jueves, 29 de agosto de 2013

Paraguay: Miopía del progresismo

José Antonio Vera (especial para ARGENPRESS.info)

En medio de la mejor oportunidad que tienen, en más de un siglo de historia del país, de conformar y consolidar una fuerza vertebrada, unitaria, que dispute con chances el poder político a la derecha, los sectores democráticos y progresistas de Paraguay acusan una dramática flacidez orgánica e ineptitud creativa que pueden resultarles suicidas, dentro de una coyuntura nacional sumamente confusa.

Hay tres únicos elementos claros en el panorama: 1) la conducta pragmática acelerada del Presidente Horacio Cartes, cuya omnipresencia podría generar en poco tiempo los efectos de un boomerang, 2) la situación de los partidos, el Colorado y el Liberal, manifestando obsolescencia por igual, aunque en su ocaso se diferencien en leves aspectos, y 3) la ausencia irresponsable del universo político que hace cinco años inició el proceso de cambios y que, moral e ideológicamente debería protagonizar una oposición combativa al proyecto de enclave colonial que sugieren ciertos signos.

La incapacidad de reaccionar, de todo el abanico orgánico que fue capaz de sumar fuerzas desde finales del 2006, identificado con la idea de la justicia social y el rescate del país del atraso y la corrupción, semeja a un organismo enfermo que ha perdido casi todos sus recursos para defenderse y enfrentar el mal con voluntad de vencerlo, convirtiendo su insignificancia en un comodín político y, más grave aún, en cómplice del embrollo nacional que genera el vacío de conducción progresista.

Hace siete años, el principal elemento aglutinador fue, sin la menor duda, Fernando Lugo, cuyo traslado de “la siesta conventual”, de la que lamentablemente nunca se apartó siendo presidente, a encabezar las fuerzas que venían reivindicando el derecho humano a vivir decentemente, provocó escalofríos en los sectores más recalcitrantes y de misas domingueras, y una gran esperanza entre la mayoría de la población.

Ese liderazgo, a pesar del desgaste que le produjo ciertos deslices personales, convertidos en culebrones mediáticos por sus enemmigos, y garrafales errores de gestión, todavía conserva vigencia en importantes sectores ciudadanos, constituyendo el mejor capital político que tiene el mundo progresista paraguayo, aunque pretendan ningunearlo ciertos aliados de la hora triunfal, desafinados y decepcionados por cortoplacistas, en el mejor de los casos, y aparente ignorar el propio exObispo.

En medio de la orfandad de conducción política digna que sufre el pueblo paraguayo, pervive cierta conciencia de que durante los cuatro años de gobierno, se registraron importantes avances en los servicios sociales, en particular la salud, en el combate de la mafia agrotóxica y enemiga del bienestar campesino y de los pueblos originarios, y en defensa de la soberanía energética, enfrentado al sistemático sabotaje del parlamento y el Poder Judicial, funcionales ambos a la oligarquía de los paraísos fiscales y a las corporaciones financieras transnacionales.

Asombra hoy la falta de respuesta militante de los aparatos de dirección del Frente Guasu, del que Lugo es su principal autoridad, un conglomerado que, mal que bien, conserva una docena de emblemas que aparece como el mal menor de lo que debería constituir la herramienta antagónica a la alianza colorada-liberal, lanzada en una escalada recalcitrante contra los intereses y las fuerzas populares a la primera semana del gobierno de Cartes.

La militarización del país, autorizada por el parlamento y ordenada por el presidente, bajo el pretexto de combatir la guerrilla (¿?) del Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP), desplazando a la policía nacional de la misión de garantizar la seguridad interna, es una decisión inequívoca de aplastar la resistencia popular a la política de territorio ocupado por la inversión de capitales extranjeros, cuyo origen puede ser del lavado, como se sospecha entre la población, del trabajo esclavo de las maquilas y de privatización de varias empresas públicas.

Organizaciones campesinas y urbanas, abogados defensores de presos políticos y militantes sociales, afirman que en departamentos del este-norte ha comenzado el allanamiento de domicilios de dirigentes que se oponen al sembradío transgénico y a los fertilizantes tóxicos, que agentes policiales, aún presentes, extorsionan a familias humildes, y que hay uniformados que consideran crímenes contra el Estado la tenencia de libros marxistas, el pensamiento crítico y la lucha social.

