un poco atléticos, con el pelo al rapé. Se alojaron en el mismo Hotel de la plaza principal y durante el día se paseaban continuamente por la plaza del pueblo, frente a la alcaldía y demás casas de la administración municipal. También patrullaban las calles aledañas en pequeños grupos, casi siempre tres, separados unos cuantos pasos, no hablaban ni entre sí ni con nadie y se limitaban a observar detenidamente y en silencio a los pobladores, sus vestimentas, las casas y las calles. Inmediatamente una ola de preocupación, sino de miedo, se apoderó de los habitantes de pueblo.

A la semana siguiente, se supo a que habían venido: Golpeaban fuerte en los portones de las casas y cuando se les abría, sin mediar palabra, entregaban un pequeño papel impreso que decía, que como la autoridad de Provincia no estaba funcionando bien, ellos habían venido a poner el orden en toda la región, recomendando además, brindarles toda la colaboración posible o atenerse a las consecuencias. Venían de parte de Don Ricardo.

Al hospital llegaron por la mañana luminosa y venteada, apenas habíamos comenzado la consulta externa, preguntando por mí. Recibí a los tres tipos y quien me alargó el papelito, esta vez sí me dirigió la palabra, después de un cómo le va doctor, me solicitó que leyera. Cuando concluí, me dijo:- Con usted doctor, es más fácil. Don Ricardo fue su amigo de infancia ¿Lo recuerda? Si lo recuerdo. Él le pide que por favor le colabore, no con plata ni cosas materiales como los demás del pueblo, sino que su colaboración, obligatoria, carraspeó, consiste en informarle a su delegado, así se definió, la llegada al hospital de cualquier herido por leve que sea. Serían ellos quienes decidirían qué hacer después de interrogar al herido. Eso fue todo, se despidió con un hasta pronto, rematando la despedida con un no se le vaya a ocurrir avisarle de esto a nadie.

Ricardo Chavarría era hijo del “boticario” del pueblo y vivíamos en la misma cuadra, carrera cuarta con calle cuarta. Recuerdo todavía los días apacibles y soleados de nuestros juegos al trompo, a las maras y a las carreras en aquella calleja pavimentada con grandes piedras de Sanjil. Con él siempre estaban sus dos hermanos menores Iván y Jorge. Ricardo tenía la frente abombada, las mejillas pálidas y chupadas, y los ojos inquietos, un poco saltados y rojizos. Era bajito y la gente decía que era el vivo retrato de su padre; quien había llegado con su familia a Provincia, desde la cordillera, huyéndole a la violencia del cincuenta. Con algunos pesos que logró sacar por la venta obligada de su finca, montó en una esquina de la plaza, un cuchitril donde ayudado en las pequeñas tareas por Ricardo, vendía aspirinas, pomadas de mentol, sales digestivas, preparados con hierro para la anemia, vermífugos a base de quenopodio, algunos jarabes de plantas elaborados por los indígenas de más allá del río para la picadura de culebra, para dormir y uno especial llamado “quererme” para hacer caer en la cama a la mujer deseada. Habíamos ido juntos a la escuela pública y aún tenía bien presente su permanente charla sobre las preparaciones químicas y menjunjes que hacía con su padre, así como del terrible daño que le habían hecho a su familia y de cómo vengarse de eso. La venganza era su tema favorito.

Años más tarde, supe que Ricardo se había ido a estudiar mecánica de aviones, en los talleres que tenía la Fuerza Aérea en la ciudad de Cali y después, cuando volvió a Provincia a visitar a su familia, él mismo contó que se había hecho un piloto de avioneta y ahora era experto en fumigar a vuelo rasante y esquivando los cables de la luz, cultivos extensos en el valle del rio Magdalena, o donde lo llamaran. Estaba a punto de comprar su propia avioneta para acondicionarla y ofrecer sus servicios.

Poco a poco, como si fuera un rompecabezas, su historia personal se fue conociendo casi en su totalidad: fue contactado por un exportador boliviano de pasta de coca de la región de Santacruz de la Sierra, para que con su pequeño avión acondicionado para vuelos largos, un Turbo 1. 000, en vuelo rasante que burlara los radares, trasportara en cada vuelo tres toneladas de pasta de coca hasta los llanos orientales en Colombia. Pero desde el primer viaje, Ricardo descubrió que la pasta de coca boliviana era muy húmeda y pesada; entonces recurriendo a sus recuerdos químicos de boticario y después de varias experiencias, ayudó a descubrir un nuevo sistema para cristalizarla, hacerla más compacta, liviana y trasportable. En adelante, su fortuna creció al mismo ritmo del éxito de sus viajes.

