viernes, 20 de septiembre de 2013

Argentina, Córdoba: Juicio La Perla. Impactantes y conmovedores testimonios de familiares y sobrevivientes

Katy García (PRENSA - RED)

Declararon ayer Sergio Kogan, Enrique Di Mauro, Raquel Mirtha Sosa de Trigo y Stella Maris Molina. Se trata del expediente “Quijano” que indaga sobre los secuestros de militantes del Partido Comunista (PC), ocurridos entre junio y septiembre de 1976, luego trasladados a La Perla, donde habrían sido fusilados y enterrados en fosas comunes, durante la última dictadura cívico – militar.

Este tramo del juicio investiga los secuestros, tormentos y asesinatos de Raúl Horacio Trigo, David Oscar Zarco Pérez, Rubén Manuel Goldman, David Colman, Eva Wainstein de Colman y su hija Marina Colman (16); Enrique Daniel Guillen, Mónica Protti de Guillen, Hugo Alberto Kogan y Humberto Cordero; y el asesinato de Eber Grilli, ocurrido en su casa, el 21 de septiembre de 1976, cuyo cadáver fue llevado a la Morgue Judicial.

Sergio Kogan

Es hermano mellizo de Hugo Kogan secuestrado la madrugada del 22 de septiembre de 1976 cuando retornaba a su hogar luego de un ensayo coral en el club de la Asociación Israelita de Córdoba (ACIC).

El testigo, fue el primero en declarar.Le contó al Tribunal que avanzada la noche, unos seis hombres, vestidos de civil, ingresaron a su casa de dos plantas, a buscar a su hermano. Lo esperaron en la escalera. Cuando llegó lo interceptan y se lo llevan. Venía con su amigo Alejandro Passetti. “Estaban vestidos de civil, uno de campera de cuero, rubio, y los otros, eran morochos con tonada del norte”, recordó. “Mi madre quería salir, poder verlo y le pegaron un grito diciéndole que si salía la mataban”, relató. El amigo se quedó en la casa.

Cuando todo era silencio “me asomo al balcón y veo tres autos, dos Falcon y un Taunus, color claro, crema”, dijo. Les habían dicho que eran de la Policía Federal y que “nosotros trabajamos así”.

La víctima venía en un auto unto a Mario Misraji y Adela Coria. Vieron los autos y la puerta de la casa abierta. “Le dijeron que no se bajase pero Hugo decidió hacerlo. Ellos “siguen de largo, dan una vuelta, se estacionan en la mano del frente; sabían que el día anterior Rubén Goldman había sido detenido. Y bueno, él entró. Los convenció que estaba todo bien y no sabemos qué paso por su cabeza en ese momento”, explicó.

Declaró que presentaron unos 15 a 20 Habeas Corpus. En la Justicia Federal se declaraban incompetentes y en la provincial, el ministerio de gobierno, les contestó que no había ningún dato. Fueron hasta la Policía Federal y de ahí los mandaron a la Comisaría séptima. Agotadas las posibilidades locales se dirigieron a Buenos Aires. Tramitaron ante el ministerio del Interior y solicitaron entrevistarse con Albano Harguindeguy.

La Carta a Videla

“En marzo, le presentamos una carta con 200 firmas a Videla pidiendo datos sobre mi hermano y también a Menéndez le mandamos una carta que tiene una respuesta del 27 de octubre”, se acordó. Su madre le relataba los hechos, los lugares donde presentaron amparos y le explica que el joven era afiliado de la Federación Juvenil Comunista conocida como la FEDE y le pide respuestas sobre su paradero.

Leyó un fragmento que dice: “…como pienso que está en su poder toda la información sobre estos casos le ruego me conteste este pedido, lo hago como una madre desesperada -hace una pausa y se le caen lágrimas- sin consuelo pensando en las privaciones que estará viviendo Hugo y sé que hay otras madres igual que yo y por ellas también le pido. Sea quien sea, que se ha llevado a mi hijo, es un hecho cruel privar a la familia y por qué castigar así a una persona que lucha por un ideal, que lucha sin armas, sin sangre y sin muerte”. Y le solicita una audiencia para poder explicarle quien era Hugo. La Carta fue enviada el 12 de octubre y la respuesta fechada el 27 del mismo mes.

El testigo busca entre los papeles que se observan amarillentos por el paso del tiempo y también se ven otras cartas enviadas a organizaciones del exterior.