En la retranca cómplice, pero relativamente más explicable aún por razones de conservadurismo ideológico, van prendidos en la desunión e inoperancia el Movimiento Avanza País, fenómeno de una media docena de átomos pequeños, los partidos Democrático Progresista, Demócrata Cristiano, Encuentro Nacional, y otros aún más pequeños aunque con registro electoral.

Una contradicción generalizada caracteriza al campo político paraguayo en la hora actual. Primero, hay un gobierno, empresarial y privatizador, cuyo presidente fue elegido con amplia ventaja por el tramposo método de la democracia formal, que ha ingresado a la política como un ventarrón que aparenta envolver a los otros dos poderes del Estado, sin sentir pertenencia al partido que representó en las urnas.

En ese fenómeno, cuyo núcleo es el poder financiero, coexisten los dos viejos partidos desarmados, impotentes, resquebrajado el Liberal y resentido y lloroso el Colorado, y los retazos de la poderosa Unión Nacional de Ciudadanos Eticos (UNACE), que se había situado en la tercera fuerza nacional hasta que se derrumbó el helicóptero que trasladaba a su líder y postulante a la presidencia, el General (destituido) Lino César Oviedo, pocas semanas antes de las elecciones del 21 de abril pasado.

De la UNACE, que supo ser un aleteo fuerte del coloradismo, con tinte fascistoide, sólo está quedando las rencillas entre sus herederos biológicos y políticos, algo similar a la situación del empresarial Patria Querida, que gozó de cierta presencia parlamentaria menos cavernícola en su primer período, pero que, en su desvío a favor de los círculos más usureros y especuladores, quedó enterrado en las urnas por la ciudadanía.

En esa pérdida de influencia orgánica, y de cara a los intereses populares, es mucho más lamentable el decaimiento reivindicativo, que se observa en las calles, de las organizaciones campesinas y los movimientos sociales, déficit ante el cual hay una ciudadanía que expresa exasperación cuando su lucha para sobrevivir le deja tiempo para pensar en política, y una minoría de gente consecuente que persiste en su lucha y compromiso anticapitalista.

En ese poco alentador panorama, Cartes mueve sus piezas sin contrincantes a la vista, ganando tiempo para avanzar sus peones, mientras sus voceros y también él en sus repetidas apariciones públicas de los últimos días, en un cambio táctico evidente con relación a su comportamiento de semanas anteriores, prosigue ofreciendo diálogo a todos los sectores, buscando alcanzar un consenso nacional que le dé tiempo para aplicar su proyecto, pero ese plan aparece algo lejano del éxito porque está ausente la participación ciudadana, cada día menos identificada con las cúpulas dirigentes.

Todo el gabinete del gobierno repite la promesa electoral de funcionar de frente a los intereses y esperanzas de la población, “Paraguay primero”, en la línea del “Nuevo Rumbo” que es la insignia presidencial, pero ese discurso omite que en la negociación que podría proponer un acuerdo nacional, no existe voluntad de corregir o enriquecer los postulados y objetivos de Cartes, lo cual suena a imposición más que a coincidencia, la que sólo podría ser lograda aplicando medidas sociales progresistas.

La expectativa del pueblo paraguayo crece y, de diferentes maneras prosigue expresando hartazgo de las cúpulas partidarias, como ocurrió en el 2008 con el Partido Colorado, cuando lo derrotó Lugo y evitó la implosión del Partido Liberal, convertido en aliado y luego su principal traidor, al encabezar el golpe del 22 de junio del 2012, en lo que su conducción consideró una victoria, olvidando a Pirro.

Hace cuatro meses, de nuevo el pueblo hizo gala de tolerancia, otorgando una oportunidad a Cartes, que no fue lo mismo que a los colorados, como ya se constata con la disconformidad de las bases, que han llegado a poner banderas negras en el frente de muchas seccionales, en señal de luto porque se sienten utilizadas por el mandatario sin recibir los acostumbrados dinerillos que, por años, les han garantizado un confortable sustento.

Parte de esos colorados, al igual que ocurre entre familias liberales, están activos y, aprendiendo de la realidad que la política es una cosa diferente a la practicada durante décadas por los aparatos partidarios, y empiezan a mirar el país con otra visión, permitiendo despuntar cierto esbozo de oposición que busca identificación de ideas y proyectos progresistas contra la angurria oligarca y la injerencia política de Estados Unidos, que utiliza a Paraguay como palanca contra la integración regional.

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