Su padre vendió la botica y la casa de habitación en Provincia y la familia Chavarría salió con algunas pertenencias hacia Bogotá, donde se disolvió entre los millones de habitantes de la gran ciudad. A partir de ese momento Ricardo abandonó totalmente la aviación y sus negocios de transporte aéreo y se regresó en firme a Provincia. Compro a poco precio una casa-quinta o finca de varios cientos de hectáreas, llamada “la Loma”, situada a un lado del carreteable a Bogotá, a unos cuantos kilómetros de distancia del pueblo, la refaccionó o reconstruyó completamente con la asistencia profesional de una firma de ingeniería de la construcción con sede en Miami USA, y allí estableció su sede y la de los hombres a su servicio. Luego trajo a sus hermanos menores Jorge e Iván.

Jorge había hecho un curso práctico de Desarrollo Rural Integrado DRI en la granja experimental de Palmira, ciudad cercana a Cali, e Iván acababa de concluir su Servicio Militar Obligatorio en la quinta brigada. A Iván, por sus dotes organizativas y contactos que acababa de tener, le encargó la formación, con algunos de sus antiguos compañeros reservistas, el entrenamiento y dotación completa del cuerpo de hombres armados que irían a protegerlos a ellos y a sus inversiones. A Jorge, le encargó la expansión agraria; primero hacia la cordillera de Provincia, donde su padre tuvo la finca que debió vender, donde introdujo forzosamente, entre los medianos propietarios agrícolas que aceptaron la imposición de eliminar sus pequeños cafetales, la siembra masiva de frutas para la exportación: curubas, moras, granadillas, maracuyás y en la parte más alta de la vertiente, fresones gigantes. En nombre de su hermano Ricardo, Jorge amenazó, mató y compró a las viudas, no solo esa parte de la vertiente que conocieron cuando niños, sino que a continuación diseñó un plan de expansión para comprar las tierras llanas de más allá del rio, con el fin de transformarlas en fincas productivas: ganaderías extensivas pero tecnificadas, cultivos extensos de arroz, millo, ajonjolí, soya y demás cereales y granos para la exportación, como los que su hermano había fumigado años atrás. Criaderos de búfalos importados de Trinidad-Tobago, caballerizas de caballos árabes, andaluces y de paso colombiano y sobre todo siembra de kilómetros enteros de palma africana con toda la maquinaria para la extracción y trasporte a Bogotá de tortas de aceite para la exportación. En diez años hubo quien calculó que Ricardo Chavarría tenía más de 20 mil cabezas de ganado y 120 kilómetros cuadrados sembrados en Palma aceitera africana.

Los negocios se hicieron desproporcionados y evidentes a los ojos de todos los habitantes de Provincia y la casa-quinta de “la Loma” se convirtió en el centro político administrativo del pueblo. Allí llegaban invitados o no, solos o acompañados de bellas mujeres, a tomar café tinto o ron añejo, políticos, comerciantes, negociantes, cultivadores, exportadores y abogados de toda índole, el comandante del batallón de Provincia y el de la Policía y hasta el silencioso cura párroco, fue a solicitarle a Ricardo una ayudita para la reparación del techo de la iglesia que amenazaba ruina. Fueron los años de la bonanza.

Pero la situación en el país cambió súbitamente a causa de un malentendido de dineros entre el señor Escobar de Medellín con el gobierno de Bogotá, volteándose totalmente la situación. Había llegado la malanza o desventura. Ricardo pretendió enfrentar las dificultades bebiendo con mucha más frecuencia de lo habitual ron añejo mientras escuchaba como un sonsonete premonitorio la canción de moda “nadie es eterno en el mundo”. Las visitas y reuniones en “la Loma” empezaron a hacerse más escasas, sigilosas o encubiertas, entonces Ricardo para mantener el ritmo de sus negocios en franco declive, tomó la iniciativa dando orden a sus hermanos de evitar cualquier enfrentamiento por pequeño que fuera, con los militares o la policía, centrándose en reforzar con sus hombres el control de toda la región; mientras él viajaría a Santa Cruz de la Sierra en Bolivia en donde pasaría desapercibido en casa de su amigo, en espera de que el clima de los negocios mejorase en Provincia. Esa era la situación en el pueblo cuando los tres hombres de Ricardo vinieron a visitarme en el hospital.

Lo que a continuación siguió tuvo un desenlace demasiado vertiginoso. Ricardo fue descubierto por las autoridades de Bolivia y con expedientes antiguos fue detenido y encarcelado en una cárcel de Cochabamba. Nadie volvió a saber nada más de él. Parece que fue acuchillado en una riña entre reclusos. Mientras tanto en Provincia, Iván con sus hombres atacó en su propia casa a su hermano Jorge dándole muerte y poco tiempo después, el ejército del batallón de Provincia dio una muerte simple a Iván. A continuación, todos los bienes de la familia Chavarría fueron incautados por el gobierno nacional invocando la reciente ley de “extinción de dominios”, mientras en Provincia, en el café de Pedrito y en algunos bares de la zona de “mate’mango” aún se seguía oyendo la canción del despecho “nadie es eterno en el mundo”.

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