La respuesta muy escueta niega los hechos. El testigo lee: “De mi consideración, en respuesta a la carta, llevo a su conocimiento que el Ejército Argentino no hace procedimientos de civil por lo que su hijo no se encuentra en ningún lugar…” y la firma el Teniente Coronel Raúl Gentil.

Lo vieron en La Perla

Ante una pregunta del Fiscal Trotta comentó que una vecina les contó que un pariente que salió en libertad -Juan José Fernández- lo había visto en el campo de concentración La Perla. “Era una información muy difusa y no pudimos concertar una reunión con esa persona. Mi madre falleció en el 2003, y nunca pudo hablar con nadie que le diga un dato concreto de Hugo”, aseveró.

Muchos años después, se enteró que Elizabeth “Elita” Brailovsky había estado con él en La Perla y que una de las hermanas le contaron que el libro “Los sapos de la Memoria” escrito por Graciela Bialet reflejaba esa historia en los personajes Ana y Hugo.

Ante una pregunta de Claudio Orosz acerca de la ocurrencia de otros secuestros afirmó que “Nos fuimos enterando que en esos días detuvieron a distintos militantes del PC y no lo podemos ver como algo individual. Y citó entre ellos a Mónica Proti, Enrique Guillen, Rubén Goldman, Juan Fernández y la familia Colman.

“Mi hermano era un tipo con un carisma y un magnetismo especial. Realmente era especial, por eso era querido (…) no toleraba una mentira, una traición, y a la vez era un tipo con una personalidad tan fuerte que era querido y respetado. Hacia un culto de la amistad”, evocó.

Nada la detuvo

Y un homenaje a su madre que como todas buscó a su hijo siempre. “Quiero decir que mi madre escribió esa carta a los pocos días que lo llevaron a mi hermano y ahí decía que estaba desesperada. Falleció 27 años después sin tener ninguna noticia y a pesar de esa tristeza y desesperación no se quedo en su casa a llorar ni esperar. Tuvo que salir de su casa y vencer el miedo, el silencio, la hipocresía. Cada trámite que hacía era una frustración y en este camino se encontró con otras madres que buscaban a sus hijos y allá fueron. Nada las detuvo. Una madre, cuando sale a buscar a su hijo, nada la detiene. Y gracias a ella, y a todas las otras madres, firmes, obcecadas tercas, corajudas, hoy podemos estar acá a pesar de que muchas no lo pueden ver…”, finalizó. Fue aplaudido.

Las cartas fueron agregadas al expediente.

Las 14 horas de Enrique Di Mauro

El testigo, de profesión titiritero, a dos días de contraer matrimonio, cuando se dirigía desde el centro a barrio Patricios portando toda la documentación propia y de su novia fue detenido sorpresivamente el 4 de octubre. Lo llevaron a La Perla donde fue interrogado y golpeado y a las 14 horas liberado.

Cerca de la calle Campillo, a punta de pistola “me vendaron y ataron la manos por detrás”, le explicó al Tribunal. Lo subieron a un auto y después de 20 minutos más o menos el auto ingresó por una carretera “rápida y lineal y tomó un camino de tierra unos 300 metros, después calculé que sería La Perla. Me hicieron pasar, vendado, por unos pasillitos muy finitos y me pusieron en una habitación. Me sacaron todos lo que llevaba encima”, describió.

Sus padres y tíos militaron en el PC. “Así que sos Di Mauro, así que ustedes andan haciendo la revolución…”dijo que le decían y que dos hombres que jugaban los roles de el bueno y el malo lo interrogaron. “Hablá, a mi no me gusta que le peguen a la gente”, lo instó uno de ellos.

El testigo comentó que había vuelto de una gira artística por Venezuela y que en 1975 ya se observaba una “desbandada de la militancia del sector universitario. Yo lo hacía en el MUR que era el brazo universitario de la FEDE. Se pusieron densos los muchachos con preguntas generales. ¿A quién conocías? ¿Vos militabas en filosofías? Decí nombres”, le pedían.

En ese instante y mientras pensaba quién había sido apresado para nombrar, apareció ante sus ojos Francisco Guillen “que no debe haber tocado una hondera jamás. Lo vi demacrado, muy cansado, pero lo vi parado, entero. Me hizo un gesto de resignación”, se acordó.

Lo golpearon con una cachiporra. “Y ahí hubo un impasse aparecieron dos señoritas porque eran voces femeninas y me empiezan a curar la cabeza y escuchaba que decían tiene mucha sangre”, dijo el testigo. Después decidieron soltarlo. Lo pusieron en un Falcon junto a una pareja que llevaba 23 días en el lugar.

