miércoles, 25 de septiembre de 2013

La ruta del hambre a la imputabilidad

Ignacio Pizzo (APE)

“Mientras el mundo, policía y ladrón,
me bautizan sonriendo, gil trabajador. 
bestia humana que duermes aún
de la cuna al ataúd”
Hermética, “Gil trabajador” del disco Ácido Argentino”

La punición de la infancia no comienza en esta víspera de primavera electoral cargada de oportunismo, donde la campaña toma una morfología perversa, deja vislumbrar la verdadera cara de una clase que desprecia y se propone aniquilar a cualquier precio a los niños que intenten cruzar el cerco de lo admisible para nuestra cultura hegemónica. El anhelo, hoy revivido, de bajar la edad de imputabilidad, por parte de un sector importante del poder, que pone un ojo en las encuestas y el otro en el tablero de ajedrez moviendo convenientemente las piezas según los resultados de las primarias, no hace más que confirmar que sectores oficialistas y opositores, sin duda confluyen, acuerdan, coinciden.

Sin embargo imputar a un niño es la meta final de un camino que comienza mucho antes, cuando el hambre acecha al momento del nacimiento y tendrá impacto certero en cada célula, tejido, órgano y sin duda en la subjetividad del complejo ser humano. Cada etapa del ciclo vital será una sucesión ininterrumpida hacia el destino de muerte que nuestro sistema prepara para esas almitas despojadas de bienes y caricias. No hemos podido trazar hasta el momento otra ruta que no sea esa, la del hambre, las privaciones, el desamor. Por acción más que por omisión, se ha hecho lo posible por sacarles el privilegio a los niños y transformarlos en seres peligrosos.

Así pues, tal como figura en los archivos argentinos de pediatría: “La desnutrición infantil y la diarrea, dos de las grandes causas de mortalidad en niños, no fueron identificadas como enfermedades pediátricas hasta el siglo XX” .(1) “ Esta omisión se explica, para la antropóloga Nancy Sheper Hughes, en primer lugar por la incapacidad de ver el hambre como la relación social que estaba detrás de la consumición infantil, asociándola a algún defecto congénito o inherente a la constitución de los niños. La desnutrición infantil de proteínas y calorías, crítica en Inglaterra en el siglo XIX, sólo entró en la nosología cuando los médicos británicos que trabajaban en las colonias la descubrieron como una enfermedad tropical. La naturalización y normalización de la mortalidad infantil, hasta entrado el siglo XIX, hizo que permaneciera oculta como problema social y sanitario en el que el Estado tenía que intervenir. A partir de 1970, el término empieza a difundirse como enfermedad pediátrica y fue incluida desde 1978 por los organismos internacionales para ser abordada desde la atención primaria de la salud”. (2).

No obstante la justificación europea y blanca del hambre ya tenía antecedentes en el siglo XVIII, y hasta hoy funcionarios y magnates de la economía asesina, utilizan un respaldo pseudo-científico, basándose quizás en Tomás Malthus, pastor anglicano, que en 1798 publicó su Ensayo para el principio de la población. Su teoría responde a la lógica Darwiniana de la selección natural, y expresa que al crecer la población cada 25 años de manera geométrica y los bienes de manera aritmética, las familias pobres deben limitar el número de hijos, por lo que la ayuda para los necesitados debe suprimirse, es decir las enfermedades y el hambre tienen una función dolorosa pero necesaria, la de reducir, la cantidad de seres humanos en la tierra de manera “natural” (3).

Aunque a veces el hambre no mata, hiere, por ende los niños nacen igual, lo hacen desde los úteros de niñas madres, vejadas por la anemia y el oscurantismo estatal, que las juzga por no asistir a los controles del embarazo, pero les quita hasta el banquito hospitalario para amanecer esperando un turno. Así saldrá a la luz un niño que con la denominación de Retardo de Crecimiento Intrauterino (RCIU), hará lo posible por compensar el déficit de peso para su edad, esa combinación (RCIU más el crecimiento compensatorio), tiene consecuencias, debido a que predispone al padecimiento de enfermedades cardiovasculares, causantes de la mayoría de las muertes en el mundo. En la ruta del hambre, por definición la piedad no está contemplada. Nuestro cachorro, si continuase con vida, tendrá baja talla, o será clasificado como obeso según las curvas de crecimiento, principalmente por su alimentación de mala calidad, basada en alimentos de alto valor calórico . Mas el deterioro biológico es sólo una parte sumatoria al largo proceso deshumanizador que, desde luego, incluye el bloqueo de toda posibilidad de acceso a un sistema sanitario eficiente y de calidad, a un recinto habitable cargado de dignidad y colores y a un par de brazos que lo esperen en la puerta de la escuela, donde el paco aguarda en una esquina y la bala policial en la otra.

El deterioro cognitivo, mutilación neuronal, es un capitulo del mismo libro. En un estudio en adolescentes realizado en nuestro país (García López 2004), se tomaron 74 adolescentes con nivel socioeconómico bajo que habían padecido desnutrición durante los dos primeros años de vida y se evaluó el coeficiente intelectual. Solo el 21 % obtuvo un puntaje correspondiente al coeficiente intelectual verbal promedio. El rango normal bajo fue 36% y rangos inferiores 43%.(4). En otro estudio mexicano publicado en una prestigiosa revista de neurociencias, los resultados muestran que los niños obesos presentan peor rendimiento que los normopeso en memoria, razonamiento abstracto y seguimiento de instrucciones y peor que los desnutridos en memoria. (5).

En Argentina, las propias cifras oficiales muestran que la franja etarea entre 15 y 24 años, que no trabaja ni estudia aumentó en los últimos 10 años, son los llamados “ni-ni” y representan actualmente entre el 10 y el 15 por ciento de la población juvenil.

Por eso probablemente 14 años es la edad buscada para el encierro, como estocada final a los pibes.

Ante esto el indiscutible protagonismo de nuestros niños no se hace esperar, nos demuestran que pueden demandar a los funcionarios, como lo han hecho recientemente en la ciudad de La Plata, con las mismas herramientas del derecho, con las que el sistema intenta juzgarlos y condenarlos. Ya están siendo condenados con un juego sucio, vulnerando su existencia. Pero ellos, los niños, juegan limpio, con la rabiosa y tierna rebeldía de aquel que no tiene nada que perder más que sus cadenas.

Ignacio Pizzo es Médico Generalista – Casa de los Niños Pelota de Trapo.

Fuentes:
1) Alimentación, salud y pobreza: la intervención desde un programa contra la desnutrición. Alicia Cattaneo. Arch.argent.pediatr 2002; 100(3) / 222-223.
2) Sheper Hughes N. La muerte sin llanto. Violencia y vida cotidiana en Brasil. Barcelona: Ariel, 1997.
3) Jean Ziegler: El hambre en el mundo explicada a mi hijo.
4) Desarrollo y desnutrición (Mariana Logarzo).
5) Revista Neuropsicología, Neuropsiquiatría y Neurociencias, Octubre 2011, Vol.11, Nº, pp. 133-146. (México).

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