jueves, 26 de septiembre de 2013

Palomas

Silvana Melo (APE)

El invierno hace sociedades indeseables. Llega en patotas con el frío que corta la piel como un cuchillo, con la bronquiolitis, con el fantasma que se enciende en los braseros, con ese fueguito que calienta y que se respira y atrae a la muerte con cara de mareo y gas venenoso. Llega con los hospitales en desborde y el monóxido de carbono como herramienta aniquiladora. Arma química sistémica, naturalizada por inexorable.

Si el gas aparece en un hospital público, es otro monstruo. Vestido de desconcierto, porque no es un ámbito donde se le permite abrevar. Supuestamente. Más peligroso que el de los braseros, porque nadie lo espera. El mareo, la cabeza embotada, la respiración que se complica. La conciencia que amenaza con desvanecerse y el fantasma que juega por territorios que le debían ser ajenos. Así sintieron madres y enfermeros de la terapia del hospital Ricardo Gutiérrez hasta que pudieron reconocer en la pesadez la presencia intrépida del monóxido de carbono. Donde no hay braseros ni estufas mal instaladas ni frío que corta la piel como un cuchillo. Sólo hay un nido de palomas. En el corazón de la salud pública, en el espacio reparador de lo que la pobreza rompe como un cristal, un nido de palomas. Y la muerte dando vueltas. Como una rata colada en el palacio.

Una cefalea fuerte de madrugada encendió el alerta. Después, trece recién nacidos intoxicados y un bebé de cuatro meses que necesitó respirador. Podía manejar la entrada y la salida del aire con su propia maquinaria minúscula y frágil. Pero después de que pasó el fantasma, necesitó respirador.

Hablan de un desperfecto en la caldera. En un Hospital de glorias pasadas que hoy se sostiene por la voluntad personal de su gente y que se cae por la indiferencia del Estado. En este caso, de la Ciudad de Buenos Aires. Que tiene funcionarios expertos en construir excusas y en encontrar culpables que no acierten a dibujar una defensa. Las palomas en este caso. Antes con la iconografía de la paz cargada en las alas. Ahora plaga estigmatizada, cómplice del monóxido de carbono para estragar niños.

Mientras la objetividad técnica de Bomberos y Metrogas “determinaron que el sistema de ventilación de gases de los termotanques estaba mal instalado y que el monóxido entraba al lugar a través de los extractores de los termotanques” (Télam), la ministra de Salud de la Ciudad, Graciela Reybaud, prefirió responsabilizar a las palomas que anidaron en el conducto del aire acondicionado. Cuarenta y tres personas se ennegrecieron los bronquios con monóxido de carbono dentro del Hospital.

Las palomas deficitarias de vivienda no son las responsables de que la cámara séptica estuviera abierta, dos meses atrás, en un sótano a diez metros del lactario.

Ni habían anidado en el Hospital Durand, el año pasado, cuando se cerró la terapia intensiva infantil en medio de un brote de bronquiolitis. Las palomas no sacudieron de sus alas el aumento del 26% en la mortalidad infantil de 2011 en la Ciudad.

Las averías de la salud pública suelen dejar a pie en el desierto a los que se caen de las orillas.

Y la gente, cuando nace, es un cristalito. Vulnerable a una brisa. Dependiente venosa del amor por goteo. Cualquier abandono la hace temblar y esfumarse. Como una burbuja.

No son las palomas sin palomar, a quienes María Elena Walsh advirtió hace casi medio siglo que “un mal día les tiran balas/ y al otro día migas de pan./ Muchos años la primavera/ huele a granada de gas”. No son ellas, que pueden enseñarle a la infancia del país que “el que vive por las cornisas/ temprano aprende a temblar”.

No hubo palomas en la clínica mercantil Sanagec, de Córdoba, donde murieron diez bebés en ocho meses por una bacteria intrahospitalaria misteriosa que nadie explica.

No hay palomas okupas en el Materno Infantil de Salta, donde los niños se mueren de fiebre y catarro, de diarreas, se mueren por nacer antes, se mueren cuando no deberían morirse como el pastorcito calchaquí de Isonza, un día entero en viaje con un golpe en la cabeza.

No hubo nido en el hospital de Escobar donde murió Jesús por segunda vez. No pesaba ni medio kilo, su vida era una llamita en el viento. Pero decidió nacer, con la prepotencia de la semilla. Tan pequeño, apenas, que lo dieron por muerto. Dos horas después de la sentencia lo vieron moverse. Y lo oyeron llorar.

Como Luz Milagros, que también nació antes de lo que el destino le tenía marcado en su calendario. Tan minúscula que en el hospital "J. C. Perrando", de Resistencia la decidieron sin vida. La envolvieron y la encerraron en una caja. Y la dejaron al frío de la morgue. Doce horas después su madre quiso verla por última vez. Y estaba viva. Murió por segunda vez meses después. Con su cerebro y su corazón rotos por aquel olvido.

Por todos los olvidos.

Donde no hay palomas.

Ni nidos apropiados en las cañerías del sistema.

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