Los dejaron en el cordón de una vereda en la esquina de Boulevard San Juan y Río Negro y les dijeron que contaran hasta 100 antes de sacarse la venda.

Compartió con la pareja el dinero para el taxi. Nunca más los vio. Cuando llegó a su casa su futura esposa que ignoraba lo ocurrido le dijo: “¿por qué no avisas que te iban a hacer la despedida de soltero? Se casó. Antes les avisó alos amigos que no fueran.

“Vivo tiempo de descuento, desde ese momento. Tengo cuatro hijos y un monton de nietos.

Raquel Mirtha Sosa de Trigo

La esposa de Raúl “el Negro” Trigo narró como fue “arrancado” de su lado sin que pudiera hacer nada, ni siquiera despedirse o acercarle un abrigo. Estaban casados desde octubre del ´75 y tres meses después se fueron a vivir al edificio de donde fue secuestrado. Contó que la madrugada del 23 de junio tras un “larguísimo y cruento operativo que empezó a la madrugada barrio Pueyrredón, de un edificio que una empresa de Café de Córdoba había hecho para sus empleados”.

Sola, sin saber qué hacer

“La balacera comenzó desde abajo hacia los pisos bien altos y empezaron a gritar a alguien, para que se identificara, a las puteadas como era su estilo. No sé si se habrá asomado alguien, y escuchamos que una mujer les dijo desde arriba “lacayos a sueldo, asesinos a sueldo”. Rompieron los vidrios y puertas de departamentos que estaban vacíos. “Golpearon el nuestro, me quedé acostaba, temblaba como una hoja. Salió el Negro y le preguntaron con quien vivís”, rememoró. Ingresaron “un muchacho joven, rubio, de pelo enrulado y vestido con jeans y campera de cuero y otro con pelo corto. El primero le dijo: “Señora: ¿tuvo un mal despertar?

En eso entra al departamento un hombre “alto, robusto, con una boina negra, y con una vos que recordé por mucho tiempo”, dijo la testigo. Los llevaron al living donde estaban otros vecinos y los ponen contra la pared. Escuchó que alguien preguntó: ¿Cecilia conoces a alguien?”

Una persona “separó a Raúl y le preguntó su nombre e ideología política. Y lo puso cerca de la ventana de manera que si recrudecían los balazos lo mataban. Cuando entró esta persona –Cecilia- que nos tendría que identificar nos daban vuelta la cara. Y también trajeron una pareja al lado del Negro y en un momento dado los sacan a los tres”, rememoró.

“Fue espantoso verlo salir, por el rabillo del ojo, y sentir que podía alcanzarle un abrigo y decirnos algo. Fue así, arrancarnos, despegarnos. De golpe, me quedé sola, sin saber qué hacer”, dijo conmovida.

Cuando se fueron comprobó que lo poco te tenían les fue robado.

Bajó. Los vecinos le contaron que lo subieron aun auto, encapuchado y vendado. Hizo las denuncias de rigor en la Comisaría octava, donde le dijeron que “esas cosas las hace el Tercer Cuerpo”, en la Jefatura no le receptaron la denuncia. Buscó abogados del Partido Comunista porque el Negro era un conocido militante del partido.

También se dirigió junto a una amiga al Tercer Cuerpo y a la Brigada de Infantería a preguntar por su esposo. Quien la atendió le dijo que “en estos días de calorcito había un montón de cuerpos que estaban descomponiéndose así que nos deshicimos de ellos”, “Fue una de las cosas más horrorosas que me pasaron en esos días”, afirmó.

Envió cartas a Tercer Cuerpo, a Videla, Harguindeguy, y a Pío Laghi. Y Menéndez le respondió que no se encontraba ahí.

Pasaban por la Óptica

La testigo trabajaba en la óptica Soler. Y hasta ahí fueron a verla. Primero el oficial Zambrano le manifestó que después de leer sus cartas no podía creer que eso pasara. Comentario que con el tiempo evaluó como una forma de decirle “dejate de joder y mandar cartas”. Otra vez, lo hizo una mujer que dejó un recado macabro para una familia: “dígale que le cortaron los testículos pero que está vivo”.

Por un tiempo se fue a vivir a la casa de los Goldman que también fueron detenidos.

“Visto a la distancia, cuánta impotencia da que el Poder Judicial no haya actuado en ese momento”, reflexionó. Y se acordó de una anécdota ocurrida con un empleado que le tomaba una denuncia de manera displicente “como si fuera un trámite más”. Y ella le advirtió que alguna vez habrá un castigo. “Ese fue un dolor muy grande”, refirió.

