viernes, 20 de septiembre de 2013

Los "barras", problema recurrente y sin solución

LA ARENA

La sociedad argentina arrastra en su seno varias problemáticas históricas que, por una u otra causa, disimula o ignora, según las circunstancias. Una, ubicada entre las más infamantes, es la de los llamados "barras bravas" de los clubes de fútbol, que se observan en distintas divisiones. En realidad se trata de delincuentes que se han volcado a una parcialidad deportiva para lograr una ganancia económica y un modus vivendi, más que por un sentimiento de afecto por un divisa deportiva. Y como tales actúan.

En la última semana estos grupos se han vuelto a hacer presentes a través de pintadas que tomaron carácter público. En ellas amenazan con utilizar la violencia, directamente armada, si no se satisfacen sus pedidos, siempre relativos a privilegios. Algunos dirigentes de clubes se han visto obligados a reconocer que no los pueden manejar, esto al margen del costo político que implica enfrentarlos.

El problema no es reciente y su antigüedad supera largamente el medio siglo, tiempo en que la acción de los barras pobló los estadios argentinos de violencia sin límites, vergüenza y muertes, como que las víctimas fatales que dejaron sus actos se pueden contar por decenas. Lo curioso -doloroso más bien- es que en la gran mayoría de estos hechos nunca aparecen culpables, aunque hayan sido claramente detectados. Quienes cometen estos delitos cuentan con sucesivas capas de protección que van desde los dirigentes de los clubes -a menudo también integrantes de la clase política- hasta miembros de la política y la Justicia.

Una ONG aplicada al problema destacaba recientemente con amargura la circunstancia de que a cualquier ciudadano, mínimamente implicado en algún caso judicial se le impide salir del país, mientras que estos delincuentes con causas iniciadas, antecedentes penales y hasta condenas, es frecuente que viajen al exterior en "apoyo" de sus equipos y con pasajes pagos. El periodismo nacional, con excepciones, sigue dándole a estos actos el carácter de circunstanciales, de exageraciones inevitables, cuando debería denunciarlos como lo que son: la evidencia de densas tramas actuando al margen de la ley.

Claro que este fenómeno no comienza ni termina allí. Las barras futboleras se han apropiado de muchos e importantes negocios que giran en torno del fútbol, desde la venta de comida o de merchandising hasta el consumo de estupefacientes en las tribunas, desde el cobro del estacionamiento de automóviles hasta las entradas para festivales de música en los estadios. Esa apropiación a menudo ha tenido rasgos sangrientos ya que forman parte de las internas que rigen a esos grupos. Los ejemplos se dan con mucha frecuencia, especialmente en lo que hace al ajuste de cuentas, sin importar los lugares donde se concretan. El enfrentamiento entre dos sectores en plena calle y que dejó una cincuentena de disparos de alto calibre es elocuente al respecto.

Los clubes, o sus comisiones directivas, que se han comprometido para intentar erradicar este problema destacan un rasgo que asusta: el accionar de estas bandas no sería, ni de lejos, posible sin la anuencia total o parcial de sectores de la policía, que cuenta con una prolija identificación de ellos y podría inhibirlos si quisiera o mediara orden expresa, de acercarse a las entidades. Además, señalan, el importante grado de complicidad interna que hay en los clubes: en las últimas muestras de violencia extrema en los estadios, que han arrojado muertos, las cámaras de vigilancia correspondientes al área que enfocaba esos acontecimientos estuvieron "descompuestas" o la filmación no resultó nítida.

Resulta doloroso reconocer que cuatro o cinco centenares de violentos, como máximo, sean capaces de agredir y atemorizar a una sociedad que cuenta con todos los elementos legales como para terminar con esa problemática.

En otros países, con similares o aún mayores niveles de violencia en las canchas, estas facciones merecieron el tratamiento de cuerpos especiales que las neutralizaron o redujeron al mínimo. ¿Por qué la Argentina no es capaz de una acción semejante?.

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