Presentó también una carta de Jaime de Nevares cuya posición dista mucho de la asumida por la cúpula de la Iglesia.

”Elita”

Sobre esta militante, secuestrada el mismo día que Hugo Kogan, recordó que muchos años después se encontraron. Y amplió lo comentado por Sergio Kogan acerca del libro Los Sapos de la Memoria y cuenta que la escritora Graciela Bialet le contó que a Elita la dejan libre porque un miembro de La Perla conocía a su abuelo porque “le salvó la vida a mi viejo”. Y que al tiempo “la ponen en un auto y antes de tirarla en un lugar cercano a la casa les habría dicho: no les quiero deber nada, menos a ustedes, hijos de puta”, relató. Igualmente le advirtieron que “te vamos a estar viendo”.

Opinó que su temprana muerte a causa del cáncer se precipitó tras vivir experiencias terribles como “ir a la casa de Manzanelli y ver un organigrama”, verlo luego “en el Teatro del Libertador como custodio de De la Sota” y cuando concurre a una escribanía “ver que su torturador la miraba fijamente”, señaló.

En el recinto estaban presentes los hermanos de ambos. Agradeció a sus madres y recordó a Agustín Marcó del Pont quien sufrió un infarto el día que fueron a la Perla.

Antes de retirarse expresó que “todos estos años hemos honrado la memoria de un hombre joven que troncharon a los 28 años, casi arquitecto. Y que eligió el camino del amor casándose conmigo y dejó la prueba de nuestro amor que hicieron los hijos y que hoy camina por las escuelas de Chubut y de Córdoba. Y que su vida no fue en vano.

Su muerte fue horrible, hoy están muchos amigos de él que llegaron desde lejos y quiero contraponerla a la vida ignominiosa de sus asesinos”, concluyó y un fuerte aplauso la cobijó.

Stella Maris Molina, sobreviviente

Tal vez abrumada por los 37 años de silencio la testigo controlaba sus emociones que al final la desbordaron. Narró con con voz pausada cada detalle de su propio cautiverio ocurrido el 31 de diciembre de 1976 cuando había concurrido a una cita de control con un compañero, en barrio Empalme. Tenía 18 años.

Militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) desde octubre de 1975 y cursaba el secundario en el Colegio Nacional Alejandro Carbo. Luego se cambió al Liceo de Señoritas Manuel Belgrano. Su madre trabajaba como empleada doméstica de la familia Ávila. Vivían en esa casa con su hermana menor que padecía una enfermedad cardíaca.

El 24 de marzo del 76, la casa había sido allanada. “Nos damos cuenta que la casa estaba siendo vigilada, varios hijos de los Ávila estudiaban en el Manuel Belgrano y nos advierten que tal vez tendríamos que salir de noche”, comentó. Ese día llegó. “El 4 de junio de 1976, a las tres de la mañana Don Ávila se asoma a la ventana del comedor y observa un grupo de civiles armados y dice: no encuentro la llaves”, este ardid les permitió salir por una puerta trasera que daba a otra calle.

De casa en casa

Fueron todos al domicilio de una tía de los Ávila quienes al poco tiempo se van de Córdoba. Ellas se quedaron en esa casa. En junio o julio se entera del asesinato de Claudio Román a través de Fernando Alfredo Ávila desaparecido después en Buenos Aires. Acá hace una pausa larga. Bebe agua y sigue. “En septiembre de 1976 era la última vez que veo a Fernando, ahí nos despedimos, y sigo un tiempo en esta casa de otra tía”, comentó.

Al poco tiempo se fue a vivir a la casa de una compañera de curso y durante la primavera conoció a “Carancho” y empezaron a “noviar”. Supo que era Pablo Rosales, presidente del Centro de Estudiantes del Colegio nacional Deán Funes. Y a los dos meses no lo ve más. Años después supo que estaba desaparecido.

A fines del año lectivo se puso en contacto con una compañera que le dijo que podía irse de Córdoba y dejar de militar. Su madre quiso enviarla a su pueblo de origen, Aimogasta, con unos tíos pero decidió quedarse. En diciembre debía rendir una materia y eso la tenía preocupada. Pero el 31 debía encontrarse a las 9 con un compañero en barrio Empalme. Aldo Moresi y otro compañero que viajaron a Chaco le encomendaron que hiciera esa cita de control de vida.

Rumbo a La Perla

Allá fue. Al llegar al lugar nota algo extraño y observa a un hombre sentado en el cordón. Sigue caminando y de atrás, “siento un soga en el cuello, estoy en el aire, y veo salir a un vecino. Me introducen en el baúl y el vehículo empieza andar. No me doy cuenta en ese momento de que me están secuestrando”, relató. Y agregó que mientras iba en el baúl del automóvil pensaba en escapar. Logró abrirlo y el auto se detuvo. La vendaron y llevaron a La Perla.

En la “Oficina” el mismo hombre que estaba en la vereda la golpeó. Y ahí lo ve a quien conocía como Federico y que hace pocos años supo que se trataba de Antonio Ramírez.

La mujer contó que verlo la enojó porque la nombró. Pero al ver los signos de la tortura que el joven le mostró dijo “no tenemos la culpa de nada”. Después la llevaron ala Cuadra. “Me tiran a una colchoneta mugrienta que había ahí, me ponen una inyección, me dejan y se van, Y más tarde estoy adormecida y entra alguien de Gendarmería con un jarro metálico con clericó y me dice Feliz Año Nuevo y sale”, evocó.

También relató que justo ese día le vino la menstruación que pidió algodón y le fue entregado. Entre las cosas que rescató de la memoria de su paso por la cuadra recordó haber visto a una niña como de 15 años que la miraba desesperada como queriendo decirle algo. “Esa imagen me acompañó muchos años”, afirmó.

El domingo 2 de enero dijo que entró en pánico y lloró desconsoladamente, pensando qué le podía pasar al otro día. El lunes 3, fue llevada a una oficina chica ante el Coronel Fierro quien se identificó como miembro del Comando Libertadores de América. La interrogó y pidió nombres de los estudiantes de la UES. En un momento dado el sale y ella vio que en la pared estaban todos los nombres.

Luego dijo que entró el mismo personaje del cordón y le dijo a boca de jarro: “Así que vos eras la puta del Carancho…” No soy ninguna puta” le contestó. “Entro en pánico y digo el nombre de (Agustín) González Olguín, pensando que como estaba en silla de ruedas no lo llevaban”, añadió. Gran alivio sintió cuando muchos años después se encontró con esta persona que le confirmó que fueron pero no lo llevaron.

La Ribera, Buen Pastor y Devoto

Después contó paso a paso el traslado a La Ribera. Allí vio aun compañero que la llamó por su apodo que también era su nombre en la organización. ¡Tali! Escuchó. La voz venía del calabozo. Lo reconoce como Chacho y le pide que no hable. Era Aldo Moresi. Y esa noche fue trasladado por una patota que venía de Chaco.

Al tiempo la llevaron al Buen Pastor junto a Viviana Venturissi. Allí pasaban 23 horas encerradas en las celdas y una hora de recreo. A los tres días nuevamente fue llevada a La Ribera en un camión. En el camino la manosearon mientras le decían “te vamos a hacer boleta” y le ponen un arma en la cabeza. En el lugar se reúne con Susana Funes, de Tucumán, a quien ya conocía. También contó que lo vio al Gato Gómez vestido de negro y con una esvástica que les dijo: “acá estoy a merced de lo que quieran hacer”.

Para la Navidad del 77 quedaban pocos y les permitieron que sus parientes las visitaran a ella y a Viviana. Siguieron incomunicadas y en el 78 hasta que las pasan a la UP1 y de ahí las llevan al penal de Devoto hasta 1981. Estaba a disposición del PEN desde marzo de 1977.

Retazos de memoria

Al joven que vio y abrazó en La Perla al que conocía como Federico en realidad era Antonio Ramírez. Recién en 2010 mientras se encontraba trabajando en el Archivo Provincial de la Memoria tomó contacto con una fotografía y tras un encuentro con otros sobrevivientes, entre ellos Aldo Moresi, pudieron relacionar imagen e identidad.

Luego de la ronda de preguntas agradeció a los Organismos de Derechos Humanos por ayudarla a reconstruir “retazos de memoria” y homenajeó a Julio López. Los presentes la aplaudieron y sus compañeros del Archivo la abrazaron largamente.

El tribunal informó que el represor Menéndez no está concurriendo a las audiencias por encontrarse enfermo. Con los ocho testigos que declararon esta semana en la mega causa La Perla ya son 145 los que pasaron por el recinto de un total de aproximadamente 650. El próximo martes continúan el desarrollo del juicio con más testimonios.

Más información en los sitios www.eldiariodeljuicio.com.ar yen el Centro de Información Judicial.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.